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No cantar victoria antes de tiempo

Hay una vieja expresión inglesa que aconseja no sing victory too soon: no cantar victoria antes de tiempo. Es una de esas pequeñas piezas de sabiduría que la política suele conocer perfectamente y olvidar con extraordinaria facilidad.

Flávio Bolsonaro obtuvo una victoria importante en Brasil. Importantísima, incluso. Terminó primero con el 47,03% de los votos válidos frente al 45,16% de Luiz Inácio Lula da Silva. Contra buena parte de las previsiones, llegó delante y obligó al presidente brasileño a entrar al segundo turno desde una posición bastante menos confortable de la que imaginaba.

Hasta allí, los hechos.

Después comenzaron los fuegos artificiales.

Javier Milei celebró el resultado, felicitó a Flávio Bolsonaro y volvió a llamar a Lula “zurdo comunista”. Luego observó la reacción favorable de los mercados y agregó otra pincelada: “Zurdos empobrecedores, córranse del medio que estamos intentando darle brillo al continente”.

Es una frase formidable para las redes sociales. Tiene adversario, ideología, combate, épica y hasta lustre continental. Todo en pocas palabras.

El pequeño inconveniente es que Lula todavía no se corrió del medio.

El hombre obtuvo más de 53 millones de votos y dentro de veinte días volverá a presentarse ante los brasileños para intentar continuar sentado en el Palacio del Planalto. Podrá perder. Podrá ganar. Pero hasta el 25 de octubre sigue siendo uno de los dos candidatos con posibilidades reales de convertirse en el próximo presidente de Brasil.

Y la diferencia entre ambos no constituye precisamente un océano: menos de dos puntos porcentuales.

Los mercados, entretanto, hicieron lo suyo. Subieron acciones brasileñas, se fortaleció el real y algunos activos negociados fuera de Brasil registraron avances notables. Es un dato económico importante y sería absurdo ignorarlo.

Pero la Bolsa no es una urna.

Los mercados anticipan, descuentan, especulan, corrigen y, cuando corresponde, cambian de opinión con una velocidad que dejaría en ridículo al más flexible de los políticos. Que una jornada financiera celebre determinado resultado electoral dice mucho sobre las expectativas de los inversores. No dice quién será presidente dentro de tres semanas.

Aquí aparece además una cuestión que excede las simpatías ideológicas.

Argentina y Brasil no son dos parroquias vecinas que pueden permitirse discutir desde el campanario. Son los dos grandes socios del Mercosur, economías profundamente relacionadas y países cuyos presidentes —se quieran, se soporten o se detesten— están obligados a convivir.

Por eso resulta legítimo que Milei prefiera políticamente a Flávio Bolsonaro. Sería infantil pretender que un presidente carezca de afinidades ideológicas. Lo que merece otra consideración es transformar esa preferencia en una celebración anticipada acompañada de descalificaciones contra quien todavía gobierna el principal socio comercial regional de la Argentina.

Porque existe una posibilidad que la euforia nunca debería borrar del pizarrón: Lula puede ganar el 25 de octubre.

Y si eso ocurriera, el “zurdo comunista” al que hoy se invita a correrse del medio seguiría sentado frente al presidente argentino en las reuniones bilaterales, en el Mercosur, en el G20 y en cada negociación donde los intereses de Brasil y Argentina se crucen.

Sería entonces necesario guardar los adjetivos en algún cajón diplomático y comenzar nuevamente a hablar de comercio, industria automotriz, energía, inversiones, fronteras y relaciones regionales.

La política exterior posee esa incómoda costumbre: obliga a desayunar con personas a las que la noche anterior uno dedicó un lanzallamas.

Flávio Bolsonaro tiene razones de sobra para festejar. Llegó primero, superó expectativas y entra al balotaje fortalecido. Lula, por su parte, recibió un golpe que seguramente no esperaba y deberá conquistar votos que el domingo no fueron suyos.

Eso es política.

Lo demás es tribuna.

Quedan millones de electores, votos de candidatos eliminados, abstencionistas que podrían regresar, errores que todavía pueden cometerse, debates, alianzas, escándalos, promesas y veinte días larguísimos en un país de más de 200 millones de habitantes.

Veinte días en política alcanzan para muchas cosas.

Incluso para arrepentirse de un tuit.

Brasil habló el domingo, pero no pronunció todavía la última palabra.

Flávio Bolsonaro ganó una batalla electoral.

Lula sobrevivió para disputar la siguiente.

Los mercados hicieron sus apuestas.

Y Javier Milei ya levantó la copa.

Tal vez el 25 de octubre tenga motivos para beberla.

Tal vez no.

Por ahora, sería prudente dejar el champagne en la heladera.

Frío conserva mejor.

La política, también.

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