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La Ciudad Infeliz

Mar del Plata 1895: Al centro del panorama se puede ver el complejo del Bristol Hotel (1888). Adelante los comedores y en el edificio de atrás los dormitorios. A la derecha el Gran Hotel (1881) se puede ver la av. Luro. Al fondo se distinguen las “Sierras de los Padres”.

Mar del Plata, la célebre Ciudad Feliz, acaba de descubrir una nueva atracción turística. No figura en las guías de viaje, no requiere entrada y tampoco ofrece descuentos para jubilados. Consiste en levantarse de madrugada, ponerse en una fila interminable y esperar durante horas la posibilidad de conseguir un trabajo. La felicidad, aparentemente, se entrega por orden de llegada y hasta agotar las existencias.

La escena ocurrió en la calle San Martín al 4200, donde un establecimiento destinado a espectáculos y fiestas anunció la búsqueda de personal. Había 70 puestos disponibles. La respuesta fue una multitud que ocupó aproximadamente 800 metros de vereda. Tanta gente acudió que los organizadores debieron improvisar un sistema de números para ordenar la convocatoria.

No estaban regalando automóviles, departamentos frente al mar ni pasajes a Europa. Ofrecían trabajo. Cajeros, camareros, administrativos, acomodadores, técnicos y responsables de sala. Oficios perfectamente normales en una sociedad que todavía conserva la antigua costumbre de necesitar dinero para comer.

Una mujer contó ante las cámaras de Canal 8 que había llegado a las cinco y media de la mañana. Llevaba tres meses buscando empleo. Su explicación fue tan sencilla que resultó demoledora: sabía que habría mucha gente porque en Mar del Plata hay mucho desempleo.

No necesitó un doctorado en economía, una consultora internacional ni una montaña de gráficos para describir lo que estaba ocurriendo. Le alcanzó con mirar a su alrededor.

Y allí comienza el verdadero problema.

Porque una fila de centenares de metros no constituye, por sí sola, una estadística de desocupación. Pero cuando semejantes escenas se repiten en distintas ciudades, dejan de ser una curiosidad periodística para convertirse en un síntoma social que merece algo más que una explicación de ocasión.

Según los datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), correspondientes al segundo trimestre de 2026, la desocupación en Mar del Plata alcanzó el 9,9%, frente al 6,3% registrado durante el mismo período del año anterior. Un aumento de 3,6 puntos porcentuales, equivalente a un crecimiento relativo cercano al 57%.

En ese mismo período, la desocupación promedio de los 31 aglomerados urbanos relevados fue del 7,9%. Mar del Plata ocupó el tercer lugar entre los centros urbanos con mayores dificultades laborales, detrás de Gran Rosario, con el 11,5%, y Gran Córdoba, con el 10,5%.

Traducido al idioma de quienes no desayunan porcentajes: más personas buscando trabajo, menos posibilidades de encontrarlo y una competencia creciente por cada vacante.

La ciudad de las playas, los hoteles, los teatros y los alfajores aparece así enfrentada a una realidad bastante menos dulce que sus tradicionales especialidades.

Pero sería injusto atribuirle a Mar del Plata la exclusividad de semejante espectáculo.

En Berazategui, una parrilla anunció quince vacantes y recibió más de mil postulantes. Algunos esperaron durante horas para conseguir una entrevista. En Moreno, miles de personas acudieron bajo la lluvia a una convocatoria del frigorífico Don Theo, que ofrecía apenas sesenta puestos de trabajo.

La geografía cambia. La necesidad permanece.

Y cuando miles de personas se presentan para disputar unas pocas decenas de empleos, resulta difícil sostener que se trata simplemente de ciudadanos poco dispuestos a trabajar.

Por el contrario, lo que sobra parece ser voluntad. Lo que falta son oportunidades.

Hay algo particularmente inquietante en esas imágenes: no muestran únicamente a jóvenes que buscan su primera oportunidad. También aparecen trabajadores despedidos, adultos con experiencia, personas mayores de sesenta años y ciudadanos que ya tienen una ocupación, pero necesitan otra porque el ingreso de la primera no alcanza.

La Argentina parece estar descubriendo una nueva categoría laboral: el ocupado que necesita seguir buscando trabajo para poder vivir.

Una verdadera innovación. Antes se buscaba empleo para dejar de estar desocupado. Ahora también se lo busca para complementar un salario que llega exhausto a mitad de mes.

