
Hubo un tiempo en que para gobernar había que explicar. Parece una antigüedad.
Un presidente debía presentar una idea, defenderla, soportar preguntas, enfrentarse a periodistas que habían leído los antecedentes y, detalle bastante incómodo, aceptar que al día siguiente sus palabras aparecerían impresas para que alguien pudiera releerlas, compararlas y descubrir eventualmente que había dicho una cosa el lunes y exactamente la contraria el jueves.
La palabra escrita tenía ese defecto: poseía memoria.
La pantalla, en cambio, tiene prisa.
Un vídeo desplaza al anterior. Una indignación reemplaza a otra. El escándalo de esta mañana sepulta al de anoche y, antes de que alguien consiga preguntar qué ocurrió realmente, aparece un perro que baila, una guerra, una modelo, un presidente insultando a otro presidente y una publicidad de zapatillas.
Bienvenidos al ágora del siglo XXI.
Del ciudadano al espectador
La disminución de la lectura suele presentarse como una cuestión cultural: se venden menos libros, desaparecen periódicos, las bibliotecas pierden visitantes y los jóvenes encuentran cada vez más difícil permanecer frente a un texto extenso.
Pero el fenómeno es bastante más grave.
Leer no consiste solamente en reconocer palabras. Obliga a mantener una idea durante cierto tiempo en la cabeza, relacionarla con otra, detectar contradicciones, recordar antecedentes y decidir finalmente si aquello que uno acaba de leer tiene sentido o es una soberana tontería.
Es un ejercicio extraordinariamente poco conveniente para cualquier aspirante a caudillo.
Durante siglos, el poder comprendió perfectamente ese peligro. Los ciudadanos demasiado instruidos siempre fueron considerados una molestia por quienes preferían gobernar sin preguntas.
La expansión de la alfabetización cambió esa relación. Libros, panfletos y periódicos permitieron que personas que nunca habrían entrado en un palacio discutieran sobre impuestos, guerras, derechos, representación política y abuso del poder.
Rousseau y Thomas Paine hicieron algo revolucionario antes incluso de las revoluciones: pusieron argumentos en manos de gente común.
La democracia moderna creció junto a aquella cultura escrita. No por casualidad.
Los periódicos permitieron unir puntos aparentemente separados. El desempleo dejó de ser solamente la desgracia del vecino. Una guerra dejó de ser únicamente la partida de los muchachos del pueblo. Un impuesto dejó de ser una cifra incomprensible.
Todo podía formar parte de una explicación mayor.
Y explicar el mundo es el primer paso para discutir con quien pretende gobernarlo.
El político de quince segundos
Ahora estamos recorriendo el camino inverso.
El teléfono inteligente ha construido una extraordinaria máquina de interrupción. Notificaciones, recomendaciones automáticas y vídeos infinitos compiten permanentemente por unos segundos adicionales de atención.
TikTok llevó esa lógica hasta su perfección industrial.
En semejante ecosistema, una explicación de cinco minutos ya parece una conferencia universitaria. Una página resulta interminable. Diez páginas pueden parecer una provocación.
La política naturalmente se adaptó.
El discurso dejó de prepararse únicamente para convencer al ciudadano y comenzó a diseñarse para capturar al espectador.
No importa tanto desarrollar un argumento como fabricar el fragmento.
La frase que circulará.
El insulto.
El gesto.
La motosierra.
La gorra.
El uniforme.
La cárcel espectacularmente iluminada.
La fotografía presidencial calculada hasta el último centímetro.
Donald Trump comprendió esa transformación quizá mejor que cualquier dirigente contemporáneo. Puede discutirse cuánto lee; lo indiscutible es que entiende perfectamente la pantalla.
En ese universo, la política deja de parecerse a una discusión parlamentaria y comienza a parecerse al casting de un programa de televisión.
Importa quién domina la escena.
Quién consigue el vídeo más compartido.
Quién humilla mejor al adversario.
Quién produce la imagen más memorable.
Después veremos qué decía el proyecto de ley.
Si alguien todavía tiene paciencia para leerlo.
Los pequeños Trump del trópico
Y aquí aparece nuestro querido vecindario latinoamericano.
Porque las modas políticas estadounidenses siempre encuentran importadores entusiastas al sur del Río Grande.
Trump descubrió que el líder puede convertirse simultáneamente en presidente, protagonista, comentarista, víctima, fiscal y estrella de su propio espectáculo.
Y rápidamente aparecieron aprendices.
No necesariamente copian sus políticas. Copian algo mucho más importante: el método.
