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Argentina: respuesta económica al desastre natural

Buenos Aires, 2 de noviembre de 2026. — El presidente Javier Milei tiene previsto viajar nuevamente a Madrid, esta vez acompañado por su hermana Karina Milei y el canciller Pablo Quirno, para participar en la XXX Cumbre Iberoamericana, convocada para los días 4 y 5 de noviembre. Entre los asuntos centrales figura la respuesta coordinada ante los desastres naturales. La coincidencia ofrece una oportunidad extraordinaria: Argentina podrá explicar cómo se enfrenta una catástrofe, aunque quizá resulte más interesante escuchar cómo se evita que una política económica termine pareciéndose a una.

La reunión congregará a representantes de los 22 países de la comunidad iberoamericana para abordar transformación digital, inteligencia artificial, educación, cooperación y prevención de emergencias. Una agenda ambiciosa, donde las palabras solidaridad, responsabilidad y desarrollo ocuparán lugares destacados. Conceptos que, por cierto, no siempre encuentran alojamiento confortable en los presupuestos nacionales.

La presencia de Milei introduce una curiosidad política. El mandatario que convirtió la motosierra en símbolo de su programa económico participará de un encuentro donde se pretende fortalecer la cooperación entre Estados. No existe contradicción automática entre reducir el gasto público y cooperar internacionalmente. La contradicción aparece cuando la reducción se convierte en virtud por sí misma, sin preguntar qué servicios desaparecen y quién debe soportar las consecuencias.

Los desastres naturales poseen una característica que los diferencia de las decisiones gubernamentales: no necesitan ministros, asesores ni decretos para producirse. Un terremoto no presenta un programa electoral. Una inundación no convoca conferencias de prensa. Y un huracán jamás ha pretendido convencer a sus víctimas de que el sufrimiento constituye una etapa indispensable hacia la prosperidad.

La economía, en cambio, es una construcción humana. Sus resultados dependen de circunstancias internacionales, problemas heredados y decisiones presentes. Por eso sería intelectualmente deshonesto atribuir cada dificultad argentina al actual gobierno. Pero igualmente deshonesto sería presentar todas las consecuencias de sus decisiones como fenómenos meteorológicos, ajenos a la responsabilidad de quienes las adoptan.

La Cumbre también propone colocar la economía de los cuidados en el centro de las políticas públicas, reconocer el trabajo frecuentemente invisible y combatir la precariedad. Será interesante conocer la posición argentina. Porque cuidar a una persona mayor, atender a un enfermo o sostener una familia no constituye una abstracción ideológica. Son actividades concretas, con costos concretos, que no desaparecen porque un funcionario consiga eliminarlas de una planilla presupuestaria.

Otro capítulo estará dedicado a la movilidad académica y al reconocimiento de títulos universitarios. Una iniciativa razonable para una región que necesita conocimiento, investigación y oportunidades. La paradoja sería celebrar internacionalmente la circulación del talento mientras se descuida la capacidad de formarlo y conservarlo dentro del país. Exportar inteligencia puede ser un éxito. Verse obligado a exportarla por falta de oportunidades es otra historia.

Naturalmente, la diplomacia exige participación, diálogo y cierta flexibilidad. Milei tiene pleno derecho a defender sus convicciones económicas ante sus colegas. Lo que no debería confundirse es la firmeza de una convicción con la infalibilidad de sus resultados. Los mercados pueden celebrar una cifra, los funcionarios pueden festejar un indicador y los ciudadanos, mientras tanto, continuar preguntándose cuánto cuesta llenar la heladera.

Madrid ofrecerá fotografías oficiales, discursos cuidadosamente preparados y declaraciones sobre el futuro compartido. Todo perfectamente legítimo. Pero la verdadera medida de una política pública no se encuentra en la solemnidad de una cumbre, sino en su capacidad para mejorar las condiciones de vida de quienes jamás serán invitados a participar de ella.

Y aquí aparece la diferencia esencial: ante un desastre natural, los gobiernos deben organizar la respuesta. Ante un desastre provocado por malas decisiones, deben asumir además la responsabilidad. La naturaleza no pide permiso para destruir. Los gobernantes, en cambio, solicitan votos para construir. Y cuando las promesas se derrumban, no alcanza con culpar al clima.

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Fuentes consultadas: Agencia Noticias Argentinas (NA), despacho del 1 de noviembre de 2026; Secretaría General Iberoamericana (SEGIB), programa y prioridades de la XXX Cumbre Iberoamericana; Gobierno de España, documentación oficial de la Cumbre de Madrid.

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