Naturalmente, el Gobierno de Javier Milei tiene sus argumentos. Sostiene que la estabilidad económica, la reducción de trabas y la apertura de los mercados permitirán crear condiciones favorables para la inversión y el empleo. Es una posición legítima dentro del debate económico.

Pero existe una diferencia considerable entre anunciar las condiciones de una prosperidad futura y conseguir que esa prosperidad llegue a la mesa de una familia presente.

Los indicadores generales de la economía pueden mejorar mientras determinados sectores productivos continúan perdiendo actividad, algunas empresas reducen personal y numerosos trabajadores descubren que el mercado laboral no les ofrece alternativas suficientes.

Una economía no se juzga exclusivamente por la elegancia de sus balances. También por la capacidad de permitir que sus habitantes vivan dignamente de su trabajo.

Y conviene recordar algo que suele extraviarse entre discursos y estadísticas: la precariedad laboral argentina no nació con este Gobierno. Tiene una historia prolongada, responsabilidades compartidas y demasiados administradores que prometieron resolverla.

Lo que corresponde examinar ahora es si las políticas actuales están contribuyendo a reducirla o, por el contrario, agravando sus consecuencias.

Porque tampoco sería serio atribuirle al presidente la invención de todas las desgracias nacionales. Pero sería igualmente poco serio sostener que ninguna de las decisiones de su administración tiene relación con lo que sucede en las calles.

El empleo no se crea mediante discursos presidenciales, pero las decisiones económicas pueden favorecerlo, dificultarlo o destruir las condiciones necesarias para sostenerlo.

Y mientras los economistas discuten las virtudes del modelo, los argentinos siguen haciendo fila.

Hay otra cuestión que merece atención. Durante años, el trabajo informal, las actividades independientes y las aplicaciones de reparto fueron presentados, según las circunstancias, como soluciones, alternativas o expresiones de una nueva libertad laboral.

Para algunos lo fueron. Para otros significaron sencillamente la posibilidad de conseguir algún ingreso cuando desapareció el empleo tradicional.

Sin embargo, cuando demasiadas personas dependen de actividades precarias, la competencia aumenta, los ingresos se reducen y aquella libertad tan celebrada puede terminar convertida en la obligación de trabajar más horas para ganar menos dinero.

La libertad económica es un principio defendible. La necesidad de aceptar cualquier condición para sobrevivir, en cambio, difícilmente pueda presentarse como su expresión más gloriosa.

Y aquí aparece una ironía especialmente amarga.

Durante generaciones, Mar del Plata representó para millones de argentinos la recompensa del trabajo. La ciudad donde una familia podía disfrutar quince días de vacaciones después de once meses de esfuerzo. El destino de empleados, comerciantes, obreros, jubilados y pequeños empresarios que habían conseguido reservar algunos pesos para conocer el mar.

Hoy, en una de sus calles, centenares de personas hacen fila no para comenzar sus vacaciones, sino para intentar conseguir el salario que algún día quizá les permita tomarlas.

La Ciudad Feliz no perdió sus playas. Tampoco sus paseos, sus teatros ni el océano que continúa llegando puntualmente a la costa sin necesidad de consultar al Ministerio de Economía.

Lo que está en discusión es algo bastante más importante que su reputación turística: la posibilidad de que quienes viven allí encuentren un trabajo digno y una perspectiva razonable de futuro.

Una sociedad puede soportar sacrificios cuando comprende su finalidad y percibe resultados. Lo que resulta mucho más difícil es pedir paciencia indefinida a quienes llevan meses buscando empleo, mientras se les explica que las grandes cifras indican que todo marcha por el camino correcto.

Las estadísticas son indispensables. Pero no hacen la compra, no pagan el alquiler y tampoco esperan bajo la lluvia.

En definitiva, la verdadera medida del éxito económico no debería ser cuántas personas están dispuestas a formar una fila por setenta puestos de trabajo, sino cuántas oportunidades existen para que esas filas dejen de ser necesarias.

Porque cuando una ciudad conocida como La Feliz ofrece semejante espectáculo de necesidad, el problema no consiste en cambiarle el sobrenombre.

Consiste en preguntarse qué clase de felicidad estamos construyendo cuando para conseguir un trabajo hay que hacer centenares de metros de cola.

Y, sobre todo, quién tiene motivos para festejar mientras los demás esperan su número.

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Fuentes consultadas: INDEC, Encuesta Permanente de Hogares, segundo trimestre de 2026; Chequeado; Centro CEPA; 0223 Mar del Plata; Canal 8 Mar del Plata; La Nación y TN.

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