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Terminar trabajando para el mouse

Durante algunos días trabajé con un mouse que había adquirido costumbres propias. Saltaba, aceleraba, seleccionaba lo que no debía y convertía un movimiento sencillo en una excursión por la pantalla.

Lo curioso es que, poco a poco, fui adaptándome yo.

Movía la mano de otra manera. Calculaba el salto. Corregía el error. Volvía atrás. Hasta descubrir algo bastante absurdo: el mouse había dejado de trabajar para mí.

Yo estaba trabajando para el mouse.

Con la discusión pública puede ocurrir exactamente lo mismo.

Alguien afirma que toda la oposición es una sola cosa. Otro sostiene que quien vive fuera de un país pierde automáticamente el derecho —o la capacidad— de observarlo. Un tercero descarta una información no porque sea falsa, sino porque contradice aquello que ya había decidido pensar.

Y entonces comienza el trabajo agotador.

Hay que explicar que oposición no significa necesariamente pertenecer al mismo partido. Que criticar una decisión de un gobierno no convierte al periodista en partidario de quienes se oponen a ese gobierno. Que describir un hecho desfavorable tampoco constituye una declaración electoral.

Y, sobre todo, que vivir a diez mil kilómetros no invalida una fuente, del mismo modo que vivir a diez cuadras de la Casa Rosada no convierte automáticamente a nadie en experto en política argentina.

La cercanía proporciona algo valiosísimo: clima, conversación, percepción social, ese feeling que difícilmente aparece en una estadística. Pero la distancia también puede ofrecer perspectiva. El periodismo necesita ambas cosas y, por encima de ellas, necesita una tercera: información comprobable.

Se puede discutir una interpretación. Se puede cuestionar una fuente. Se puede señalar un dato equivocado y agradeceremos siempre que alguien lo haga.

Lo que resulta bastante más difícil es discutir contra una certeza que llegó antes que los hechos.

Porque entonces ya no estamos buscando qué ocurrió. Estamos buscando argumentos para demostrar que aquello que pensábamos antes de empezar era necesariamente verdad.

La discrepancia es saludable. Incluso imprescindible. Un periódico donde todos piensan igual probablemente termine siendo un boletín parroquial, partidario o empresarial, según quién pague la tinta.

Pero la discrepancia exige una pequeña cortesía intelectual: informarse antes de sentenciar.

De lo contrario, sucede lo mismo que con aquel mouse rebelde.

Uno corrige, vuelve atrás, explica, documenta, vuelve a explicar y finalmente descubre que ha dedicado más tiempo a perseguir el cursor que a escribir.

La paciencia es una virtud.

La soportación —permítaseme el italianismo— ya es otra cosa.

Y un periodista puede escuchar pacientemente todas las campanas.

Lo que no debería hacer es terminar trabajando para el mouse.

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