
Hay palabras que en la Argentina producen efectos extraordinarios. Una de ellas es Malvinas. Otra es Defensa. Y una tercera, bastante menos romántica pero mucho más útil, es presupuesto.
Si las tres aparecen juntas, conviene acercarse con respeto, memoria y calculadora.
El proyecto de Presupuesto 2027 contempla operaciones de crédito por US$ 3.500 millones destinadas a incorporar tres submarinos convencionales y dos fragatas multimisión para la Armada Argentina: US$ 2.300 millones para los primeros y US$ 1.200 millones para las segundas.
Dicho así, uno casi puede escuchar las hélices.
Pero todavía no.
Porque una autorización para realizar operaciones de crédito no equivale a cinco buques comprados, contratados, pagados ni mucho menos amarrados en puerto. Los submarinos y las fragatas deberán encontrar financiamiento, superar el recorrido administrativo correspondiente y dependerán, además, de la aprobación del Presupuesto por el Congreso.
Es decir: por ahora tenemos la billetera dibujada. Falta encontrar quién pone el dinero y después comprar los barcos.
Y aquí comienza la parte interesante.
La Argentina necesita recuperar capacidades militares. Eso difícilmente pueda discutirse con seriedad después de décadas de envejecimiento, postergaciones y pérdida de medios. Un país con más de cuatro mil kilómetros de costa, enormes espacios marítimos, presencia antártica y una disputa de soberanía pendiente no puede pretender vigilar semejante geografía con largavistas y buenos deseos.
Tres submarinos modernos no serían un capricho. Dos fragatas tampoco.
La pregunta es otra: ¿por qué ahora?
Porque el anuncio aparece envuelto en una coyuntura política donde Malvinas vuelve a ocupar un lugar central y donde cada gesto de soberanía posee, inevitablemente, una segunda lectura doméstica.
La defensa nacional necesita décadas.
La política necesita elecciones.
Y ambas cosas, cuando se mezclan, producen cócteles bastante conocidos.
El Gobierno podrá argumentar —con fundamento— que reequipar las Fuerzas Armadas es una obligación largamente postergada. De hecho, durante 2026 puso en marcha el Plan ARMA, que destina parte de los recursos obtenidos por ventas, alquileres o privatizaciones de bienes estatales al reequipamiento militar y permite reinvertir hasta el 70% cuando se trata de activos propios de las Fuerzas Armadas.
Perfecto.
Pero entre diseñar una política de defensa sostenida durante veinte años y colocar US$ 3.500 millones en grandes letras junto a la palabra Malvinas existe una diferencia que cualquier veterano de la política argentina puede reconocer sin necesidad de radar.
Más aún cuando los grandes protagonistas navales todavía no tienen crédito ejecutado para 2027.
En cambio, sí aparecen partidas concretas para cuatro helicópteros navales livianos destinados a Puerto Belgrano. También se proyectan municiones para reservas estratégicas, capacidades aeroespaciales, desarrollos satelitales, tecnologías ópticas y electroópticas, radares láser, criptografía y sistemas de observación.
Eso es menos espectacular.
Un radar no desfila muy bien.
La criptografía cuántica tampoco permite fotografiar al ministro mirando heroicamente hacia el horizonte.
Un submarino, en cambio, tiene una extraordinaria virtud política: aunque todavía no exista, queda precioso en el titular.
Y Malvinas aporta el marco perfecto.
El mismo proyecto reserva fondos para la Secretaría de Malvinas, Antártida, Política Oceánica y Atlántico Sur, mantiene las acciones diplomáticas ante Naciones Unidas y otros organismos internacionales, y sostiene programas vinculados con veteranos y memoria histórica.
Nada objetable en sí mismo.
Lo que merece vigilancia es otra cosa: que una política indispensable de recuperación de la Defensa Nacional no termine convertida en escenografía electoral.
Porque reconstruir una Armada no consiste en anunciar tres submarinos.
Hay que comprarlos. Hay que recibirlos. Hay que mantenerlos. Hay que formar tripulaciones. Hay que garantizar repuestos, torpedos, infraestructura, entrenamiento y presupuesto operativo durante décadas.
Y, sobre todo, hay que hacerlo gobierne quien gobierne.
La defensa de un país comienza precisamente allí donde termina la campaña electoral.
Argentina necesita submarinos.
Necesita fragatas.
Necesita radares, satélites, helicópteros, munición, logística y hombres y mujeres profesionalmente preparados.
Lo que no necesita es descubrir, una vez más, que el arma más moderna de su arsenal sigue siendo el anuncio.
Porque US$ 3.500 millones escritos en una planilla pueden impresionar.
Pero, querido lector, hay una pequeña diferencia entre un submarino y una promesa:
el submarino, tarde o temprano, tiene que sumergirse.
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