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La cruzada de Javier

«La cruzada de Javier: el presidente puede elegir su bandera, pero no cabalgar en nombre de todas las conciencias argentinas».

Javier Milei ha emprendido una nueva cruzada, esta vez sin necesidad de atravesar desiertos ni conquistar Jerusalén. Le bastó un micrófono, una ceremonia religiosa y la convicción de que sus preferencias internacionales representan los valores de toda la Argentina. Durante la Noche de Celebración por Israel, el presidente reafirmó su respaldo al gobierno de Benjamín Netanyahu y declaró que el país había elegido estar a su lado. La afirmación merece una precisión: el Gobierno argentino eligió una posición; los argentinos no necesariamente eligieron todos la misma.

El mandatario aseguró que su defensa de Israel no responde a un capricho personal, sino a la protección de los valores occidentales. Es una explicación legítima como posición política, pero insuficiente como certificado de unanimidad nacional. Porque una cosa es ejercer las atribuciones presidenciales en política exterior y otra, bastante diferente, apropiarse de la conciencia de millones de ciudadanos. La democracia concede autoridad para gobernar, no poderes sobrenaturales para pensar por los gobernados.

Argentina mantiene una relación histórica con Israel y conoce dolorosamente las consecuencias del terrorismo. Los atentados contra la Embajada de Israel y la AMIA forman parte de una memoria colectiva que merece respeto, justicia y verdad. Condenar el terrorismo y combatir el antisemitismo son obligaciones que no dependen de simpatías partidarias. Pero defender la existencia y la seguridad de Israel no exige aprobar incondicionalmente las decisiones militares o políticas de Netanyahu. Confundir ambas cuestiones no fortalece una causa: debilita la discusión.

En su discurso, Milei también cuestionó a quienes denuncian las consecuencias humanitarias de las operaciones militares israelíes. Sin embargo, las víctimas civiles no desaparecen del balance moral porque alguien las clasifique como daños colaterales. El derecho internacional humanitario impone obligaciones incluso cuando el adversario es una organización terrorista. Defender a los civiles palestinos no equivale a justificar a Hamás, del mismo modo que criticar al gobierno israelí no constituye, por sí mismo, una expresión de antisemitismo. La humanidad no debería necesitar permiso diplomático para reconocer el sufrimiento.

La felicitación presidencial a Netanyahu llegó, además, en un momento particularmente interesante. Su partido obtuvo la mayor representación en las elecciones israelíes del 27 de octubre, pero el bloque que lo respalda reunió 53 escaños, ocho menos de los necesarios para alcanzar una mayoría parlamentaria. Hasta en Israel, donde se votó recientemente, el respaldo político tiene límites que deben negociarse. Milei, entretanto, parece mucho más cómodo con las certezas absolutas que con esos incómodos detalles de la aritmética democrática.

La ceremonia también ofreció espacio para celebrar la próxima visita del papa León XIV a la Argentina, presentada como una reafirmación de los valores judeocristianos. Bienvenida sea toda ocasión de encuentro religioso y cultural. Pero la República Argentina no es una congregación de pensamiento único. En ella conviven creyentes de distintas religiones, agnósticos, ateos y ciudadanos que no necesitan una filiación espiritual para ejercer sus derechos. La libertad religiosa incluye algo elemental: la posibilidad de no compartir la interpretación religiosa del presidente.

El problema de estas cruzadas modernas no reside necesariamente en las banderas que levantan, sino en la facilidad con que sus protagonistas confunden la convicción personal con el mandato colectivo. La política exterior necesita principios, prudencia y una evaluación de los intereses nacionales. No alcanza con dividir el planeta entre defensores de la luz y habitantes de las tinieblas. Esa clasificación puede resultar eficaz desde un púlpito; desde la Casa Rosada exige bastante más cuidado. Porque la diplomacia no consiste en determinar quién merece ingresar al paraíso, sino en defender los intereses de un país sin clausurar el diálogo con los demás.

Javier Milei tiene pleno derecho a admirar a Netanyahu, respaldar a Israel y expresar sus convicciones. También tiene la responsabilidad de recordar que preside una república plural, no una orden de caballería. Puede elegir el caballo, la espada y hasta el estandarte de su cruzada política. Lo que no puede pretender es que todos los argentinos cabalguen detrás de él por obligación moral. Después de todo, una nación no se convierte en ejército de una causa simplemente porque su presidente haya decidido ponerse la armadura.

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Fuentes consultadas: discurso íntegro de la Presidencia argentina, 2 de noviembre de 2026; Agencia Noticias Argentinas; informe del Servicio de Investigación del Congreso de Estados Unidos sobre las elecciones israelíes del 27 de octubre de 2026.

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