
Brasil vuelve a encontrarse frente al espejo de su historia. Y la imagen que devuelve no es precisamente tranquilizadora. Luiz Inácio Lula da Silva y Flávio Bolsonaro disputan la presidencia de una nación inmensa, contradictoria y extraordinaria, donde la esperanza suele llegar acompañada de una vieja conocida: la saudade. Esa melancolía portuguesa que los brasileños transformaron en música y que, en política, podría definirse como la nostalgia de las promesas que alguna vez parecieron posibles.
La primera vuelta dejó una advertencia difícil de ignorar. Flávio Bolsonaro superó a Lula por más de dos millones de votos, pero ninguno obtuvo la mayoría necesaria. Ahora, cerca de 159 millones de electores habilitados tienen ante sí una decisión que excede los nombres de los candidatos. Porque Brasil no está eligiendo solamente un presidente: está discutiendo qué país desea ser durante los próximos cuatro años. Y semejante pregunta difícilmente pueda responderse con un eslogan de campaña.
La jornada electoral incorporó un episodio excepcional. La votación, inicialmente prevista hasta las cinco de la tarde, fue prorrogada dos horas por decisión del juez Cristiano Zanin, del Supremo Tribunal Federal, ante dificultades de transporte denunciadas por la campaña de Lula y problemas meteorológicos señalados por la de Bolsonaro. El Tribunal Superior Electoral interrumpió temporalmente el cómputo. Una decisión de enorme trascendencia institucional, cuyo verdadero examen no estará en las sospechas partidarias, sino en la transparencia de su aplicación y en el respeto a cada voto depositado.
Lula representa una historia que Brasil conoce de memoria. El antiguo obrero metalúrgico, dirigente sindical y presidente que convirtió la lucha contra la pobreza en una de sus principales banderas vuelve a solicitar la confianza de los ciudadanos. Su trayectoria está asociada a programas sociales como Bolsa Família, pero también a las contradicciones de una izquierda que ha debido administrar un país donde la desigualdad no desaparece por decreto. Lula conserva una formidable experiencia política. Lo que deberá demostrar es que esa experiencia todavía puede convertirse en respuestas nuevas.
Frente a él aparece Flávio Bolsonaro, heredero de un apellido que divide a Brasil con una intensidad poco frecuente. Su padre, Jair Bolsonaro, gobernó entre 2019 y 2022 y posteriormente fue condenado por su participación en una conspiración golpista. El hijo propone continuidad ideológica, aunque procura presentarse como una alternativa propia. Su desafío consiste en demostrar que un apellido puede servir para ganar una elección, pero no necesariamente alcanza para gobernar una nación. La herencia política puede abrir las puertas del palacio; la capacidad de gobierno debe atravesarlas por sus propios medios.
En medio de semejante disputa aparecen los grandes ausentes de la primera vuelta: más de 33 millones de ciudadanos que no concurrieron a votar. Una multitud silenciosa, demasiado numerosa para ser considerada una simple estadística. Entre ellos habrá indiferentes, desencantados y personas que encontraron obstáculos para ejercer su derecho. No todos piensan igual ni comparten las mismas razones. Pero su ausencia plantea una pregunta incómoda para ambos candidatos: ¿cuánto entusiasmo puede despertar una democracia cuando millones de ciudadanos no encuentran motivos suficientes para participar?
También se enfrentan dos maneras de relacionarse con el mundo. Lula ha procurado fortalecer la autonomía diplomática brasileña, conservar vínculos con China y sostener la presencia internacional de su país. Flávio Bolsonaro se encuentra políticamente más próximo a Donald Trump y a las corrientes conservadoras del continente. Detrás de estas diferencias aparecen cuestiones concretas: el comercio, la industria, la Amazonia, la seguridad y el lugar que Brasil pretende ocupar entre las grandes potencias. Porque un país de semejantes dimensiones no puede limitarse a elegir de qué lado sentarse. Tiene suficiente peso para exigir una silla propia.
La campaña también tuvo música, multitudes y emociones. Caetano Veloso, Chico Buarque y Gilberto Gil representan una tradición cultural que ha acompañado buena parte de la historia democrática brasileña. Su participación en actos favorables a Lula recuerda que, en Brasil, la política nunca estuvo completamente separada de la canción popular. Pero conviene no confundir la belleza de una melodía con la eficacia de un programa de gobierno. La música puede conmover conciencias; administrar hospitales, garantizar educación y ofrecer trabajo requiere instrumentos bastante menos poéticos.
Mientras llega el resultado definitivo, hay algo que ninguno de los dos candidatos debería olvidar. Brasil no pertenece a Lula ni a los Bolsonaro. Pertenece a quienes trabajan sus campos, enseñan en sus escuelas, levantan sus ciudades, cuidan la selva y sobreviven en barrios donde las promesas electorales suelen llegar con puntualidad admirable, aunque las soluciones acostumbren perder el tren. Ganar una elección concede autoridad para gobernar, no propiedad sobre la República. Y perderla tampoco autoriza a desconocer la voluntad de los ciudadanos.
Esta noche, Brasil aguarda. Desde las avenidas de São Paulo hasta las playas de Río, desde las comunidades amazónicas hasta los barrios populares de Salvador, millones de historias particulares confluyen en una sola decisión colectiva. Mañana habrá vencedores y vencidos, celebraciones y silencios. Pero seguirá existiendo ese Brasil inmenso que canta incluso cuando sufre, que espera incluso cuando desconfía y que guarda, detrás de cada desencanto, una reserva extraordinaria de esperanza. Quizá sea eso la saudade de un pueblo: recordar el país que soñó mientras continúa buscando el que merece.
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Fuentes consultadas: Tribunal Superior Electoral de Brasil (TSE), Reuters, Associated Press y prensa brasileña, 25 de octubre de 2026.
