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PANORAMA MENDOCINO

LA CORDILLERA DE LOS PRECIOS Y EL TRABAJO QUE TODAVÍA NO ALCANZA

Hay cordilleras que la geografía levantó hace millones de años y otras que los argentinos hemos conseguido construir con impuestos, costos, distorsiones, márgenes y esa extraordinaria capacidad nacional para convertir una etiqueta de precio en materia de investigación.

Durante el Cyber Monday chileno, un iPhone 17 de 256 GB aparece publicado en Falabella a 849.990 pesos chilenos. Con las cotizaciones utilizadas para la comparación, el aparato ronda los 851 dólares y equivaldría aproximadamente a 1,31 millones de pesos argentinos.

En Argentina, según el precio citado de Frávega, el mismo modelo aparece a $2.549.999.

$2.549.999 por un teléfono.

Hace no tantos años, si alguien decía que había pagado “dos millones y medio”, uno preguntaba inmediatamente:

—¿Cuántas habitaciones tiene?

Hoy la respuesta es:

—256 GB.

No hace falta convocar a una cumbre de economistas para advertir la diferencia. Entre ambos precios hay alrededor de 1,24 millones de pesos.

Prácticamente otro teléfono.

Naturalmente, una comparación de vidriera no explica por sí sola toda la formación de precios. Existen estructuras tributarias diferentes, costos comerciales, logística, importación, financiación, garantías y condiciones particulares de cada mercado. Y quien cruza a Chile para comprar tampoco debe olvidar las normas aduaneras aplicables al regreso.

Todo cierto.

Pero después de colocar las correspondientes notas al pie, acomodar las calculadoras y dejar descansar a los especialistas, permanece una pregunta bastante menos académica:

¿Por qué un consumidor argentino encuentra semejante diferencia apenas atravesando los Andes?

La tecnología funciona aquí solamente como termómetro. Podría ser un teléfono, una computadora, indumentaria o cualquier producto suficientemente internacional como para permitir una comparación razonable.

El aparato es el mismo.

La cordillera también.

Lo que cambia brutalmente es el ecosistema económico que rodea a la caja.

Y mientras una parte de Mendoza mira hacia Chile para descubrir cuánto cuesta comprar, otra pregunta bastante más importante comienza puertas adentro:

¿Cuánto vale trabajar?

El Informe Socioeconómico de la Región Cuyo 2010-2025, elaborado por Agustín Salvia y Valentina Ledda, del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la Universidad Católica Argentina, ofrece una fotografía con luces suficientes para evitar el pesimismo automático, pero con sombras demasiado grandes como para organizar un desfile.

Mendoza aparece mejor posicionada que San Juan y San Luis en varios indicadores laborales.

En 2025, el 37,1% de la población económicamente activa mayor de 18 años tenía empleo en el sector formal privado. En San Juan el porcentaje era del 29,9% y en San Luis, del 24,9%.

Es una ventaja.

Conviene decirlo.

Pero tampoco conviene contratar la banda municipal.

En Mendoza, el sector microinformal todavía representaba el 39,6% de los activos y el empleo precario alcanzaba al 43,8% de los ocupados.

Dicho sin corbata estadística: una provincia puede encabezar la tabla regional y, simultáneamente, tener a una porción enorme de sus trabajadores caminando sobre un piso laboral bastante movedizo.

Ahí aparece uno de los datos más interesantes del informe: pobreza y precariedad no necesariamente caminan tomadas de la mano.

En Cuyo, la pobreza monetaria descendió del 45,2% en 2024 al 28,4% en 2025. Sin embargo, durante el mismo período, el empleo precario aumentó del 44,6% al 45,7%.

Traducido del idioma estadístico al castellano de la vereda: puede mejorar el ingreso sin que mejore en la misma proporción la calidad del trabajo.

Y una cosa es respirar un poco mejor este mes.

Otra bastante distinta es saber si habrá oxígeno el próximo.

Mendoza presenta además un dato particularmente significativo. Según el estudio citado, los trabajadores pobres pasaron del 38,6% en 2024 al 16,5% en 2025.

La reducción es enorme y merece ser señalada sin mezquindades.

Pero tampoco alcanza para guardar el problema en un cajón y escribir “resuelto” en la etiqueta.

Trabajar no debería ser solamente una manera de abandonar una estadística de pobreza. Debería permitir construir previsibilidad.

Porque una familia no vive únicamente del ingreso de este mes.

Vive también de saber, razonablemente, si habrá ingreso el próximo; si podrá pagar el alquiler, reparar el automóvil, cambiar el lavarropas o, algún día de extravagancia económica, comprar aquel teléfono que cuesta lo que antes sonaba a vivienda.

Y allí comienza el verdadero examen para la anunciada recuperación productiva.

Mendoza posee una estructura privada formal relativamente más desarrollada que sus vecinas cuyanas y tiene ante sí posibilidades vinculadas con minería, energía, servicios y actividades tradicionales.

Las inversiones pueden cambiar el paisaje.

Pero los grandes anuncios económicos padecen una enfermedad bastante conocida: suelen llegar acompañados por cifras con muchos ceros, presentaciones impecables y fotografías con muchas sonrisas.

Bastante después descubrimos cuántos empleos permanentes quedaron realmente en el territorio.

Porque atraer capital es solamente el comienzo.

El desafío consiste en convertir capital en actividad local; actividad en empresas proveedoras; empresas en puestos de trabajo; puestos de trabajo en estabilidad; y estabilidad en familias capaces de planificar algo más lejano que el próximo vencimiento.

El propio estudio coloca el dedo donde corresponde al preguntarse si el modelo primario-exportador puede transformarse en trabajo de calidad y menor vulnerabilidad.

Esa es la discusión interesante.

Porque Cuyo reúne el 7,4% de la población argentina, pero aporta solamente el 5,6% del valor agregado nacional. Y existe otro dato todavía más incómodo: en 2024, la generación regional de valor agregado era un 16,7% inferior a la de 2010.

Quince años son suficientes para que la palabra “coyuntura” empiece a necesitar jubilación.

Mendoza puede mirar a San Juan y San Luis y comprobar que algunos de sus indicadores son mejores.

Perfecto.

Pero ganar el campeonato de los vecinos no significa necesariamente haber jugado un buen partido.

Quizá por eso las dos noticias —el iPhone chileno y el empleo mendocino— terminan hablando, aunque parezca extraño, del mismo asunto.

Hablan de productividad.

De competitividad.

De salarios.

De costos.

Y, finalmente, de capacidad de compra.

Un trabajador no necesita que le expliquen durante cuarenta minutos qué significa el poder adquisitivo. Lo descubre cuando llena el carrito del supermercado, paga una factura, necesita renovar un electrodoméstico o contempla que un teléfono, apenas del otro lado de los Andes, cuesta alrededor de la mitad.

La verdadera prosperidad no consiste en conseguir productos baratos mientras el empleo permanece precario.

Tampoco consiste en exhibir buenos porcentajes de ocupación si el salario obliga a mirar cada gasto con lupa.

Consiste en conseguir que producir, trabajar, cobrar y comprar vuelvan alguna vez a formar parte de la misma ecuación.

Mendoza tiene algunas cartas mejores que sus vecinos y una nueva ventana productiva que podría abrirse.

Ahora falta lo verdaderamente difícil.

Que cuando entren las inversiones por la puerta, el bienestar no vuelva a escaparse por la ventana.

Y que para comprar un teléfono nadie vuelva a preguntarnos cuántos dormitorios tiene.

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