Durante siglos, la buena educación fue considerada una virtud privada. En la política, en cambio, era una obligación pública. No porque los gobernantes fueran santos, sino porque representaban algo más grande que ellos mismos: la institución que ocupaban.
Javier Milei parece haber decidido invertir esa tradición. Su repertorio de insultos, descalificaciones y agravios dejó hace tiempo de ser un recurso ocasional para transformarse en una identidad política. Cada discurso necesita un enemigo. Cada adversario merece un adjetivo. Cada diferencia parece resolverse con el volumen de la voz antes que con el peso de los argumentos.
Puede discutirse su programa económico, compartirse algunas reformas o discrepar con otras. Lo que resulta más difícil de justificar es la degradación deliberada del lenguaje presidencial.
Las palabras no son inocentes. Un presidente no habla únicamente para sus seguidores. Habla también para los niños que descubren cómo se ejerce la autoridad, para los adolescentes que aprenden cómo se discute en democracia y para los ciudadanos que, poco a poco, terminan creyendo que el insulto vale más que la razón.
La historia enseña que las sociedades no se vuelven agresivas de un día para otro. Primero se deteriora el lenguaje. Después se empobrece el debate. Finalmente, la convivencia comienza a resquebrajarse. La violencia rara vez llega sin un largo ensayo verbal.
Los partidarios más fervientes suelen celebrar cada exabrupto como una demostración de autenticidad. Confunden espontaneidad con grosería y franqueza con agresión. Sin advertirlo, terminan naturalizando aquello que, en cualquier otro ámbito de la vida, considerarían una evidente falta de educación.
El verdadero riesgo no consiste en que un presidente diga malas palabras. El problema aparece cuando miles de personas concluyen que la vulgaridad constituye un modelo de liderazgo. Entonces el insulto deja de ser patrimonio de un dirigente para convertirse en patrimonio de una cultura política.
La democracia necesita confrontación de ideas, no competencias de agravios. La firmeza jamás estuvo reñida con la cortesía, del mismo modo que la inteligencia nunca necesitó elevar la voz para hacerse escuchar.
Quizá el mayor empobrecimiento de nuestro tiempo no sea económico ni institucional, sino lingüístico. Porque cuando el poder abandona el respeto, la educación deja de ser un valor y comienza a parecer una ingenuidad. Y ninguna nación ha logrado hacerse grande convenciendo a sus ciudadanos de que la mala educación constituye una virtud republicana.
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