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La máquina traduce. ¿Quién responde?

La inteligencia artificial ya puede traducir millones de palabras en el tiempo que un ser humano necesita para preparar un café. Lo hace en decenas de idiomas, a cualquier hora, sin vacaciones, sin reclamar honorarios y, por supuesto, sin pedir aumento de sueldo. Una revolución formidable para quienes necesitan comunicarse más allá de sus fronteras. El problema comienza cuando confundimos esa extraordinaria capacidad de producción con una garantía de exactitud. Porque una máquina puede escribir maravillosamente bien y equivocarse de manera igualmente maravillosa.

Un artículo publicado por la BBC, firmado por el periodista John Laurenson, plantea una pregunta que hace pocos años habría parecido una provocación: ¿durante cuánto tiempo seguiremos necesitando traductores humanos? La cuestión no es pequeña. Google procesa cantidades gigantescas de texto mediante sus servicios de traducción, mientras DeepL, Microsoft y los grandes sistemas de inteligencia artificial compiten por conquistar un mercado que durante siglos dependió del conocimiento humano. La traducción dejó de ser un servicio reservado a quienes podían pagarlo. Hoy está al alcance de prácticamente cualquier persona conectada a internet.

Sería absurdo negar semejante progreso. Un pequeño comerciante puede presentar sus productos en varios países. Un estudiante puede consultar documentación extranjera. Un periodista puede acceder a informaciones publicadas al otro lado del planeta. Una organización humanitaria puede comunicarse con poblaciones que hablan idiomas diferentes. La tecnología está haciendo posible algo que generaciones enteras apenas podían imaginar: reducir las distancias culturales sin necesidad de trasladar físicamente a las personas. Conviene reconocerlo antes de comenzar a enumerar sus defectos.

Pero una cosa es comprender el sentido general de un documento y otra muy distinta es garantizar que cada palabra conserve su significado. El artículo de Laurenson presenta ejemplos inquietantes. Una traductora especializada en documentos judiciales encontró errores capaces de alterar la interpretación de expresiones jurídicas. Una especialista médica advirtió sobre la confusión entre microgramos y miligramos, unidades separadas por un factor de mil. En una conversación cotidiana, una equivocación puede provocar una sonrisa. En una prescripción médica, puede provocar una tragedia. La máquina no distingue las consecuencias con la misma responsabilidad que debería asumir quien autoriza su utilización.

Lo verdaderamente novedoso no es que las traducciones automáticas contengan errores. Eso ocurre desde que existen. Lo inquietante es que ahora pueden ocultarlos detrás de una prosa impecable. Antes, una construcción gramatical absurda advertía al lector que algo funcionaba mal. Hoy, una afirmación equivocada puede aparecer revestida de elegancia académica, precisión aparente y absoluta seguridad. La tecnología ha aprendido a escribir con tanta naturalidad que incluso sus equivocaciones pueden resultar convincentes. Hemos conseguido máquinas capaces de expresarse como expertos, aunque todavía no siempre capaces de reconocer cuándo están equivocadas.

La cuestión adquiere otra dimensión cuando ingresamos en el terreno periodístico. Una palabra puede transformar una sospecha en una acusación, una posibilidad en una certeza o una declaración condicional en una promesa. No es lo mismo afirmar que un funcionario habría participado en una operación irregular que asegurar que participó. Tampoco es equivalente informar que una persona fue investigada, acusada o condenada. En determinados idiomas, esas diferencias requieren estructuras verbales y jurídicas específicas. Perderlas durante una traducción no constituye un pequeño accidente lingüístico. Puede modificar el sentido de una noticia y perjudicar injustamente a sus protagonistas.

Existe, además, una dificultad que ninguna estadística de velocidad consigue resolver por completo: los idiomas no son simples depósitos de palabras intercambiables. Transportan historia, costumbres, humor, ironía y formas particulares de interpretar la realidad. Una expresión perfectamente comprensible en Buenos Aires puede resultar desconcertante en Tokio. Una ironía británica puede transformarse en una ofensa cuando se reproduce literalmente en otra lengua. Y una frase diplomática, cuidadosamente redactada para no cerrar ninguna puerta, puede convertirse en una declaración hostil si el traductor pierde sus matices. Traducir no consiste únicamente en cambiar las palabras de lugar. Consiste en trasladar significados sin extraviar su equipaje cultural.

Aquí aparece una contradicción interesante. Cuanto más económicas y accesibles se vuelven las traducciones, mayor es la tentación de prescindir de quienes pueden comprobarlas. La inteligencia artificial permite publicar una misma información en numerosos idiomas con costos antes impensables. Pero reducir el costo de producción no equivale necesariamente a reducir el riesgo editorial. Un error reproducido en diez idiomas no se convierte en diez verdades. Se convierte en un error distribuido internacionalmente, con una eficiencia que cualquier antigua oficina de propaganda habría envidiado.