El dirigente ya no necesita construir una doctrina coherente. Necesita construir un personaje.
Debe tener enemigos fácilmente reconocibles, frases cortas, símbolos contundentes y una comunicación capaz de saltarse cualquier intermediario incómodo.
El periodista pregunta demasiado.
El Parlamento demora.
La Justicia pone límites.
Los técnicos introducen cifras desagradables.
Mucho más práctico resulta hablar directamente con “la gente” mediante una cámara sostenida verticalmente.
Nayib Bukele convirtió esa estética en una formidable maquinaria política: prisiones cinematográficas, soldados perfectamente alineados, imágenes cuidadosamente producidas y un presidente convertido en personaje central de una narración permanente.
Otros observan.
Algunos toman apuntes.
Otros ni siquiera necesitan tomarlos.
Probablemente tampoco les entusiasme demasiado leer.
El sueño del poder
El problema no es TikTok.
Tampoco Instagram, X, Facebook o cualquier plataforma que mañana sustituya a todas ellas.
El problema comienza cuando la velocidad de la pantalla se convierte en nuestra manera de pensar.
Una democracia necesita ciudadanos capaces de soportar algo terriblemente aburrido: la complejidad.
Un presupuesto nacional es complejo.
La inflación es compleja.
La inmigración es compleja.
La seguridad es compleja.
Una guerra es terriblemente compleja.
Precisamente por eso los personalismos prosperan ofreciendo lo contrario.
Una causa.
Un culpable.
Una solución.
Y, naturalmente, un salvador.
Tres minutos resultan excesivos para explicar por qué una economía lleva veinte años deteriorándose. Bastan diez segundos para señalar al responsable.
Eso funciona maravillosamente en una pantalla.
También funciona maravillosamente para el poder.
La motosierra también corta palabras
América Latina debería conocer suficientemente bien esta película.
Nuestro continente ha producido caudillos de izquierda, derecha, uniforme, poncho, corbata y camisa arremangada. Cambiaban los discursos, pero la tentación era siempre parecida: sustituir instituciones por liderazgo personal y ciudadanos por seguidores.
La tecnología acaba de regalarles una herramienta extraordinaria.
Ya no hace falta controlar todos los periódicos.
Basta conseguir que nadie quiera leerlos.
No hace falta prohibir un libro si doscientas páginas provocan espontáneamente espanto.
No hace falta quemar bibliotecas cuando podemos llevar voluntariamente en el bolsillo una máquina que nos interrumpe cada treinta segundos.
La censura perfecta quizá no sea impedir que una idea sea publicada.
Puede consistir simplemente en destruir la paciencia necesaria para comprenderla.
Y allí aparece el verdadero peligro.
Porque una sociedad que pierde el hábito de leer no queda vacía de información.
Todo lo contrario.
Queda inundada.
Recibe noticias, rumores, imágenes, indignaciones, consignas y certezas durante las veinticuatro horas.
Sabe un poquito de todo.
Comprende cada vez menos.
Un ciudadano incómodo
La democracia necesita recuperar una criatura actualmente en peligro de extinción: el ciudadano incómodo.
El que termina el artículo.
El que busca otra fuente.
El que pregunta de dónde salió la cifra.
El que recuerda lo prometido hace seis meses.
El que distingue una noticia de una propaganda aunque ambas lleguen acompañadas por música heroica.
El que puede admirar a un presidente y aun así preguntarle qué demonios está haciendo.
Especialmente ese.
Porque los seguidores aplauden.
Los ciudadanos controlan.
Y ningún algoritmo puede sustituir esa diferencia.
Quizá por eso defender la lectura parezca hoy un gesto casi subversivo.
Abrir un periódico.
Leer un libro.
Dedicar veinte minutos a comprender una cuestión antes de opinar.
Escuchar el argumento del adversario sin necesidad de arrojarle inmediatamente una piedra digital.
Pequeños actos, aparentemente insignificantes.
Pero la democracia nació precisamente cuando millones de personas comunes aprendieron a leer, descubrieron que podían pensar por sí mismas y comenzaron a hacer preguntas que incomodaban a quienes mandaban.
Sería una ironía monumental que termináramos entregando aquella conquista histórica, no porque algún tirano haya prohibido los libros, sino porque nos resultó más entretenido seguir deslizando el dedo por la pantalla.
Los nuevos personalistas lo han comprendido.
Mientras discutimos el próximo vídeo, ellos construyen el próximo relato.
Conviene volver a leer.
Antes de que alguien decida escribir nuestro futuro por nosotros.
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