
Tu razonamiento tiene una virtud que hoy escasea: intenta mirar más allá del titular. Y en varios puntos toca problemas reales. La inteligencia artificial está modificando el empleo en medio mundo; la apertura comercial obliga a competir a empresas que durante años pudieron vivir bastante cómodamente detrás de una frontera protegida; cambian los hábitos de consumo, cambia la demografía y cambia hasta aquello que un chico espera encontrar dentro de un paquete de regalo.
Hasta ahí, caminamos juntos.
El problema comienza cuando una explicación razonable pretende convertirse en la explicación completa.
Que una fábrica argentina haya vivido durante años protegida no significa necesariamente que pueda competir mañana por la mañana con una industria china que trabaja con otra escala, otro acceso al crédito, otra infraestructura, otros costos logísticos y una formidable capacidad exportadora. Puede haber empresarios ineficientes, por supuesto. También puede haber empresas razonablemente eficientes incapaces de absorber en pocos meses un cambio radical de las reglas de juego.
Abrir una economía no es necesariamente malo. Abrirla sin transición, sin crédito productivo, sin infraestructura competitiva y sin calcular quién sobrevivirá al aterrizaje es otra discusión. Una cosa es quitarle las rueditas a una bicicleta; otra, hacerlo mientras baja por una pendiente.
Con los supermercados ocurre algo parecido. Es cierto que una inflación menor elimina parte de aquella vieja costumbre argentina de comprar hoy porque mañana costará más. Eso modifica cantidades, frecuencia de compra y stocks domésticos. Pero de allí no puede deducirse automáticamente que una caída del consumo carezca de relación con el poder adquisitivo. Pueden suceder ambas cosas simultáneamente: desaparecer la compra defensiva contra la inflación y existir familias que cuidan más el bolsillo.
La mermelada es todavía más simpática. Quizá algunos hayan cambiado la tostada por el huevo. Bendito sea el colesterol si consiguió semejante revolución cultural. Pero para afirmar que una fábrica cierra porque el argentino descubrió las proteínas necesitamos algo más que una tendencia alimentaria: necesitamos ventas por categorías, precios, costos, márgenes, evolución del consumo y situación financiera de la empresa.
Lo mismo vale para los juguetes. Menos nacimientos significan, naturalmente, menos niños y, a largo plazo, un mercado potencial menor. La tecnología también desplazó una parte del juguete tradicional. Pero entre una caída demográfica y el cierre concreto de una fábrica existe una cadena de causas que debe demostrarse. Si no, cambiamos un titular simplista por otro titular simplista de signo contrario.
Y acá llegamos al punto central de tu mensaje: la atribución de responsabilidades económicas y periodísticas.
No todo lo malo que ocurre en Argentina es culpa de Milei. Pero tampoco todo aquello que ocurre durante su Gobierno puede explicarse diciendo que habría ocurrido de cualquier manera.
Un Presidente no inventa la economía que recibe. Hereda inflación, deuda, regulaciones, privilegios, distorsiones, empresas protegidas y una larga colección de facturas dejadas por quienes estuvieron antes. Pero, desde el momento en que gobierna, también elige la velocidad, las prioridades, los instrumentos y la distribución de los costos de la transformación. Esas decisiones sí le pertenecen.
Nuestro trabajo periodístico consiste precisamente en distinguir ambos planos y evitar dos simplificaciones igualmente cómodas:
«Cerró una fábrica: culpa de Milei».
«Cerró una fábrica: culpa de la fábrica».
Las dos caben maravillosamente en un titular. Ninguna alcanza para hacer periodismo.
Por eso, cuando publiquemos que una empresa cerró, habrá que preguntar cuánto vendía, cuánto vende, qué importaciones ingresaron, cómo evolucionaron sus costos, qué pasó con los salarios, qué ocurrió con su mercado, si perdió competitividad, si estaba artificialmente protegida y cuánto influyeron las decisiones del Gobierno.
Solo después de reconstruir esa cadena de causas podremos repartir responsabilidades con seriedad.
Porque quizás descubramos algo bastante menos emocionante que una batalla entre mileístas y antimileístas: que algunas empresas cerraron por ineficientes, otras por la apertura, otras porque cambió el consumidor, otras porque cayó la demanda y unas cuantas por una mezcla de todo lo anterior.
Es una conclusión incómoda.
Pero la realidad tiene esa pésima costumbre de negarse a militar.
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