
La Habana tiene motivos para brindar. La victoria electoral de Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil asegura, al menos en el terreno político, la continuidad de una relación cordial con el gobierno cubano. Miguel Díaz-Canel no tardó en felicitar a su «hermano» brasileño, celebrando una afinidad que atraviesa fronteras, discursos y generaciones. Pero detrás de los abrazos revolucionarios aparece una realidad bastante menos romántica: Cuba necesita alimentos, Brasil los vende y la economía cubana continúa demostrando que las consignas políticas no sirven para llenar una olla.
El economista cubano Elías Amor, entrevistado por Martí Noticias, definió la victoria de Lula como «un colchón para el régimen castrista». La expresión tiene su gracia, aunque también su profundidad. Porque un colchón puede amortiguar una caída, pero no necesariamente impedirla. Y cuando una economía necesita apoyarse permanentemente en sus socios comerciales para conseguir productos elementales, el problema deja de ser exclusivamente ideológico y comienza a parecerse a una cuestión de supervivencia administrativa.
Las estadísticas oficiales brasileñas correspondientes a 2024 ofrecen una radiografía particularmente reveladora. Según los registros de COMEX STAT, del Ministerio de Desarrollo, Industria, Comercio y Servicios de Brasil, las exportaciones brasileñas a Cuba alcanzaron aproximadamente 276,8 millones de dólares, mientras las ventas cubanas a Brasil apenas llegaron a 2,9 millones. El resultado fue un superávit comercial brasileño cercano a 273,9 millones de dólares. No se trata, por lo tanto, de dos economías que intercambian mercancías en condiciones equivalentes, sino de una relación profundamente asimétrica, donde uno vende mucho y el otro compra mucho más de lo que consigue exportar.
Pero el detalle verdaderamente extraordinario aparece entre las mercancías brasileñas: azúcar. Sí, azúcar. Brasil vendió a Cuba ese producto por aproximadamente 31,8 millones de dólares en 2024, según los registros comerciales internacionales correspondientes a las exportaciones brasileñas. La nación que durante décadas convirtió la caña de azúcar en símbolo económico, cultural y político de su identidad terminó recurriendo al extranjero para abastecerse. No es simplemente una curiosidad comercial. Es una fotografía histórica que debería ocupar un lugar destacado en cualquier museo dedicado a los fracasos de la planificación económica.
La paradoja merece un momento de silencio, seguido, naturalmente, por unos compases de cha-cha-chá. Porque Cuba no perdió sus tierras tropicales, ni su clima, ni la memoria de sus trabajadores azucareros. Lo que se deterioró fue un sistema productivo sometido durante décadas a decisiones centralizadas, inversiones insuficientes, infraestructura envejecida y una organización económica incapaz de recuperar su antigua capacidad. El embargo estadounidense constituye una restricción real, pero atribuirle exclusivamente el derrumbe de la industria azucarera cubana sería tan cómodo como responsabilizar al termómetro por la fiebre.
El problema tampoco termina en el azúcar. Brasil suministra carne de ave, arroz, aceite de soja y otros alimentos indispensables. Mercancías que contribuyen a abastecer a una población sometida a dificultades cotidianas de alimentación. Aquí aparece una distinción fundamental: comprar alimentos no significa necesariamente recibir ayuda financiera. Para hablar de financiación de esas operaciones es indispensable conocer las condiciones de pago, los créditos concedidos, los vencimientos y las eventuales deudas acumuladas. Sin esos documentos, convertir una relación comercial en una subvención política sería adelantarse a los hechos.
Brasil y Cuba, sin embargo, tienen antecedentes financieros que merecen atención. El Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social brasileño, BNDES, ha reconocido créditos históricos vinculados a exportaciones hacia Cuba y obligaciones pendientes de pago. Pero esos antecedentes no permiten afirmar que las exportaciones alimentarias de 2024 hayan sido financiadas directamente por el gobierno de Lula ni que sus facturas permanezcan impagas. Elías Amor plantea una interrogante legítima sobre la capacidad de pago de La Habana. La respuesta, sin embargo, exige documentación y no solamente sospechas. Incluso entre compañeros de revolución, las facturas conservan la desagradable costumbre de tener fecha de vencimiento.
También conviene examinar con rigor el argumento del embargo. La existencia de relaciones comerciales entre Cuba y Brasil demuestra que la isla no está completamente aislada del comercio internacional. Pero tampoco demuestra que las sanciones estadounidenses carezcan de consecuencias sobre sus operaciones financieras, sus costos de transporte o su acceso al crédito. Las dos realidades pueden coexistir. Lo que resulta intelectualmente insostenible es utilizar el embargo como explicación universal de cada fracaso productivo, del mismo modo que sería irresponsable negar sus efectos simplemente porque un barco brasileño consigue descargar mercancías en un puerto cubano.
La reelección de Lula abre así un nuevo capítulo de continuidad diplomática, pero no resuelve el interrogante esencial: ¿cuánto tiempo puede sostenerse una economía que depende de proveedores extranjeros para obtener bienes que alguna vez produjo abundantemente? Díaz-Canel habla de integración latinoamericana y de la construcción de una patria grande. Son expresiones generosas, especialmente cuando las pronuncian quienes no tienen que explicar diariamente por qué faltan productos básicos. La verdadera integración, sin embargo, debería medirse también por la capacidad de producir, comerciar, pagar y mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos.
Y mientras Brasil celebra su victoria electoral y La Habana descorcha sus felicitaciones, la historia continúa ofreciendo su ironía más exquisita. En la tierra donde la caña de azúcar alimentó fortunas, revoluciones y canciones, hoy una parte del azúcar llega desde Brasil. Lula puede ofrecer amistad, comercio y respaldo diplomático. Lo que no puede ofrecer es una solución mágica a las deficiencias estructurales cubanas. Porque el cha-cha-chá tiene tres pasos, pero la economía exige algunos más: producir, administrar y pagar. Y, por supuesto, procurar que al terminar la música todavía quede algo sobre la mesa.
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Fuentes consultadas: Martí Noticias / Radio Martí, información de Rolando Nápoles y declaraciones del economista Elías Amor; Ministerio de Desarrollo, Industria, Comercio y Servicios de Brasil (MDIC), estadísticas COMEX STAT correspondientes a 2024; Embajada de Brasil en La Habana, documentación comercial de noviembre de 2025; Banco Mundial, estadísticas comerciales UN Comtrade; Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (BNDES), información pública sobre créditos y obligaciones financieras vinculadas a Cuba.
