
Editorial | Panorama mendocino
Durante generaciones, los argentinos viajaron al extranjero para conocer otros paisajes, descubrir nuevas culturas y disfrutar de unas vacaciones. Hoy, algunos han encontrado una motivación adicional, bastante menos romántica y considerablemente más práctica: escapar de los precios nacionales. La cordillera de los Andes, que durante siglos representó una formidable barrera geográfica, amenaza con convertirse en una especie de frontera entre dos maneras de administrar el bolsillo.
Un lector mendocino nos ha regalado una reflexión que merece algo más que una respuesta de cortesía. Según su razonamiento, podría resultar conveniente tomar un avión a Santiago de Chile, pasar tres días alojado en un buen hotel, disfrutar de pescados y mariscos, renovar el vestuario de temporada y regresar a Mendoza con una experiencia agradable y, eventualmente, con menos dinero gastado que realizando consumos equivalentes en su propia ciudad.
No presentó un estudio económico de quinientas páginas. Tampoco recurrió a complicadas fórmulas financieras. Le bastaron tres ingredientes: una valija, una calculadora y cierta desconfianza hacia las etiquetas argentinas.
Naturalmente, la comparación requiere números concretos. Los pasajes aéreos, el alojamiento, las fechas del viaje, las promociones comerciales y el volumen de las compras pueden modificar considerablemente el resultado. No sería serio afirmar que cualquier excursión de tres días a Santiago resulta más barata que permanecer en Mendoza. Pero hay algo todavía más revelador que una eventual diferencia de precios: que semejante cálculo haya dejado de parecer una extravagancia.
La observación llega en un momento particularmente oportuno. Según el Índice Mensual de Precios Relativos de Fundar, difundido por Noticias Argentinas, la Argentina continúa exhibiendo los precios más elevados de la región en indumentaria y restaurantes, medidos en dólares. Determinadas prendas pueden costar aproximadamente el doble que productos idénticos o comparables ofrecidos en Chile, Brasil o Perú. Una distinción internacional que difícilmente figure entre los objetivos de promoción turística del Gobierno.
Conviene aclarar que no todos los bienes y servicios argentinos son los más caros de América Latina. La comparación cambia según el producto, la ciudad y el momento. Pero la indumentaria constituye un ejemplo particularmente elocuente de cómo una estructura económica puede convertir una necesidad cotidiana en una pequeña operación financiera.
Y aquí aparece la primera paradoja. La Argentina dispone de industria textil, trabajadores especializados, diseñadores, comercios y una larga tradición de producción nacional. Sin embargo, una parte de sus consumidores descubre que determinadas prendas pueden resultar considerablemente más accesibles después de cruzar una frontera. Es decir, tenemos capacidad para fabricar ropa, pero no siempre conseguimos ofrecerla a precios competitivos para quienes deben usarla.
Los empresarios del sector señalan una lista de dificultades que no conviene despreciar: impuestos, alquileres, costos financieros, logística, servicios y competencia internacional. Son factores reales que merecen soluciones serias. Pero tampoco pueden transformarse en una explicación eterna que termine justificando cualquier precio. Cuando un problema estructural permanece durante décadas, deja de ser una circunstancia excepcional y se convierte en parte del sistema.
La protección de la industria nacional tiene fundamentos atendibles. Ningún país responsable debería contemplar con indiferencia la desaparición de su capacidad productiva o la pérdida de empleos. Pero proteger no significa otorgar una licencia indefinida para trasladar ineficiencias al consumidor. La industria necesita condiciones para competir, no una clientela obligada a financiar sus dificultades mediante actos de patriotismo comercial.
El patriotismo tiene límites razonables. Se puede amar profundamente al propio país sin sentirse obligado a pagar el doble por una campera.
Y tampoco corresponde convertir al comerciante en el villano de esta historia. Quien mantiene un negocio en Mendoza debe afrontar alquileres, salarios, impuestos, servicios y proveedores. Muchos comerciantes padecen las mismas distorsiones que sus clientes. La diferencia es que unos las encuentran al abrir la caja registradora y otros al recibir la cuenta.
En el sector gastronómico, la comparación resulta igualmente provocadora. Mendoza posee una identidad culinaria extraordinaria, excelentes vinos, productos regionales y restaurantes capaces de satisfacer a los paladares más exigentes. Santiago de Chile, por su parte, ofrece una propuesta gastronómica amplia, con especial protagonismo de pescados y mariscos. Ambas ciudades tienen méritos propios. El problema comienza cuando el consumidor deja de elegir exclusivamente por placer y empieza a comparar cuánto le cuesta sentarse a una mesa.
Una cena debería terminar con una conversación agradable, no con la sensación de haber participado en una subasta internacional.
El fenómeno tampoco puede analizarse exclusivamente desde los precios. Existe una cuestión todavía más profunda: la relación entre lo que cuestan las cosas y lo que ganan las personas. Un restaurante puede tener valores similares a los de una capital europea, pero eso no significa que sus clientes reciban salarios europeos. Una vidriera puede exhibir precios internacionales mientras quienes la contemplan cobran remuneraciones que difícilmente soportarían semejante comparación.
La Argentina ha conseguido una curiosa proeza: internacionalizar determinados precios sin internacionalizar los ingresos.
