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Nueva York promete 2028; Mendoza pregunta por 2026

Nueva York y Mendoza están separadas por algo más que kilómetros.

Ante empresarios, banqueros e inversores reunidos en The Economic Club of New York, Javier Milei abrió su exposición con una afirmación destinada a no pasar inadvertida: si su Gobierno obtiene la reelección en 2027, 2028 será “el mejor año económico de la historia argentina”.

La frase contiene una peculiaridad que merece ser observada antes de discutirla: el paraíso anunciado viene con fecha y condición.

Primero, las urnas de 2027.

Después, 2028.

El Presidente sostuvo que las inversiones que ya avanzan en Vaca Muerta, minería y agroindustria se acelerarán y que nuevos sectores desembarcarán con fuerza en el país. Según su proyección, ese movimiento terminará reflejándose claramente en los salarios y consolidará el respaldo social al cambio de modelo económico impulsado por su Gobierno.

También desplegó una batería de cifras para describir la Argentina que presentó ante los inversores: crecimiento económico, reducción de la inflación, caída del riesgo país y disminución de la deuda pública consolidada neta.

El mensaje neoyorquino fue inequívoco: el sacrificio pertenece al tránsito; la prosperidad espera al final del camino.

El problema —o simplemente la incómoda costumbre que tienen las estadísticas de llegar sin invitación— es que mientras el Presidente hablaba del futuro, el presente también publicaba sus números.

Y no todos llevaban corbata.

En el primer semestre de 2026, la pobreza alcanzó al 36,9% de las personas en el Gran Mendoza, unas 395.000 personas. En la medición semestral anterior había sido del 31,9%.

Cinco puntos porcentuales más.

La indigencia tampoco acompañó la música de Manhattan: pasó del 5,5% al 7,3%, alcanzando aproximadamente a 78.000 personas.

El contraste merece cuidado porque sería demasiado sencillo —y también demasiado cómodo— utilizar un dato para borrar el otro.

Que aumente la pobreza en un aglomerado urbano no demuestra por sí mismo que todas las variables de una economía estén empeorando. Del mismo modo, que aumenten inversiones, disminuya la inflación o mejore una variable financiera tampoco significa automáticamente que esa mejoría haya llegado a la mesa de todos los hogares.

La macroeconomía y la heladera tienen relaciones diplomáticas bastante complicadas.

A veces firman acuerdos.

A veces ni siquiera se hablan.

Milei plantea que Argentina atraviesa una transición profunda. Incluso defendió el cierre de empresas que considera improductivas y atribuyó el aumento de la morosidad financiera a una expansión previa del crédito, asegurando que el propio mercado comenzó ya a normalizar la situación.

Es una explicación económica y política perfectamente identificable.

Pero enfrente existe otra realidad igualmente identificable: familias cuyos ingresos actuales no alcanzan para superar la línea estadística de pobreza.

No son dos Argentinas imaginarias.

Son la misma.

Una habla ante inversores sobre Vaca Muerta, minería, agroindustria, capitales y cadenas globales de valor.

La otra hace cuentas frente al supermercado.

El verdadero examen del programa económico probablemente no estará entonces en determinar quién ganó la discusión de esta semana, sino en comprobar si ambos mundos comienzan finalmente a encontrarse.

Porque las inversiones pueden necesitar años para madurar. Una mina no comienza a producir porque alguien corte una cinta. Vaca Muerta necesita infraestructura. Las empresas necesitan capital, mercados y previsibilidad. Y convertir crecimiento en mejores salarios tampoco ocurre mediante decreto.

Todo eso requiere tiempo.

Pero ahí aparece precisamente el hueso político de la cuestión.

El Gobierno pide que el presente sea evaluado también por el futuro que promete construir.

El ciudadano, mientras tanto, paga las cuentas en presente.

Por eso la frase pronunciada en Nueva York quizá tenga menos importancia como profecía que como compromiso verificable.

Llegará 2027.

Después, independientemente de quién gobierne, llegará también 2028.

Y entonces no harán falta discursos para saber si fue el mejor año económico de la historia argentina.

Bastará mirar los números.

Y, sobre todo, comprobar cuántos argentinos pudieron sentirlos sin necesidad de que nadie se los explicara.

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