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Está tan bien escrito que parece cierto

La prensa argentina tiene pecados suficientes como para no necesitar que nadie los invente. Pero convertir sus errores, intereses y miserias en la prueba de una conspiración colectiva exige algo más que buena prosa. Sobre todo cuando quien denuncia a los fabricantes del relato está fabricando uno propio.

Hay textos peligrosos porque están mal escritos.

Y hay otros bastante más interesantes: aquellos que están tan bien escritos que uno termina aceptando la conclusión antes de preguntarse si fueron demostradas las premisas.

«El monopolio que se resquebraja» pertenece a esa segunda familia.

La tesis es atractiva y está expuesta con habilidad: casi toda la prensa argentina se habría alineado contra Javier Milei porque los resultados económicos comenzaron a quitarle argumentos. Ante la imposibilidad de discutir los datos, los medios habrían reemplazado el análisis por el escándalo. Y detrás de esa ofensiva existiría una razón todavía más profunda: el periodismo estaría defendiendo el antiguo privilegio de decidir qué debe pensar la sociedad.

Formidable.

Ahora faltan las pruebas.

Porque «casi toda la prensa argentina está contra Milei» es una frase poderosa. Lo que no sabemos es qué significa «casi toda», qué medios fueron examinados, durante qué período, con qué criterio se determinó que una crítica constituye una operación y, sobre todo, quién consiguió coordinar semejante ejército de diarios, radios, canales, portales, periodistas, columnistas y medios provinciales sin que apareciera siquiera el acta de la reunión.

Puede existir coincidencia crítica.

Lo que no puede hacerse es convertir automáticamente la coincidencia en conspiración.

El texto ofrece después una afirmación todavía más seductora: «los datos ya no les dan la razón».

Excelente noticia.

Veamos los datos.

Inflación, salarios, empleo, actividad industrial, pobreza, consumo, inversión, jubilaciones, reservas, deuda, riesgo país, cuentas públicas. Habrá números que favorezcan al Gobierno y otros que lo incomoden. Algunos demostrarán avances, otros retrocesos y varios necesitarán contexto para significar algo.

Eso es precisamente lo interesante.

Si los datos dan la razón al Gobierno, publíquense.

Si se la quitan, publíquense también.

Eso se llamaba periodismo antes de que descubriéramos que un gráfico podía tener ideología.

Naturalmente, tampoco corresponde presentar a la prensa argentina como una congregación de vírgenes vestales sorprendida injustamente por las críticas del poder.

Ha habido operaciones periodísticas.

Ha habido dependencia de la pauta oficial.

Ha habido empresarios de medios que confundieron información con negocios, periodistas que confundieron opinión con militancia y gobiernos de todos los colores que descubrieron las ventajas de una portada amistosa.

Ha habido silencios vergonzosos, exageraciones, errores y pronósticos que envejecieron antes que el diario que los imprimió.

Todo eso merece crítica.

Y justamente porque merece crítica no necesita caricatura.

Decir que «el periodismo» constituye una estructura parasitaria supone colocar en la misma bolsa al cronista que investiga, al empresario que negocia publicidad oficial, al fotógrafo que registra una manifestación, al conductor militante, al corresponsal de provincia y al reportero que pregunta aquello que ningún gobierno desea contestar.

Curiosamente, para denunciar que la prensa fabrica simplificaciones, hay que fabricar primero una llamada «la prensa».

Pero el argumento más interesante llega después.

Según la nota, durante años los medios instalaron agendas, fabricaron relatos, destruyeron reputaciones y administraron la percepción de los argentinos.

Puede ser.

La pregunta incómoda es por qué deberíamos suponer que esa capacidad desaparece cuando cambia de manos.

Porque romper la intermediación de los grandes medios no elimina la propaganda.

También puede democratizarla.

Hoy un presidente, un ministro, un periodista, un empresario, un militante y un ciudadano pueden hablar directamente con millones de personas. Es una transformación extraordinaria. Ha terminado con privilegios que efectivamente existían y ha abierto una conversación pública que ya no necesita pedir permiso a tres canales y cuatro diarios.

Magnífico.

Pero X no es el Oráculo de Delfos.

Un mensaje presidencial no se convierte en verdadero porque haya prescindido de un periodista para llegar hasta nosotros. Una cuenta con cientos de miles de seguidores no obtiene un certificado epistemológico por enfrentarse a Clarín, La Prensa, La Nación o cualquier otro medio.

Cambió el intermediario.

No cambió la obligación de demostrar.

Y aquí aparece la paradoja más sabrosa.

El texto acusa al periodismo de haber querido decidir durante décadas qué debían pensar los argentinos.

Pero luego nos propone que aceptemos que «los datos» favorecen al Gobierno sin mostrarlos, que «casi toda la prensa» conspira sin medirla y que el antiguo monopolio informativo ha sido sustituido por «la verdad».

Es decir: denuncia un relato construyendo otro.

La referencia a Network, la extraordinaria película de Sidney Lumet, agrega además una ironía involuntaria.

Howard Beale gritaba contra el sistema mientras el propio sistema descubría que su indignación daba audiencia.

Cincuenta años después podríamos preguntarnos quién ocupa su lugar.

¿El periodista indignado?

¿El político que convierte cada controversia en espectáculo?

¿El influencer que monetiza la furia?

¿El funcionario que pelea desde las redes?

Quizás el gran descubrimiento de nuestro tiempo sea que ya no necesitamos elegir.

Todos pueden tener su cámara.

Todos pueden tener su público.

Y todos pueden tener su relato.

Por eso el periodismo merece ser vigilado. Criticado. Desmentido cuando se equivoca. Señalado cuando opera. Y obligado a mostrar sus fuentes cuando pretende convertir una opinión en un hecho.

Exactamente lo mismo que corresponde exigirle al poder.

Porque existe una diferencia esencial que ninguna red social ha conseguido borrar: el periodista puede tener un micrófono, una cámara o una cuenta en X.

El Presidente, además, tiene el Estado.

El latín del texto original proclama con elegancia:

Monopolium fractum, veritas liberata.

Roto el monopolio, liberada la verdad.

Precioso.

Sólo falta una pequeña precaución.

Romper un monopolio puede liberar muchas voces. Puede liberar buenas investigaciones, propaganda, documentos, mentiras, denuncias verdaderas, rumores, ciudadanos, fanáticos, especialistas, oportunistas y algún que otro idiota con excelente conexión a internet.

Lo único que no libera automáticamente es la verdad.

La verdad sigue teniendo esa antigua y antipática costumbre de exigir pruebas.

Por eso «El monopolio que se resquebraja» está tan bien escrito que parece cierto.

Y quizá lo sea.

Pero entre parecer y ser existe todavía una pequeña distancia.

Se llama prueba.

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Fuentes consultadas: texto «El monopolio que se resquebraja»; Reporteros Sin Fronteras (RSF); Reuters; prensa argentina e internacional.

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