
La guerra de Malvinas dejó cicatrices profundas en ambos lados del Atlántico. Pero también dejó una diferencia brutal entre dos maneras de entender el Estado. Mientras en Argentina todavía se arrancan mechones de pelo hablando de rendiciones, traiciones y soberanía perdida, en Gran Bretaña la historia de Simon Baldwin se recuerda como la de un oficial que recibió una misión casi imposible… y la ejecutó.
No hubo discursos inflamados ni cadenas nacionales. Tampoco épica televisiva con marchas patrióticas de fondo. Hubo mapas, cálculos, combustible, entrenamiento contrarreloj y una obsesión británica por hacer funcionar las cosas incluso cuando parecían absurdas.
Cuando Baldwin golpeó el globo terráqueo con aquella cuerda imaginaria entre la Isla Ascensión y Puerto Stanley, probablemente comprendió algo que excedía la operación militar. Había logrado demostrar que un país organizado puede proyectar poder a miles de kilómetros aun en condiciones extremas. Y eso, guste o no, también forma parte de la historia.
La llamada Operación Black Buck fue una locura logística. Once aviones cisterna para mantener vivo un solo bombardero Vulcan durante un viaje interminable sobre el Atlántico. Quince transferencias de combustible en pleno vuelo. Fallos mecánicos. Fugas. Riesgo de incendio. Mangueras tragadas por motores. Y aun así, en apenas trece días de preparación, despegaron.
En la Argentina de hoy, donde muchas veces cuesta coordinar hasta la sincronización de un semáforo, semejante despliegue parece ciencia ficción administrativa. El problema no es solamente haber perdido una guerra hace más de cuatro décadas. El problema es continuar perdiendo, día tras día, la batalla elemental de administrar un país gigantesco sentado sobre recursos inmensos.
Baldwin no era un personaje de propaganda. Había sido jugador de críquet, navegante aéreo, instructor y especialista en bombardeo estratégico. Su carrera estaba construida sobre entrenamiento, precisión y método. Palabras poco seductoras para sociedades enamoradas del grito, pero imprescindibles cuando llega el momento de sostener un Estado serio.
El ataque contra la pista de Puerto Stanley tuvo además un efecto psicológico demoledor. Londres quería demostrar que podía alcanzar objetivos a distancias consideradas imposibles. Y lo consiguió. No porque tuviera superhéroes, sino porque poseía estructuras militares y logísticas capaces de improvisar con orden. Una contradicción que solamente las instituciones sólidas pueden permitirse.
Y existe un detalle histórico que en Argentina suele mencionarse poco: tras el éxito de los ataques Black Buck, Baldwin recibió instrucciones reservadas para preparar eventuales bombardeos sobre territorio continental argentino. No era retórica. Su escuadrón viajó a Goose Bay, en Canadá, para entrenarse en vuelos nocturnos de largo alcance destinados a ese posible escenario.
La guerra, sin embargo, terminó antes. La rendición argentina evitó que aquella escalada avanzara hacia consecuencias mucho más graves e imprevisibles. Dicho de otro modo: mientras muchos todavía presentan el final del conflicto como una humillación abstracta o una traición romántica, pocos recuerdan que la alternativa podía haber sido ver caer bombas británicas sobre objetivos dentro del propio continente.
Del otro lado, Argentina arrastraba improvisaciones políticas, internas militares enfrentadas, equipos deteriorados y una conducción que confundió patriotismo con capacidad real. El resultado fue el conocido: soldados enviados al frío con enorme valentía individual, pero sostenidos por una maquinaria estatal que hacía agua por todos lados.
La tragedia argentina no reside únicamente en la derrota militar de 1982. Reside en haber transformado aquella derrota en un teatro emocional eterno, incapaz de producir una reflexión adulta sobre la decadencia estructural del país. Se habla de las islas con lágrimas patrióticas, mientras provincias enteras continúan funcionando con rutas destruidas, burocracias feudales y sistemas públicos que sobreviven apenas por costumbre.
Simon Baldwin murió en marzo de 2026, a los 83 años. En Gran Bretaña fue despedido como un hombre que cumplió su deber en una misión extraordinaria. Sin estridencias. Sin cadenas de televisión llorando nostalgias imperiales. Apenas el reconocimiento sobrio a un oficial que hizo aquello para lo cual había sido formado.
Quizás allí esté la diferencia más incómoda. Algunos países convierten sus derrotas en lecciones técnicas. Otros las transforman en religión política. Y mientras unos estudian cómo llegar más lejos, otros todavía discuten cómo administrar la pista desde la cual despegar.
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