Press "Enter" to skip to content

Lo cortés no quita lo valiente

Editions:
🇮🇹 Italiano  –  🇬🇧 English  –  🇫🇷 Français  –  🇦🇷 Spanish –  🇭🇰 中文(繁體)

Un lector nos recuerda, a propósito del discurso de Javier Milei ante las Naciones Unidas, que esta película tiene antecedentes. Y los tiene. Mucho antes de que existiera el edificio de cristal junto al East River, el mundo ya había intentado construir una mesa alrededor de la cual las naciones pudieran discutir sus diferencias antes de resolverlas a cañonazos.

La Sociedad de Naciones nació después de la Primera Guerra Mundial con esa ambición. Y terminó demostrando, dramáticamente, los límites de una organización internacional cuando sus resoluciones no consiguen modificar la conducta de quienes están dispuestos a ignorarlas.

La invasión italiana de Abisinia —la actual Etiopía— en 1935 quedó como uno de sus ejemplos más recordados. La Sociedad de Naciones condenó la agresión y aplicó sanciones, pero no consiguió detenerla. El organismo podía pronunciarse; bastante menos podía imponer sus pronunciamientos.

Cuando todavía humeaban las ruinas de la Segunda Guerra Mundial, las potencias vencedoras intentaron aprender aquella lección. Las conversaciones de Dumbarton Oaks, Yalta y finalmente la Conferencia de San Francisco de 1945 desembocaron en una arquitectura diferente. Cincuenta países participaron en la redacción de la Carta de las Naciones Unidas, firmada el 26 de junio de aquel año. La organización comenzó formalmente a existir el 24 de octubre.

No fue simplemente cambiar el cartel de una puerta. Se creó una institución nueva y, entre sus diferencias fundamentales, apareció un Consejo de Seguridad dotado de atribuciones que la vieja Sociedad de Naciones nunca había poseído en semejante forma.

Pero los arquitectos dejaron dentro del edificio una contradicción formidable.

Las grandes potencias que debían garantizar que el sistema funcionara se reservaron también el derecho de veto. Estados Unidos, la Unión Soviética —hoy Rusia ocupa su asiento—, China, Reino Unido y Francia quedaron así en una posición singular: guardianes de un orden internacional que, en determinadas circunstancias, ellos mismos podían impedir que actuara.

Ochenta años después, ése continúa siendo uno de los grandes problemas de Naciones Unidas. No necesariamente porque la organización sea inútil, sino porque aquello que puede hacer depende muchas veces de la voluntad de los mismos Estados cuyos intereses están enfrentados.

Por eso la pregunta de nuestro lector merece algo más que una respuesta rápida: ¿la historia vuelve a repetirse?

No exactamente. La historia tiene la mala costumbre de no utilizar papel carbónico. Cambian los protagonistas, las instituciones, los equilibrios militares y las reglas. Pero algunas contradicciones sobreviven con una salud admirable.

Una organización internacional puede aprobar resoluciones, convocar negociaciones, establecer principios jurídicos, enviar misiones, ofrecer ayuda humanitaria y proporcionar un escenario donde incluso enemigos irreconciliables deben sentarse bajo el mismo techo. Todo eso importa. También importa reconocer que, cuando falta voluntad política de los Estados capaces de imponer una decisión, el enorme edificio puede descubrir que tiene muchas ventanas y pocas puertas de salida.

Allí existe materia legítima para la crítica.

Y allí llegamos al discurso de Javier Milei.

Se puede cuestionar severamente a Naciones Unidas. Se puede denunciar su burocracia, discutir su eficacia, reclamar por resoluciones incumplidas y señalar contradicciones entre los principios proclamados y los resultados obtenidos. Un presidente argentino tiene, además, perfecto derecho a plantear ante ese foro la posición de su país sobre las Malvinas.

Otra cuestión es cómo hacerlo.

Llamar inútil a una institución o convertir a quienes trabajan en ella en una categoría colectiva de “parásitos” no agrega documentación al argumento. Puede aumentar el volumen del discurso, pero volumen y contundencia no son necesariamente sinónimos.

La diplomacia posee una vieja virtud que a veces confundimos con debilidad: permite decir cosas terribles utilizando palabras perfectamente educadas.

Churchill podía destrozar a un adversario sin arrojarle el cenicero. De Gaulle podía convertir una frase protocolar en una advertencia. Y generaciones enteras de diplomáticos aprendieron que una oración cuidadosamente construida puede resultar bastante más incómoda que un insulto.

No se trata de pedir mansedumbre.

Mucho menos silencio.

Si Naciones Unidas falla, corresponde señalarlo. Si una resolución duerme durante décadas, corresponde recordarla. Si las instituciones internacionales exigen a unos aquello que no consiguen exigir a otros, corresponde preguntar por qué.

Pero precisamente porque el argumento puede ser fuerte, no necesita muletas verbales.

La Sociedad de Naciones dejó una advertencia histórica: las instituciones internacionales que pierden capacidad para transformar decisiones en hechos corren el riesgo de conservar el ceremonial mientras pierden autoridad.

Las Naciones Unidas nacieron, entre otras razones, para que aquella experiencia no volviera a repetirse.

Preguntarse ochenta años después cuánto de aquella lección continúa vigente no constituye una insolencia.

Es una pregunta necesaria.

Y puede formularse con toda la firmeza del mundo sin olvidar algo bastante más antiguo que las Naciones Unidas:

lo cortés no quita lo valiente.

🖋️ © El Notario de la Historia | 2026 — All Rights Reserved
© 2026 SalaStampa.eu, world press service – All Rights Reserved – Guzzo Photos & Graphic Publications – Registro Editori e Stampatori n. 1441 Turin, Italy

* 11 *