
Hay frases que necesitan una conferencia de prensa para ser explicadas y otras que, apenas pronunciadas, explican una conferencia de prensa entera. Alfredo Cornejo eligió la segunda categoría. Cuando le preguntaron por las negociaciones entre Mendoza y el Gobierno nacional, respondió con una precisión difícil de mejorar: “Sacarle un mango a la Nación es durísimo”.
La expresión tiene gracia, pero el asunto que describe es bastante serio. Mendoza recibió la transferencia de tramos de las rutas nacionales 7, 40 y 143 para ejecutar obras con recursos provinciales. Es decir: caminos que pertenecen a la jurisdicción nacional terminan reclamando dinero, administración y capacidad de ejecución de una provincia que, naturalmente, también tiene sus propias rutas que mantener.
La solución mendocina ha sido eminentemente práctica: si la obra necesita hacerse y la Nación no llega —o no abre la billetera—, la Provincia avanza. Después viene la segunda parte de la aventura: recuperar lo invertido. El Senado provincial ratificó un convenio de compensación de deudas que permitiría a Mendoza acceder a 80.000 millones de pesos por trabajos realizados en rutas nacionales.
Hasta aquí, podría parecer solamente una discusión contable. Pero detrás de cada cifra hay kilómetros de asfalto, transporte de cargas, turismo, trabajadores que se desplazan y automovilistas para quienes un bache no pregunta antes de romper una cubierta si pertenece a jurisdicción nacional o provincial.
También aparece el peaje. Mendoza avanza en una autorización para implementar un sistema de mantenimiento que integre rutas provinciales y nacionales. La lógica expuesta por Cornejo es sencilla: construir infraestructura importa, pero igualmente importante es conseguir que pueda mantenerse en el tiempo. Una carretera recién inaugurada queda muy bonita en la fotografía; diez años después se descubre si hubo política vial o solamente ceremonia con tijera.
El gobernador aprovechó además para recordar que el deterioro de las rutas nacionales no nació ayer. Señaló las responsabilidades de administraciones anteriores y rechazó las críticas de quienes tuvieron oportunidad de intervenirlas cuando ocuparon el Gobierno nacional. Es una discusión conocida en la Argentina: cada administración recibe una herencia, denuncia la herencia anterior y, con admirable puntualidad, prepara la que recibirá la siguiente.
Pero quizá la parte más interesante de su exposición estuvo fuera del asfalto. Cornejo sostuvo que la Argentina necesita dejar de depender de una persona o de un gobierno determinado y construir acuerdos básicos capaces de sobrevivir a las elecciones. Entre ellos mencionó la estabilidad macroeconómica y la previsibilidad necesaria para recuperar financiamiento.
También introdujo una distinción que merece atención. El equilibrio fiscal puede ser indispensable sin ser suficiente. Ordenar las cuentas evita continuar acumulando problemas, pero una economía difícilmente pueda crecer durante mucho tiempo sin crédito, inversión e infraestructura. Una caja equilibrada es una condición de estabilidad; no constituye, por sí misma, una política de desarrollo.
En ese punto, las rutas mendocinas dejan de ser un asunto exclusivamente mendocino. Representan en pequeña escala una discusión nacional mucho mayor: quién recauda, quién administra, quién ejecuta y, finalmente, quién paga. El federalismo argentino suele ser magnífico en los mapas y bastante más complicado cuando llega la factura.
Cornejo lo describió con otra expresión igualmente gráfica al rechazar que la relación entre gobernadores y Casa Rosada pueda reducirse al tradicional “toma y daca”. Según dijo, el actual Gobierno tiene “más toma que daca”. La frase puede provocar una sonrisa, aunque detrás del juego de palabras aparece una realidad incómoda: las provincias necesitan previsibilidad para planificar obras que no pueden depender permanentemente de la temperatura política de Buenos Aires.
Que Mendoza utilice recursos propios para intervenir rutas nacionales puede ser una respuesta razonable frente a una necesidad inmediata. Pero no debería convertirse silenciosamente en la normalidad institucional. Si una jurisdicción ejecuta, otra autoriza, una tercera ventanilla compensa y finalmente aparece un peaje para sostener lo construido, quizá no falte solamente dinero: puede estar faltando también una discusión más clara sobre responsabilidades.
Mientras esa discusión llega, los camiones seguirán circulando, las rutas seguirán necesitando mantenimiento y los gobernadores continuarán viajando a Buenos Aires con proyectos bajo el brazo.
Y probablemente Cornejo haya encontrado, sin proponérselo, una definición bastante económica del federalismo fiscal argentino contemporáneo:
la Nación tiene la ruta; la Provincia arregla el asfalto; y después comienza la expedición para recuperar el mango.
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Fuente: Oficina de Prensa, Prensa argentina
