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Cuando la fantasía gobierna y la realidad paga la entrada

Buenos Aires, 30 de octubre de 2026. Walt Disney construyó un imperio donde los elefantes volaban, los ratones hablaban y los sueños podían convertirse en realidad. Javier Milei también promete transformaciones extraordinarias, aunque su escenario no es Disneylandia sino la economía argentina. Hay, sin embargo, una diferencia fundamental: en el parque de diversiones, el visitante conoce el precio de la entrada. En la Argentina, la factura suele llegar después del espectáculo.

El Gobierno acaba de confirmar, mediante el Decreto 1296/2026, la continuidad del bono extraordinario de hasta 70.000 pesos para jubilados y pensionados de menores ingresos. La cifra permanece congelada desde marzo de 2024. Treinta y dos meses durante los cuales los precios siguieron su marcha mientras el refuerzo previsional permanecía sentado, inmóvil, esperando un milagro monetario.

Según el relevamiento difundido por Agencia Noticias Argentinas, ese bono habría perdido alrededor del 70% de su poder adquisitivo original. La estimación ilustra una realidad difícil de disimular: mantener una cantidad de pesos no significa conservar lo que esos pesos permiten comprar. La inflación tiene esa desagradable costumbre de no pedir permiso antes de entrar al supermercado.

Para noviembre, la jubilación mínima será de 444.158,46 pesos, que alcanzarán los 514.158,46 con el bono completo. El haber básico se actualiza mediante el mecanismo de movilidad, pero el complemento permanece fijo. Así, una ayuda concebida para aliviar los ingresos más bajos pierde progresivamente su importancia. El Gobierno aumenta una parte de la jubilación mientras deja que otra envejezca sin protección contra los precios.

Aquí comienza la verdadera diferencia entre la imaginación creadora y la fantasía económica. Imaginar una Argentina próspera, con estabilidad monetaria, inversiones y crecimiento, es perfectamente legítimo. Incluso necesario. Pero una promesa de prosperidad no paga medicamentos, alimentos ni servicios. Y mucho menos sustituye el ingreso que una persona necesita hoy para vivir con dignidad.

El presidente Milei sostiene que la disciplina fiscal constituye una condición indispensable para reconstruir la economía. Es una posición económica que merece ser discutida con seriedad. Pero también corresponde preguntar cómo se distribuyen sus costos. Porque el equilibrio de las cuentas públicas puede ser una virtud administrativa sin convertirse automáticamente en justicia social. Los números pueden cerrar en un ministerio mientras las cuentas domésticas siguen abiertas sobre la mesa de la cocina.

Tampoco sería justo atribuir al actual Gobierno todos los males del sistema previsional argentino. Décadas de inflación, desequilibrios y decisiones políticas contradictorias dejaron una herencia considerable. Pero recibir una casa con goteras no convierte en solución retirarles el paraguas a quienes viven adentro. Gobernar significa administrar lo heredado y responder por las decisiones propias.

Hay una ironía particularmente amarga en este asunto. El bono conserva exactamente el mismo nombre, el mismo importe y la misma presentación oficial. Lo que no conserva es su capacidad de compra. Es una especie de truco de magia invertido: el espectador ve los mismos 70.000 pesos, pero una parte de lo que podía comprar con ellos ha desaparecido. Y esta vez no hay mago dispuesto a devolverla debajo del sombrero.

La Argentina necesita imaginación económica, naturalmente. Sin imaginación no hay innovación, inversiones ni futuro. Pero también necesita distinguir entre las aspiraciones legítimas y los resultados verificables. La credibilidad de un programa económico no debería medirse solamente por los anuncios presidenciales, las celebraciones financieras o los aplausos de sus partidarios. También debería medirse por la capacidad de sus ciudadanos para llegar a fin de mes sin convertir cada compra en un ejercicio de supervivencia.

Walt Disney sabía que la fantasía necesitaba talento, trabajo y una boletería. Los gobiernos deberían recordar que la economía necesita algo más que confianza en sus propias predicciones. La fantasía de Disney se pagaba en la boletería. Las fantasías económicas de un gobierno, cuando fracasan, se pagan con la vida cotidiana de millones de ciudadanos. Y los jubilados argentinos, después de toda una vida de trabajo, merecen algo bastante más serio que una entrada permanente al reino de las promesas.

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Fuentes consultadas: Boletín Oficial de la República Argentina, Decreto 1296/2026; ANSES, Resolución 304/2026; Agencia Noticias Argentinas, informe de Francisco Nutti, 30 de octubre de 2026; La Nación y TN, información previsional de octubre de 2026.
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