
Javier Milei volvió a referirse a periodistas desde su cuenta en X. Esta vez los llamó, dos veces en pocas líneas, «mierdas humanas». También atribuyó sus posiciones a un supuesto «bajo IQ». El motivo era económico: el Presidente celebraba el análisis de un académico que, según su interpretación, desmentía el panorama presentado por determinados comunicadores.
Hasta allí había una discusión perfectamente legítima esperando sobre la mesa.
¿Los periodistas exageraron? Demuéstrese.
¿Los datos utilizados eran incorrectos? Corríjanse.
¿El economista citado por Milei tiene razón? Escuchémoslo.
Para eso existe la discusión pública. Para eso existen los números, los documentos, las estadísticas y también el derecho a réplica.
Pero ninguna estadística económica necesita comenzar estableciendo que quien piensa diferente es una «mierda humana».
El problema tampoco consiste en escandalizarnos por una mala palabra. Las hemos escuchado todas y probablemente utilizado unas cuantas. El problema es quién habla, desde dónde habla y contra quién dirige sistemáticamente esas palabras.
Javier Milei no es un polemista sentado en la mesa de un café. Es el Presidente de la Nación Argentina. Sus palabras poseen una capacidad de amplificación que ningún periodista individual puede equiparar.
Y existe otra diferencia todavía más importante: el periodista puede equivocarse. Puede ser tendencioso. Puede incluso mentir, y cuando lo hace corresponde señalarlo, demostrarlo y exigirle responsabilidades. Pero precisamente por eso el Presidente dispone de una herramienta formidable: los hechos.
Si tiene razón, no necesita degradar al adversario.
Publica el dato.
Explica el cálculo.
Presenta la evidencia.
Y gana la discusión.
Cuando, en cambio, la respuesta abandona el argumento y convierte al discrepante en una categoría humana despreciable, ya no estamos discutiendo solamente economía. Estamos acostumbrándonos a otra cosa: a que la deshumanización del contradictor forme parte del vocabulario ordinario del poder.
Quizá por eso nuestra obligación profesional no sea devolver el insulto.
Es mucho más sencilla.
Guardar la captura. Conservar el enlace. Poner la fecha.
Y seguir trabajando.
Porque los gobiernos pasan.
Las hemerotecas quedan.
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