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Mil días y una brújula que apunta a Washington

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Mil días alcanzan para dejar de hablar de estreno.

Javier Milei llegó a la Presidencia con una motosierra, una doctrina económica y un mapa del mundo dibujado con marcadores gruesos. De un lado, Estados Unidos, Israel y lo que define como las democracias occidentales. Del otro, gobiernos y sistemas políticos que considera incompatibles con su visión ideológica. China quedó incómodamente ubicada en esa segunda geografía.

El problema es que los países no comercian con catecismos.

China no necesita gustarle al Presidente argentino para ser uno de los grandes protagonistas de la economía mundial, del comercio exterior argentino y de la demanda internacional de materias primas. Tampoco Estados Unidos necesita convertirse en objeto de devoción para ser un socio estratégico indispensable. Una política exterior adulta puede estrechar la mano de Washington sin retirar la silla de Pekín.

Milei ha elegido otra música.

La aproximación a Estados Unidos dejó hace tiempo de ser un gesto diplomático para convertirse en una definición central de su gobierno. Hay allí afinidad política, económica y cultural; también una apuesta estratégica. Nada de eso resulta extravagante. Los gobiernos tienen derecho a elegir prioridades y construir alianzas.

Lo delicado comienza cuando la alianza amenaza con confundirse con alineamiento automático.

Porque Argentina no está situada entre Texas y Florida. Está en América del Sur, vende alimentos, energía y minerales al mundo y necesita mercados mucho más que padrinos. Su interés nacional no siempre coincidirá exactamente con Washington, Pekín, Bruselas ni ninguna otra capital. Para eso existe la diplomacia: para administrar coincidencias sin hipotecar diferencias.

China presenta precisamente esa prueba.

Pekín tampoco practica la beneficencia internacional. Compra, vende, presta, invierte y negocia de acuerdo con sus propios intereses. Conviene recordarlo cada vez que alguien presenta la relación con China como una generosa amistad entre pueblos. Pero exactamente la misma regla vale para Estados Unidos. Las grandes potencias tienen intereses; los países inteligentes también deberían tenerlos.

A los mil días, la cuestión adquiere especial importancia porque Milei ya no puede atribuir cada movimiento a la herencia recibida ni cada sobresalto al aprendizaje inicial. Su administración posee reformas propias, victorias políticas, conflictos internos, batallas judiciales, enemigos cultivados con entusiasmo y una política exterior que lleva inequívocamente su firma.

Y quizá allí aparezca una de las contradicciones más interesantes del experimento Milei.

El Presidente que hizo de la libertad una bandera parece mucho más cómodo con una política exterior de casilleros: amigo o enemigo, Occidente o colectivismo, aliado o adversario. Pero el comercio internacional tiene la desagradable costumbre de no respetar las líneas trazadas con marcador ideológico.

Washington puede ser un socio privilegiado. Incluso puede convertirse en el principal aliado político de Buenos Aires.

Pero Pekín seguirá allí.

Con su mercado, sus inversiones, su poder financiero, su apetito por alimentos y recursos, y una influencia internacional que no desaparecerá porque la Casa Rosada baje algunos grados el termostato diplomático.

La verdadera pregunta, entonces, no es si Milei prefiere a Estados Unidos. Eso está contestado desde hace mucho tiempo.

La pregunta es cuánto está dispuesta a pagar Argentina por esa preferencia.

Porque una nación puede tener amigos, aliados y afinidades. Lo que no debería tener es dueño de su brújula.

Y después de mil días, ya no alcanza con preguntar hacia dónde apunta.

Conviene empezar a mirar quién sostiene la brújula y quién paga el viaje.

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FFuentes consultadas: información oficial argentina, antecedentes diplomáticos y comerciales, agencias internacionales y prensa internacional.

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