Y cuando ocurre algo semejante, la frontera adquiere un nuevo significado económico.
Para un mendocino, Chile no representa un destino remoto. La cercanía geográfica, los vínculos comerciales y la costumbre de atravesar los Andes forman parte de una relación histórica entre ambas sociedades. Sin embargo, esa proximidad también permite observar con mayor claridad las diferencias de precios, impuestos y condiciones comerciales.
Durante años, el movimiento de consumidores entre ambos países cambió de dirección según las circunstancias económicas. Hubo períodos en que los chilenos encontraban ventajas comprando en la Argentina y otros en que los argentinos cruzaban hacia Chile para aprovechar precios más convenientes. La montaña permaneció inmóvil. Lo que se desplazó fue la conveniencia.
Esa oscilación debería enseñar una lección elemental: ninguna ventaja cambiaria es eterna y ninguna política comercial puede construirse sobre la ilusión de que los vecinos permanecerán indefinidamente más caros o más baratos.
También merece atención el efecto sobre el comercio mendocino. Cada compra realizada fuera del país puede representar una operación que no se concreta en el mercado local. No siempre se trata de una sustitución directa, porque muchos viajeros compran productos que de otro modo no adquirirían. Pero cuando las diferencias son importantes y persistentes, el incentivo a trasladar el consumo hacia el exterior resulta evidente.
Detrás de una vidriera argentina existen empleados, proveedores, transportistas, propietarios y familias. Una economía que pierde competitividad comercial no solamente pierde ventas: también puede comprometer oportunidades de trabajo.
Por eso sería absurdo reprocharle al consumidor que busque mejores precios. Nadie debería exigirle a una familia que sacrifique su presupuesto para compensar problemas que no creó y que tampoco tiene facultades para resolver.
La obligación de construir condiciones competitivas corresponde a quienes diseñan las políticas económicas, administran los tributos, regulan los mercados y toman decisiones empresariales.
Y aquí convendría recordar una diferencia que suele desaparecer entre los discursos oficiales: reducir la inflación no significa necesariamente reducir el costo de vida. Una camisa que ayer costaba demasiado y hoy mantiene su precio continúa siendo cara. La estabilidad constituye una condición necesaria para recuperar el poder adquisitivo, pero no reemplaza la productividad, la competencia ni una estructura de costos razonable.
Tampoco bastaría con abrir indiscriminadamente las importaciones y esperar que la prosperidad llegue en el siguiente contenedor. La competencia puede contribuir a mejorar los precios, pero una apertura mal administrada también puede perjudicar empleos y capacidades productivas. El verdadero desafío consiste en lograr que producir en la Argentina resulte viable y comprar en la Argentina no se convierta en un privilegio.
Mientras tanto, nuestro lector mendocino plantea una alternativa que parece extraída de una comedia económica: tomar un avión, cruzar los Andes, disfrutar de tres días de hotel y buena mesa, regresar con ropa nueva y considerar que el paseo pudo haber sido una decisión financieramente sensata.
Si los números particulares terminan confirmándolo, habrá conseguido algo verdaderamente singular: transformar unas vacaciones en una operación de ahorro.
Y si los números no lo confirman, su comentario conservará igualmente un valor revelador. Porque demuestra hasta qué punto la percepción de los precios argentinos ha modificado la manera en que algunos ciudadanos consideran sus decisiones de consumo.
Durante décadas, la Argentina procuró atraer visitantes extranjeros para que disfrutaran de sus paisajes, sus vinos, su gastronomía y sus comercios. Hoy debe prestar atención a una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando sus propios habitantes empiezan a encontrar más atractiva la oferta comercial del país vecino?
No se trata de competir contra Chile mediante discursos patrióticos ni de considerar una traición cada compra realizada en Santiago. Se trata de construir una economía en la que el ciudadano pueda elegir libremente sin descubrir que permanecer dentro de sus fronteras implica pagar un sobreprecio sistemático por determinados productos.
Porque las fronteras políticas separan territorios, pero los precios atraviesan montañas, circulan por internet y terminan comparándose en la pantalla de cualquier teléfono.
El consumidor no necesita permiso ministerial para hacer cuentas.
Y acaso la imagen más expresiva de esta historia sea la de un mendocino preparando una valija vacía para cruzar la cordillera. No porque piense emigrar, ni porque haya perdido el afecto por su tierra, sino porque considera que al otro lado podría encontrar una relación más favorable entre precio y calidad.
Una valija vacía al partir y llena al regresar. Una postal turística que también puede convertirse en diagnóstico económico.
La Argentina necesita exportar más productos, más tecnología, más trabajo y más talento. Lo que no debería exportar por falta de competitividad es una parte creciente de las compras de sus propios habitantes.
Porque cuando un ciudadano comienza a calcular cuánto cuesta tomar un avión para ahorrar dinero, la pregunta ya no es cuánto vale el pasaje.
La pregunta es cuánto nos está costando quedarnos.
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Origen editorial: Reflexión desarrollada a partir de un comentario recibido de un lector mendocino sobre el editorial «Made Argentina».
Fuentes consultadas: Agencia Noticias Argentinas (NA), 9 de octubre de 2026; Índice Mensual de Precios Relativos de Fundar, según información difundida por NA.
