
En la Argentina, la economía ha dejado de ser solamente una ciencia social para convertirse en una disciplina de aspiraciones olímpicas. Ahora, según anuncia un titular de Noticias Argentinas, Demian Reidel reapareció hablando de intentar conseguir, junto con Javier Milei, el Premio Nobel de Economía. Una ambición respetable, aunque convendría recordar que los premios se conceden por méritos evaluados por terceros y no por entusiasmo de los interesados.
La noticia tiene su encanto. Mientras algunos despachos imaginan ceremonias en Estocolmo, una considerable cantidad de argentinos continúa celebrando una ceremonia bastante menos distinguida: abrir la billetera, examinar su contenido y decidir qué factura puede esperar hasta el mes próximo.
Una encuesta nacional de QMonitor, elaborada por QSocial Big Data, ofrece una fotografía menos ceremonial del país. Según el relevamiento, el 56% de los consultados considera que la actividad económica está estancada o retrocede. Otro 36% reconoce tener pagos atrasados o deudas que directamente no puede afrontar. Son cifras que difícilmente encontrarían lugar en el discurso de agradecimiento de un laureado.
El mismo estudio sitúa a Javier Milei con el 42% de intención de voto frente al 41% de Axel Kicillof en un eventual balotaje presidencial. La diferencia es tan pequeña que, considerando el margen de error informado, no permite proclamar un vencedor. En cambio, permite comprobar que el electorado continúa dividido y que ninguna de las dos grandes ofertas políticas despierta una confianza particularmente arrolladora.
Hay otro dato todavía más interesante. El 55% de los encuestados preferiría que Milei no obtuviera un segundo mandato, mientras que solamente el 33% desea su continuidad. No significa que la oposición tenga asegurada la victoria. De hecho, el 66% desaprueba su comportamiento y el 64% considera que no está preparada para gobernar. En otras palabras, una parte considerable de la ciudadanía parece encontrarse frente a un menú en el que no termina de gustarle ninguno de los platos.
La política argentina ha conseguido así una singular innovación: transformar el rechazo al adversario en uno de los principales instrumentos de captación electoral. El 54% de los consultados admite que votaría por alguien que no le agrada completamente si con ello consigue impedir el triunfo del candidato que más rechaza. Ya no se trata necesariamente de elegir al mejor, sino de evitar al peor. Una curiosa manera de administrar el futuro de una nación.
Conviene reconocer, sin embargo, que la encuesta también registra una moderada mejoría en algunas percepciones. La evaluación negativa de la situación nacional descendió del 55% al 47%, mientras las opiniones positivas llegaron al 17%. La aprobación de la gestión presidencial permanece en el 35%. Los datos merecen ser considerados en conjunto, sin seleccionar únicamente aquellos que favorecen o perjudican al Gobierno.
Pero volvamos al Nobel. El Premio de Ciencias Económicas en memoria de Alfred Nobel distingue contribuciones al conocimiento económico. No constituye una medalla por ganar elecciones, reducir determinados indicadores durante un período ni pronunciar discursos convincentes sobre las virtudes del mercado. Tampoco es un reconocimiento que pueda obtenerse mediante una campaña de relaciones públicas. Sus méritos son examinados por una institución académica, no por una mesa de propaganda electoral.
La economía, además, tiene una particularidad que la distingue de ciertas exhibiciones políticas: sus resultados terminan entrando en las casas. Pueden presentarse gráficos impecables, balances prometedores y proyecciones de crecimiento extraordinarias. Pero cuando una familia debe financiar los alimentos con crédito o postergar una obligación indispensable, la realidad introduce una nota al pie que ningún discurso consigue borrar.
Esto tampoco significa que los problemas argentinos hayan nacido con Milei. La inflación crónica, el endeudamiento, la desconfianza monetaria y la incapacidad de sostener políticas económicas duraderas forman parte de una herencia construida durante décadas por gobiernos de distintos colores. Atribuirle toda la responsabilidad a una sola administración sería tan poco serio como adjudicarle todos los méritos de cualquier mejoría.
Lo verdaderamente llamativo es la distancia entre las aspiraciones de reconocimiento internacional y las preocupaciones domésticas. Un presidente puede tener ambiciones intelectuales legítimas y defender con convicción sus teorías. Pero gobernar no consiste en demostrar que uno tiene razón frente a sus adversarios académicos. Consiste, fundamentalmente, en conseguir que la sociedad pueda vivir mejor.
Quizá algún día Javier Milei reciba un reconocimiento académico de extraordinaria importancia. No corresponde descartarlo ni anticiparlo. Pero tampoco sería prudente confundir una aspiración personal con un resultado económico ya consolidado.
Por ahora, el gobelino de la economía argentina continúa tejiéndose con hilos de colores muy diferentes. En una esquina aparecen los indicadores que mejoran; en otra, los salarios, las deudas familiares y las incertidumbres electorales. Desde lejos, el tapiz puede resultar admirable. De cerca, todavía se observan demasiados remiendos.
Y mientras algunos sueñan con el Nobel, millones de ciudadanos siguen esperando algo menos prestigioso, pero infinitamente más urgente: que la economía funcione sin necesidad de recibir un premio por ello.
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Fuente: Agencia Noticias Argentinas, 13 de octubre de 2026. Encuesta QMonitor / QSocial Big Data, realizada entre el 5 y el 28 de septiembre de 2026, sobre 1.650 personas. Las referencias a Demian Reidel proceden del titular suministrado; el cable no reproduce sus declaraciones.