Tampoco corresponde idealizar a los traductores humanos. Se equivocan, interpretan mal, desconocen referencias y pueden introducir sus propios prejuicios. La historia ofrece abundantes ejemplos de errores cometidos sin intervención de computadora alguna. La diferencia fundamental no reside en atribuir infalibilidad a las personas y torpeza a las máquinas. Reside en establecer mecanismos de control, responsabilidades identificables y procedimientos capaces de detectar errores antes de que produzcan consecuencias. Un profesional competente puede justificar sus decisiones y responder por ellas. Un sistema automático, por sofisticado que sea, no comparece por voluntad propia ante un tribunal ni firma una rectificación periodística.

François Yvon, investigador del Centro Nacional de Investigación Científica de Francia, introduce en el artículo una reflexión particularmente importante: el verdadero avance llegará cuando los sistemas puedan indicar que no están seguros de una traducción. Es una observación que trasciende ampliamente el problema lingüístico. La inteligencia artificial necesita mejorar no solamente su capacidad para producir respuestas, sino también su capacidad para reconocer incertidumbres. Una advertencia oportuna puede resultar mucho más valiosa que un párrafo brillante construido sobre una interpretación equivocada.

Sin embargo, tampoco bastará con que una máquina declare sus dudas. Será necesario determinar quién las examina, quién decide publicar y quién responde si algo sale mal. En medicina existen profesionales responsables de los tratamientos. En la justicia, las decisiones tienen consecuencias jurídicas. En el periodismo, la publicación de una información exige identificar fuentes, verificar afirmaciones y distinguir hechos de opiniones. La inteligencia artificial puede colaborar en todos esos procedimientos. Lo que no debería hacer es convertirse en una excusa para eliminar la responsabilidad de quienes los dirigen.

Hay otra consecuencia que merece atención internacional. Durante mucho tiempo, las grandes lenguas comerciales concentraron la mayor parte de los recursos destinados a traducción. Las herramientas automáticas ofrecen nuevas oportunidades para comunidades lingüísticas que antes permanecían marginadas. Pero esa apertura no garantiza igualdad de calidad. Los idiomas con menos documentación digital, las variantes regionales y las expresiones propias de comunidades pequeñas pueden recibir resultados menos fiables. Democratizar el acceso a la traducción es un avance; garantizar que esa democratización no reproduzca nuevas desigualdades constituye el desafío siguiente.

Por eso, la discusión no debería reducirse a determinar cuándo desaparecerá el traductor humano. La historia tecnológica demuestra que muchas profesiones cambian antes de desaparecer y que algunas adquieren nuevas responsabilidades precisamente porque las máquinas realizan las tareas más repetitivas. El traductor del futuro probablemente dedicará menos tiempo a reconstruir frases sencillas y mucho más a verificar significados, resolver ambigüedades, interpretar contextos y controlar documentos cuya exactitud resulte indispensable. No será necesariamente el final de una profesión. Puede ser el comienzo de otra manera de ejercerla.

También habrá que distinguir entre aquello que admite un margen razonable de error y aquello que no debería publicarse sin una revisión especializada. Un catálogo comercial, una conversación informal y un documento clínico no requieren el mismo nivel de control. Pretender idénticas garantías para todos los casos sería económicamente insostenible. Aplicar idéntica despreocupación a todos ellos sería irresponsable. El progreso consiste, entre otras cosas, en aprender a distinguir dónde podemos ahorrar tiempo y dónde conviene invertirlo.

La pregunta formulada por John Laurenson merece, entonces, una respuesta menos espectacular que los titulares sobre la desaparición del trabajo humano. Necesitaremos traductores mientras necesitemos comprender no solamente lo que dicen las palabras, sino lo que significan en circunstancias concretas. Su número, sus herramientas y sus funciones cambiarán. Algunas tareas desaparecerán y otras surgirán. Lo que no desaparecerá por decreto tecnológico es la necesidad de comprobar que una comunicación internacional conserva fielmente su sentido.

La inteligencia artificial representa una conquista extraordinaria. Permite que personas separadas por océanos conversen, estudien, comercien y compartan conocimientos con una facilidad desconocida para generaciones anteriores. Sería una necedad rechazarla por nostalgia. Pero también sería una ingenuidad concederle una autoridad que todavía no ha demostrado merecer en todas las circunstancias.

Quizás el problema de nuestro tiempo no sea que las máquinas estén aprendiendo demasiado rápido, sino que nosotros estemos delegando demasiado fácilmente.

Si Catalina de Médici hubiera dispuesto de un traductor automático en la corte francesa, probablemente habría conseguido traducir sus recetas florentinas en pocos segundos. Otra cuestión habría sido explicar a los cocineros qué debían hacer con los ingredientes.

Porque entre comprender una palabra y comprender una receta existe la misma distancia que entre leer una declaración diplomática y entender sus verdaderas intenciones.

Y si el resultado terminaba siendo indigesto, seguramente alguien habría terminado pagando las consecuencias.

Con una diferencia: en aquella época, la inteligencia artificial todavía no existía para echarle la culpa.

En suma: traducir un millón de palabras puede ser cuestión de segundos. Responder por una sola palabra equivocada puede llevar toda una vida.

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Fuentes de referencia: BBC, John Laurenson, «How long will humans be needed for translation?»; declaraciones de François Yvon (CNRS), Ariella Baltié, Carol Bereuter y John Zimmerman (Open Knowledge Association), recogidas en el artículo citado.

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