
Londres ha comenzado a mirar a Javier Milei con una curiosidad distinta. Ya no solamente como aquel presidente argentino que agitaba una motosierra, admiraba a Margaret Thatcher y prometía dinamitar buena parte de las costumbres económicas de su país. Ahora lo mira desde un lugar bastante más incómodo: el Atlántico Sur.
The Times formula la pregunta sin demasiados encajes de bolillos: ¿Milei está agitando nuevamente la cuestión Malvinas para mantenerse popular?
La pregunta es británica. Y conviene dejarlo claro desde el principio, porque en asuntos de soberanía hasta las comas llevan pasaporte.
El periódico londinense desarrolla tres hipótesis para explicar el endurecimiento del discurso argentino: una maniobra destinada a distraer de las dificultades internas; una reacción genuina frente a la explotación de recursos naturales alrededor de las islas; o una jugada internacional favorecida por la ambigüedad que Donald Trump ha introducido en la tradicional relación entre Washington y Londres.
Tres hipótesis. Ninguna sentencia.
Y allí comienza lo verdaderamente interesante.
Porque mientras Londres busca las intenciones de Milei debajo de la alfombra política argentina, sobre el mar hay algo bastante menos abstracto: petróleo.
El proyecto Sea Lion, impulsado por Navitas Petroleum y Rockhopper Exploration, contempla la explotación de hidrocarburos en la cuenca al norte de las islas. Para Londres y las autoridades isleñas se trata del aprovechamiento legítimo de recursos propios. Para Buenos Aires constituye explotación de recursos en un territorio cuya soberanía Argentina reclama.
Y cuando debajo de una disputa territorial aparece petróleo, hasta la diplomacia aprende rápidamente geología.
El Gobierno argentino pasó durante septiembre de las palabras a los expedientes. Anunció sanciones contra personas y empresas relacionadas con actividades hidrocarburíferas, presentó un proyecto para fortalecer los instrumentos jurídicos de defensa de los recursos y, finalmente, ordenó iniciar el procedimiento de arbitraje previsto por la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar respecto del proyecto Sea Lion.
Es decir: puede discutirse la oportunidad política elegida por Milei. Puede discutirse su cambio de tono. Puede preguntarse cuánto hay de convicción, cuánto de estrategia electoral y cuánto de política exterior. Lo que resulta más difícil es sostener que no existe un conflicto concreto sobre recursos económicos concretos.
The Times, naturalmente, mira también hacia Buenos Aires.
Recuerda las dificultades que atraviesa una parte de la población argentina pese a los resultados macroeconómicos que reconoce al Gobierno. Habla de salarios, endeudamiento familiar, transporte, tarifas y desgaste político. Y sobre esa mesa coloca la vieja pregunta que acompaña a casi todos los gobiernos cuando desempolvan una causa nacional en tiempos difíciles: ¿convicción o cortina?
No es una sospecha exclusivamente londinense.
Una encuesta de Management & Fit realizada después de la cadena nacional de Milei encontró que el 61,1 por ciento de los consultados atribuía su giro sobre Malvinas a “conveniencia política”, mientras que el 24,7 por ciento lo relacionaba con una convicción personal.
La encuesta mide percepciones. No abre la cabeza del Presidente para comprobar qué guarda dentro.
Pero The Times introduce además una comparación bastante más pesada: Alberto Fernández vinculó la situación política de Milei con la de Leopoldo Galtieri antes de la guerra de 1982.
La comparación pertenece a Fernández, no al periódico como afirmación histórica ni, mucho menos, como equivalencia entre ambos gobiernos.
Y la diferencia fundamental merece ser escrita con tinta gruesa: la Argentina de 2026 está utilizando instrumentos políticos, diplomáticos, administrativos y jurídicos. No está enviando una fuerza militar a ocupar las islas.
Confundir ambas cosas puede servir para fabricar un titular espectacular. Para comprender la situación, bastante menos.
Después aparece Donald Trump.
Y aquí el tablero se vuelve deliciosamente incómodo para Londres.
Milei mantiene una relación política estrecha con el presidente estadounidense. Al mismo tiempo, declaraciones y señales procedentes de Washington han introducido dudas sobre hasta dónde llegaría automáticamente el respaldo norteamericano al Reino Unido ante una eventual crisis relacionada con las islas.
Eso no significa que Estados Unidos haya reconocido la soberanía argentina sobre Malvinas.
No la ha reconocido.
Pero en diplomacia existe una diferencia considerable entre entregar un cheque y dejar el bolígrafo sobre la mesa.
Londres lo sabe.
Por eso quizás resulte tan interesante observar el lenguaje británico. El Gobierno del Reino Unido no concede espacio alguno en la cuestión de fondo: sostiene que las Falkland Islands son británicas, reivindica el derecho de autodeterminación de sus habitantes y afirma que corresponde a los isleños decidir sobre la explotación de sus recursos naturales.
Buenos Aires sostiene exactamente lo contrario en el punto esencial: considera que existe una disputa de soberanía pendiente y que ninguna explotación de los recursos del área puede realizarse legítimamente sin autorización argentina.
Dos posiciones que llevan décadas mirándose desde extremos opuestos de la mesa.
La novedad es el petróleo.
Durante años podía discutirse sobre mapas, resoluciones, antecedentes históricos, autodeterminación, integridad territorial y negociaciones diplomáticas.
Ahora existe algo que puede extraerse del subsuelo, cargarse en un barco y venderse.
Eso modifica inevitablemente el volumen de la conversación.
Y quizás allí esté el detalle que mejor explica por qué Milei, que nunca hizo de Malvinas el corazón de su identidad política y que incluso manifestó admiración por Margaret Thatcher, ha decidido colocar ahora la cuestión en primera fila.
Puede existir cálculo político.
Puede existir convicción.
Puede existir conveniencia electoral.
Y puede existir, sencillamente, la obligación de un Presidente argentino de reaccionar cuando comienza a aproximarse la explotación efectiva de recursos en un territorio cuya soberanía su país reclama constitucionalmente.
Una explicación no necesariamente elimina las otras.
The Times pregunta si Milei golpea el tambor de las Falklands para conservar popularidad.
Desde este lado del Atlántico podría formularse otra pregunta:
si debajo de aquellas aguas no hubiera petróleo, ¿estaría Londres escribiendo con tanta preocupación sobre Javier Milei?
Probablemente allí, entre una pregunta británica y otra argentina, esté escondida buena parte de la historia.
Porque las banderas despiertan pasiones.
Pero cuando debajo de la bandera aparece un barril de petróleo, las pasiones suelen aprender rápidamente a hacer cuentas.
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Fuentes consultadas: The Times, Londres — 1 de octubre de 2026.
Reuters — septiembre de 2026.
Gobierno de la República Argentina — comunicados oficiales de septiembre de 2026.
Gobierno del Reino Unido — Foreign, Commonwealth & Development Office.
Management & Fit — relevamiento nacional, septiembre de 2026.
