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¿Puede Trump cambiar el rumbo de las elecciones en Brasil?

Brasilia, 16 de agosto de 2026
Brasil entra oficialmente en campaña y, como corresponde a una democracia de más de 200 millones de habitantes, debería discutir sobre Brasil. Economía, inflación, seguridad, empleo, salud, corrupción, calidad institucional y futuro. Sin embargo, un invitado que no figura en ninguna papeleta electoral ha conseguido instalarse en medio del escenario: Donald Trump.

El Presidente de Estados Unidos no ha pedido expresamente el voto para Flávio Bolsonaro. Tampoco necesitaba hacerlo. La cercanía política con el universo bolsonarista, las presiones de Washington vinculadas a la situación judicial de Jair Bolsonaro y, sobre todo, la utilización de los aranceles como instrumento de presión han convertido a la Casa Blanca en protagonista involuntaria —o quizá no tanto— de las elecciones brasileñas.

La pregunta es si semejante intervención ayuda a la derecha brasileña o termina regalándole a Lula una bandera que ningún estratega electoral despreciaría: la soberanía nacional.

Porque una cosa es criticar a Lula desde São Paulo, Brasilia o Porto Alegre, y otra muy distinta es hacerlo desde Washington acompañando la crítica con la factura de la aduana. Cuando el debate doméstico se transforma en una pulseada entre Brasil y una potencia extranjera, hasta un presidente desgastado puede descubrir repentinamente las ventajas políticas de envolverse en la bandera.

Y Lula sabe hacerlo.

No estamos precisamente ante un recién llegado al oficio. El actual presidente carga con una larga historia política, una fuerte resistencia electoral y también con un pasado judicial imposible de borrar mediante un simple cambio de página. Fue condenado por corrupción; aquellas condenas fueron posteriormente anuladas por cuestiones procesales y de competencia judicial. Ahora, además, una investigación que alcanza a uno de sus hijos amenaza con proporcionarle munición a la oposición.

Pero tampoco enfrente existe una candidatura libre de equipaje.

Flávio Bolsonaro lleva uno de los apellidos más poderosos y al mismo tiempo más divisivos de Brasil. Su padre, Jair Bolsonaro, continúa siendo capaz de movilizar multitudes, pero su situación judicial convierte esa herencia política en espada y mochila simultáneamente. Flávio necesita los votos del bolsonarismo sin quedar prisionero de él; necesita mostrarse continuador ante los fieles y diferente ante los moderados.

Una acrobacia electoral que requiere bastante más que equilibrio.

Las encuestas explican por qué cada gesto cuenta. Lula continúa encabezando la carrera, pero su ventaja se ha reducido. La última medición de Quaest sitúa un hipotético segundo turno en 43% contra 40% para Flávio Bolsonaro: tres puntos que, considerando el margen de error, describen una elección abierta y mucho menos cómoda para el oficialismo de lo que podía suponerse meses atrás.

Y aquí aparece la paradoja Trump.

Los aranceles estadounidenses pueden ocasionarle problemas reales a la economía brasileña. Pueden perjudicar exportadores, complicar inversiones y alimentar incertidumbre. Pero una medida económicamente perjudicial para un gobierno no necesariamente resulta políticamente perjudicial para ese gobierno.

A veces ocurre exactamente lo contrario.

Cuanto más pueda Lula presentar el conflicto como “Brasil contra una presión extranjera”, menos tendrá que defender su administración y más podrá presentarse como defensor de la Nación. El Partido de los Trabajadores ya encontró la consigna: de un lado, según su relato, estaría un Brasil soberano; del otro, uno dispuesto a someterse a intereses externos.

Es propaganda electoral, naturalmente. Pero la buena propaganda no necesita ser enteramente cierta: necesita encontrar una emoción verdadera donde instalarse.

Y pocas emociones resultan políticamente más eficaces que el orgullo nacional.

Aquí reside el riesgo para Trump y para quienes en el bolsonarismo hayan imaginado que una ayudita desde Washington podía inclinar la cancha. En política exterior, como en ciertas reuniones familiares, hay apoyos que conviene recibir discretamente. Cuando el padrino llega con trompetas, sanciones y aranceles, puede terminar haciendo campaña para el adversario.

Javier Milei ya manifestó públicamente su cercanía con Flávio Bolsonaro durante su visita a São Paulo. Benjamin Netanyahu también le hizo llegar un mensaje de respaldo. Son fotografías políticamente útiles para un sector del electorado brasileño, pero difícilmente suficientes para conquistar ese enorme territorio que decide las elecciones: quienes no desean fervorosamente ni a Lula ni a Bolsonaro.

Y allí estará probablemente la verdadera batalla.

Brasil llega a octubre con dos polos que conservan una formidable capacidad de movilización y, al mismo tiempo, niveles extraordinariamente altos de rechazo. Millones de brasileños no estarán eligiendo solamente a quién quieren como presidente. Estarán decidiendo a quién desean menos.

Por eso Trump puede modificar el rumbo de la elección brasileña. Tiene poder económico suficiente, influencia diplomática y una capacidad incomparable para ocupar titulares. Lo que no tiene —y convendría que alguien se lo recordara— es control sobre la dirección en que se mueve el voto cuando presiona.

Estados Unidos puede subir un arancel con una firma.

Puede retirar una visa.

Puede lanzar una amenaza.

Puede abrazar políticamente a un candidato.

Pero existe una pequeña incomodidad llamada urna.

Y cuando el brasileño entre al cuarto oscuro el próximo octubre, Donald Trump podrá haber hecho muchísimo ruido desde Washington.

El voto, sin embargo, seguirá hablando portugués.

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