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La mala educación está siempre encinta

Hay una vieja diferencia entre la franqueza y la grosería. La primera puede incomodar; la segunda suele empobrecer. Y cuando quien cruza esa frontera no es un ciudadano cualquiera, sino el jefe de Estado de una nación, el episodio deja de pertenecer al terreno de la anécdota para ingresar en el de la responsabilidad institucional.

La visita de Javier Milei a Brasil volvió a demostrar que algunos dirigentes parecen convencidos de que la política exterior puede administrarse con el mismo tono que una discusión en las redes sociales. El problema es que los Estados no intercambian tuits: construyen relaciones, intereses y equilibrios que suelen sobrevivir a quienes ocupan circunstancialmente el poder.

Llamar “ladrón” al presidente anfitrión y dedicar descalificaciones personales a un juez de la Corte Suprema brasileña no constituye un acto de valentía política. Es, sencillamente, una ruptura deliberada de las formas mínimas que durante siglos permitieron a países con profundas diferencias convivir sin convertir cada visita oficial en un espectáculo de agravios.

La respuesta del Partido de los Trabajadores y del presidente del Supremo Tribunal Federal no sorprendió. Más allá de las afinidades ideológicas, cualquier nación espera que un mandatario extranjero respete sus instituciones mientras pisa su territorio. La cortesía diplomática no nació para proteger egos; nació para evitar que los conflictos verbales terminen convirtiéndose en conflictos políticos.

Existe una curiosa paradoja en la época contemporánea: algunos líderes reivindican la libertad de expresión mientras olvidan que la libertad nunca elimina las consecuencias. Un presidente puede decir casi cualquier cosa. Lo que no puede evitar es que cada palabra tenga un costo para la imagen, la credibilidad y la capacidad negociadora del país que representa.

La historia enseña que los estadistas más eficaces no eran necesariamente los más silenciosos, sino aquellos capaces de distinguir cuándo hablar con firmeza y cuándo hacerlo con prudencia. La diplomacia jamás fue sinónimo de debilidad. Muy por el contrario, suele ser la forma más sofisticada del ejercicio del poder.

La educación —esa vieja compañera de la inteligencia— no consiste en evitar las discrepancias. Consiste en expresarlas sin degradar al interlocutor ni rebajar la dignidad del propio cargo. Quien convierte el insulto en método termina dependiendo del próximo insulto para seguir ocupando el centro de la escena.

Quizá por eso el viejo refrán conserva una vigencia implacable: la mala educación está siempre encinta. Nunca da a luz soluciones. Solo nuevos conflictos, nuevas respuestas y nuevas oportunidades perdidas. Porque las palabras pueden ser efímeras, pero cuando salen de la boca de un presidente suelen permanecer mucho más tiempo que quien las pronunció.

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