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EL ESCUDO DE LOS 72.000 MILLONES Y LA DELICADEZA DE ARRANCAR CABEZAS

Hay expresiones que uno espera escuchar en una tribuna de fútbol, en una película de gánsteres o durante una sobremesa que ha consumido más botellas que argumentos. Resulta algo menos habitual encontrarlas en boca de un ministro de Economía cuando explica cómo piensa administrar una eventual corrida cambiaria.

Luis Caputo eligió una particularmente gráfica: “Les vamos a arrancar la cabeza”.

No se refería, conviene aclararlo antes de que alguien llame a una ambulancia, a ninguna decapitación física. Hablaba de quienes pudieran apostar contra el peso ante un escenario electoral adverso para el Gobierno en 2027. El ministro recordó lo ocurrido en octubre del año anterior y aseguró que el equipo económico estará preparado para responder.

Hasta allí, debajo de la pirotecnia verbal, existe una lógica perfectamente comprensible.

Un ministro de Economía tiene la obligación de contemplar incluso aquello que considera improbable. Caputo asegura estar convencido de que Javier Milei ganará las elecciones de 2027, pero también reconoce que su deber consiste en prepararse para la hipótesis contraria. Eso no es pesimismo. Eso se llama hacer cuentas antes de que llegue la factura.

El problema comienza cuando la prudencia financiera se presenta envuelta en papel de combate.

Según las estimaciones difundidas, el Gobierno contabiliza un “escudo” cercano a los US$72.000 millones, compuesto por swaps, reservas acumuladas y capacidad potencial de intervención mediante futuros. Conviene detenerse aquí porque setenta y dos mil millones escritos todos juntos producen un efecto sedante extraordinario.

No significa que haya US$72.000 millones en una caja fuerte, prolijamente apilados y esperando que alguien abra la puerta.

Son instrumentos distintos, sujetos a condiciones diferentes, disponibilidades diferentes y costos diferentes. Un swap no es lo mismo que una reserva líquida; una capacidad potencial de intervención tampoco equivale a billetes disponibles para ser arrojados sobre el mercado. Sumarlos puede servir para describir capacidad defensiva. Confundirlos con efectivo disponible sería otra cosa.

Y aquí aparece una curiosidad deliciosa.

El Gobierno está convencido de que ganará. El ministro está convencido de que ganará. El mercado debería estar convencido de que ganará. Los inversores internacionales parecen convencidos de que el rumbo continuará.

Pero, por las dudas, están levantando una muralla de US$72.000 millones.

Eso no constituye necesariamente una contradicción. Puede constituir prudencia. Aunque cuando alguien instala siete cerraduras, tres alarmas y un perro en la puerta mientras explica que el barrio es absolutamente seguro, resulta inevitable mirar por la ventana.

Caputo agrega que “hay un montón de dólares que se vienen”. Magnífica noticia. Argentina posee una larga tradición de dólares que vienen, inversiones que vienen, cosechas que vienen, gasoductos que vienen, recuperaciones que vienen y segundos semestres que, con admirable disciplina, siempre parecen encontrarse unos kilómetros más adelante.

Esta vez existen fundamentos concretos que merecen ser observados: proyectos energéticos, minería, RIGI, infraestructura, crédito hipotecario y nuevas inversiones. Pero entre anunciar una inversión y verla producir dólares existe ese pequeño detalle que los economistas llaman tiempo y los ciudadanos llaman esperar.

El ministro también reconoció que la economía está creciendo a un ritmo menor y atribuyó parte de la desaceleración a factores externos, entre ellos las tasas internacionales y el shock petrolero. Al mismo tiempo, señaló señales de recuperación durante agosto y septiembre y ubicó un crecimiento posible entre el 2% y el 2,5%.

Perfecto.

Pero precisamente porque la economía es una ciencia bastante menos obediente que un discurso político, quizá resulte saludable conservar las dos fotografías sobre la mesa: la recuperación que el Gobierno espera y la desaceleración que el propio Gobierno reconoce.

Brasil agregó otra cucharada de pimienta.

Caputo celebró el resultado obtenido por Flávio Bolsonaro y consideró que una eventual presidencia suya podría mejorar el diálogo bilateral. Es razonable imaginar mayor afinidad ideológica entre gobiernos políticamente próximos. También hizo bien el ministro en recordar algo bastante más importante: la relación entre Argentina y Brasil es histórica, comercial e institucional y debe continuar gobierne quien gobierne.

Porque Brasil compra productos argentinos, no certificados de pureza ideológica.

Más llamativa resulta la reivindicación de la asistencia estadounidense durante las tensiones cambiarias de 2025, que Caputo definió prácticamente como una extraordinaria inversión geopolítica para Washington. Según su interpretación, Estados Unidos no solamente respaldó a Argentina: ganó dinero haciéndolo.

Si fue así, estupendo.

Finalmente hemos descubierto una modalidad revolucionaria de solidaridad internacional: ayudar al amigo y cobrar intereses.

Nada de todo esto invalida necesariamente la estrategia económica del Gobierno. Acumular reservas es sensato. Conseguir líneas de respaldo es sensato. Prepararse para una dolarización electoral de carteras es sensato. Buscar inversiones de largo plazo también lo es.

Precisamente por eso sorprende que una estrategia que pretende transmitir previsibilidad necesite ser explicada mediante amenazas de peluquería medieval.

Los mercados no tienen cabeza para arrancarles.

Tienen memoria, computadoras, algoritmos y una desagradable costumbre: cuando sienten miedo, aprietan el botón antes de escuchar el final del discurso.

Tal vez el desafío de 2027 no consista en demostrar quién puede arrancarle la cabeza a quién. Será bastante más difícil: conseguir que nadie tenga razones suficientes para salir corriendo a comprar dólares.

Si Caputo logra eso, podrá guardar intacto el escudo de los US$72.000 millones.

Y las cabezas también.

Sería, para todos, un excelente negocio.

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