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El ajuste no cabe en una urna

No soy economista, encuestador ni armador electoral. Soy apenas uno de esos ciudadanos a quienes los gobiernos mencionan mucho durante las campañas y escuchan bastante menos después de contar los votos. Por eso, al leer que el oficialismo acelera su proyecto de reelección mientras la actividad cae, el consumo retrocede y aumenta la mora de las familias, me asalta una duda elemental: ¿la prioridad es gobernar mejor o asegurarse cuatro años más para explicar por qué todavía no alcanzó el resultado prometido?

Desde el Gobierno se insiste en que el equilibrio fiscal constituye la piedra fundamental de la recuperación. Puede ser. Ninguna familia sensata vive eternamente gastando más de lo que gana. Pero una familia tampoco presume de tener las cuentas ordenadas si para conseguirlo dejó de comprar remedios, suspendió los estudios de sus hijos y comenzó a cenar estadísticas.

El problema no es solamente el ajuste. Es su carácter perpetuo. Cada sacrificio se presenta como el último escalón antes de llegar al descanso; sin embargo, cuando el ciudadano coloca el pie, descubre que detrás aparece otro. Y después otro. La escalera conduce siempre hacia arriba para el discurso, pero hacia abajo para el bolsillo.

Mientras tanto, las cifras oficiales —no los panfletos opositores ni las conspiraciones internacionales— muestran una economía debilitada. Cae la actividad, se enfrían la inversión y el consumo, sube el desempleo y las familias encuentran mayores dificultades para pagar sus deudas. Cuando la realidad contradice al relato, descalificar al mensajero puede resultar cómodo; cancelar la cuota de la tarjeta exige algo más que retórica.

Patricia Bullrich parece haber olido ese cambio de clima. Descubre ahora la necesidad de acercarse a quienes sufren y cuestiona recortes que, hasta hace poco, convivían sin demasiado escándalo con su pertenencia al oficialismo. Quizás sea sensibilidad social. Quizás sea cálculo político. En la política argentina, ambos sentimientos suelen viajar en el mismo automóvil y nunca queda claro quién conduce.

Su rebeldía controlada introduce, sin embargo, una pregunta que muchos dentro del Gobierno prefieren pronunciar en voz baja: ¿qué ocurrirá si el programa no desemboca en crecimiento, sino en una recesión? La inflación puede descender y el dólar permanecer tranquilo, dos méritos que no corresponde desdeñar. Pero una economía estable donde la gente pierde el empleo, se endeuda para comer o posterga tratamientos médicos corre el riesgo de convertirse en un museo muy ordenado: todo permanece en su sitio, salvo la vida.

También inquieta que, mientras se recortan partidas sensibles, la energía política se concentre en reformar el sistema electoral, suspender las primarias y construir alianzas para 2027. El Gobierno tiene derecho a procurar su continuidad. Lo que no debería pretender es que confundamos una estrategia de supervivencia partidaria con una política de Estado.

Los ciudadanos no somos piezas de ajedrez, aunque en los despachos nos muevan como peones. Sabemos que detrás de cada acuerdo con un gobernador aparecen recursos, candidaturas, obras y conveniencias. También sabemos que quienes hoy denuncian el ajuste pueden aprobarlo mañana si reciben el asiento adecuado en la mesa. La llamada “casta” no desapareció: algunos de sus integrantes solamente cambiaron de uniforme.

Javier Milei sostiene que no le preocupa perder una elección si eso significa hacer lo que considera correcto. La frase suena heroica, pero gobernar no consiste en escribir una autobiografía de mártir. Un presidente no administra únicamente su coherencia ideológica; administra la vida concreta de millones de personas que no pueden esperar a que la historia decida si él tenía razón.

Como ciudadano, no deseo que el plan fracase. El fracaso de un Gobierno no lo paga el Presidente con una conferencia internacional: lo pagan el desocupado, el jubilado, el comerciante que baja la persiana y la familia que vuelve a financiar el supermercado. Pero tampoco estoy dispuesto a llamar éxito a una promesa que siempre exige seis meses más, otro recorte y una nueva demostración de fe.

La reelección llegará o no llegará. Antes, el Gobierno tendrá que responder una pregunta mucho menos elegante que las teorías económicas y bastante más difícil de eludir: si el sacrificio era el camino hacia una vida mejor, ¿cuándo comienza la vida y cuándo termina el sacrificio?

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