La desaparición silenciosa del hábito de la lectura no es solamente una derrota cultural. Es también un formidable negocio político. Una sociedad acostumbrada a pensar en vídeos de quince segundos resulta mucho más fácil de seducir con líderes providenciales, consignas simples y enemigos prefabricados. Trump entendió el mecanismo. Y en América Latina ya abundan quienes estudian el libreto.




