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Cuando informar era una revolución

La independencia argentina no solo necesitó ejércitos y proclamas. También necesitó palabras capaces de abandonar los salones, recorrer las calles y convertir al pueblo en protagonista de su propia historia.

Cuando los patriotas luchaban por la independencia argentina, lo verdaderamente revolucionario no estaba solamente en las ideas. También estaba en la posibilidad de escribirlas, imprimirlas y hacerlas circular.

Pensar en voz alta comenzaba a dejar de ser una extravagancia peligrosa para convertirse, lentamente, en un derecho. Y en una sociedad acostumbrada a recibir órdenes desde el púlpito, el palacio o el despacho virreinal, divulgar una idea podía ser casi tan subversivo como levantar una bandera.

Para comprender la magnitud de aquel cambio es necesario dar una ojeada al pasado. Durante siglos, el conocimiento fue un privilegio celosamente administrado. La Corona, las autoridades políticas y buena parte de las instituciones eclesiásticas decidían qué podía enseñarse, qué convenía callar y cuáles verdades estaban autorizadas para circular.

La evangelización de los pueblos originarios llevó consigo enseñanza, escritura y nuevas formas de organización, pero también impuso obediencias y destruyó o marginó conocimientos anteriores. Educar no siempre significaba enseñar a pensar libremente: con demasiada frecuencia significaba enseñar a aceptar.

No sorprende, por lo tanto, que la educación permaneciera durante tanto tiempo bajo el control de minorías religiosas, políticas y económicas. El saber no se ofrecía como un bien común: se custodiaba como una propiedad. Dentro de aquellos círculos se discutía, se escribía y se gobernaba. Fuera de ellos permanecía la mayoría.

Sin alfabetización no podía existir un verdadero diálogo público. Y sin lectores, el escritor escribía para unos pocos: generalmente para quienes podían encargar, financiar o proteger su obra. Los poderosos pagaban los libros y otros los leían. El pueblo, mientras tanto, aparecía mencionado en las páginas, pero rara vez podía abrirlas.

Así prosperaron salones literarios poblados por hombres ilustrados, algunos brillantes y otros simplemente satisfechos de escucharse. Hablaban con elegancia, aunque muchas veces en una lengua envejecida, distante de las plazas, los mercados y los caminos. Mientras Diderot, Voltaire y otros pensadores europeos utilizaban la palabra para sacudir el orden establecido, en estas tierras todavía se redactaba como si el Virreinato fuese eterno y el polvo una forma de autoridad.

En medio de aquella cultura reservada para iniciados apareció una herramienta diferente: el periodismo político. La Gazeta de Buenos Ayres, creada por la Primera Junta y orientada inicialmente por Mariano Moreno, llevó las discusiones del gobierno más allá de las puertas oficiales. No fue un periódico independiente en el sentido moderno —también era la voz de la revolución—, pero ayudó a transformar la palabra impresa en instrumento de participación pública.

Aquella prensa comprendió algo esencial: las ideas que permanecen encerradas en un despacho apenas decoran el poder; cuando llegan a la calle, pueden modificar la historia.

Ese debería continuar siendo el espíritu del periodismo: informar, escuchar, comprobar y dar voz. Hablar en el idioma de la gente sin rebajar el pensamiento; explicar sin pontificar; respetar los códigos profesionales, pero también aquellos códigos humanos que ningún manual consigue imponer.

El corresponsal no necesita instalar una silla en la Casa Rosada para comprender qué sucede en la Argentina. Puede advertirlo en la persiana de un negocio que no vuelve a levantarse, en los precios corregidos a mano, en la fila de un supermercado, en el vendedor ambulante, en el transporte público o en la manera en que una familia cuenta las monedas antes de llegar a la caja.

Los palacios anuncian medidas. La calle revela sus consecuencias.

Hoy la información viaja a una velocidad que Mariano Moreno difícilmente habría imaginado. Sin embargo, velocidad no significa comprensión, abundancia no garantiza conocimiento y repetir no equivale a informar.

Conviene, entonces, recordar tres verdades sencillas: sin público no hay periodismo; sin cultura no hay democracia; y sin el coraje necesario para contar lo que verdaderamente ocurre, el futuro termina redactado por quienes prefieren que nadie haga preguntas.

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