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De $43.000 a $4,5 millones: cuando la declaración jurada empieza a hacer preguntas

Las declaraciones juradas tienen una virtud bastante incómoda: carecen de ideología. No aplauden gobiernos, no insultan opositores y tampoco necesitan levantar la voz. Simplemente colocan dos números sobre la mesa y permiten compararlos.

En el caso de María Belén Agudiez, ex subsecretaria de Planificación General de la Secretaría General de la Presidencia, esos números llaman la atención.

Al incorporarse a la administración pública declaró un patrimonio cercano a los $43.000: $8.861 depositados en cajas de ahorro y aproximadamente $35.000 en efectivo. En su declaración correspondiente al cierre de 2025 informó activos por alrededor de $4,5 millones. La comparación nominal arroja una multiplicación superior a cien veces del capital inicial —según el método de cálculo y redondeo empleado— en apenas dos años.

El dato, sin embargo, necesita una advertencia antes de transformarse en sentencia.

Un aumento patrimonial no constituye por sí mismo un delito, ni siquiera una irregularidad. Para determinar si existe enriquecimiento injustificado no alcanza con comparar la primera y la última casilla de una declaración jurada: hay que considerar ingresos, gastos, inflación, inversiones, movimientos financieros, deudas, bienes incorporados y cualquier otra variación patrimonial explicable.

Y la propia declaración aporta una pieza importante. Agudiez consignó ingresos anuales por aproximadamente $37,6 millones y gastos personales cercanos a $36 millones. También declaró unos $3,5 millones en efectivo, además de fondos comunes de inversión, dinero en plataformas de pago y una caja de ahorro en dólares.

La cuestión adquiere otra dimensión porque las cifras aparecen cuando Agudiez acaba de abandonar un área particularmente sensible del poder y mientras alrededor de la administración de la Quinta de Olivos se acumulan interrogantes.

Su salida se produjo en medio de una reorganización del personal civil de la residencia presidencial. Entre los desplazados también estuvo Osvaldo Sosa, administrador de Olivos y esposo de Analía Agudiez, hermana de la ex subsecretaria. Paralelamente, la diputada nacional Marcela Pagano presentó ante la Justicia federal una denuncia vinculada con compras de alimentos destinadas a dependencias presidenciales.

Aquí resulta indispensable colocar una línea gruesa.

Pagano denuncia; la Justicia investiga.

La legisladora sostiene que debe determinarse si alimentos adquiridos con fondos públicos pudieron haber sido desviados hacia un emprendimiento privado de catering denominado Pancitos Caseros, vinculado con personas del entorno familiar de Agudiez. La documentación conocida muestra relaciones entre algunos de los involucrados y actividades privadas de catering, pero esos elementos, por sí solos, no prueban que mercadería del Estado haya sido desviada.

La denuncia ya llegó a los tribunales. Según información publicada por La Nación, fue radicada ante el Juzgado Nacional en lo Criminal y Correccional Federal Nº 4. Desde la Casa Rosada, ante las acusaciones, la respuesta recogida por ese diario fue que la denuncia debía ser investigada por la Justicia.

Y allí probablemente esté el verdadero carozo de la historia.

No se trata de afirmar que alguien se enriqueció ilícitamente porque una cifra creció. Tampoco de suponer que una denuncia demuestra aquello que denuncia. Se trata de algo bastante más elemental: cuando una persona administra asuntos públicos, sus números también pasan a formar parte del interés público.

Para eso existen las declaraciones juradas patrimoniales. La Oficina Anticorrupción permite consultar las correspondientes a funcionarios del Poder Ejecutivo y mantiene disponibles los registros en formatos abiertos desde el año fiscal 2012. No son una decoración burocrática: constituyen una herramienta de transparencia destinada, precisamente, a permitir el control ciudadano.

Agudiez declaró sus bienes. Los números están allí.

Pagano formuló acusaciones. Ahora deberán ser probadas o descartadas.

Y la Justicia tiene un expediente que deberá recorrer su propio camino.

Entre una cosa y otra no corresponde construir culpabilidades por asociación. Pero tampoco sería razonable pedirle al periodismo que cierre los ojos porque todavía no existe una sentencia.

Los números están declarados. La denuncia está presentada. Las responsabilidades, si las hubiera, deberán probarse. Entre esas tres certezas queda un espacio que no necesita adjetivos: necesita respuestas.

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