Press "Enter" to skip to content

Mendoza, una ciudad en busca de nuevo impulso

Volver a una ciudad después de algunos años tiene algo de encuentro con un viejo amigo. Uno reconoce inmediatamente la voz, los gestos, las pequeñas costumbres. Pero también descubre arrugas que antes no estaban.

Regresé a Mendoza y la sensación fue agridulce. Encontré una ciudad que quiero, naturalmente, pero también una capital más descuidada de lo que recordaba, con sectores del centro detenidos en el tiempo, cierta suciedad, propiedades con escaso mantenimiento y pocos estímulos capaces de seducir al visitante que llega esperando encontrarse, en pleno corazón urbano, con la famosa Tierra del Sol y del Buen Vino.

No sería justo, sin embargo, atribuir todo a una administración municipal, a una crisis económica o al simple paso de los años. Hay algo bastante más profundo ocurriendo alrededor de Mendoza: cambió la sociedad y, con ella, cambió el mapa de sus deseos.

Durante buena parte del siglo XX, vivir cerca del centro era una aspiración. La ciudad significaba proximidad, actividad, comercio, servicios, colegios, oficinas. Tener una buena casa en una zona céntrica constituía, además, una señal de progreso social. Hoy una parte importante de las generaciones más jóvenes parece haber invertido aquella ecuación.

La casa que antes debía estar cerca de todo ahora debe tener aire, verde, tranquilidad y, si el bolsillo acompaña, seguridad. El automóvil redujo las distancias; las autopistas modificaron los tiempos y la conectividad digital terminó de alterar una regla centenaria: para trabajar en la ciudad ya no siempre hace falta vivir en ella.

Así fueron creciendo Chacras de Coria, Vistalba, Maipú y buena parte del sur del Gran Mendoza. Barrios privados, viviendas nuevas, jardines, espacios comunes, seguridad y buenos accesos comenzaron a atraer especialmente a familias jóvenes y sectores medios y altos que encontraron allí una forma de vida más cercana a sus nuevas preferencias.

No se trata simplemente de una mudanza. Cuando se desplaza una población también se desplazan sus consumos, inversiones, restaurantes, comercios, colegios, servicios y proyectos. Y, poco a poco, el centro pierde algo mucho más difícil de recuperar que habitantes: pierde impulso.

Quedan entonces algunas casas que fueron de los padres o de los abuelos. Propiedades grandes para las necesidades actuales, costosas de mantener y, en ocasiones, difíciles de vender o reciclar. Algunas envejecen junto con sus propietarios; otras permanecen cerradas. Y cuando muchas pequeñas decadencias privadas coinciden en pocas manzanas, terminan convirtiéndose en una decadencia urbana perfectamente visible.

A ello se suma una realidad social imposible de disimular. La vulnerabilidad económica se ha hecho más evidente en las calles y también resulta más visible la presencia de personas sin techo. Sería demasiado cómodo juzgar esa postal sin recordar que detrás de cada persiana cerrada, cada fachada deteriorada y cada persona que duerme en la calle existe una Argentina económicamente castigada que lleva años administrando urgencias.

Por eso tampoco conviene idealizar la migración hacia los nuevos barrios. El deseo de naturaleza, espacio y tranquilidad puede ser generacional; la posibilidad de comprar el terreno, construir la casa y mantener dos automóviles sigue dependiendo de la billetera. La sociología propone; la economía dispone.

El fenómeno plantea, sin embargo, una pregunta importante para el futuro: ¿qué hacer con el centro?

Porque una ciudad no puede obligar a sus hijos a regresar a la casa de la abuela. Pero sí puede ofrecerles razones para volver a caminar por sus calles, sentarse en sus cafés, abrir allí un negocio, restaurar una vivienda, instalar una oficina, disfrutar una plaza o encontrar algo que no puedan obtener detrás de las paredes de un barrio privado.

Mendoza posee una ventaja formidable. No necesita inventarse una identidad. Ya la tiene. Tiene una arquitectura urbana singular, acequias que cuentan su historia, calles arboladas que constituyen un patrimonio extraordinario, gastronomía, cultura y una industria vitivinícola cuyo prestigio lleva el nombre de la provincia por el mundo.

Quizás el desafío consista precisamente en reconciliar esas dos Mendozas: la ciudad tradicional que necesita recuperar brillo y el nuevo Gran Mendoza que busca naturaleza, espacio y otra calidad de vida. No combatir una transformación que probablemente sea irreversible, sino comprenderla y aprovecharla.

Viví en Mendoza entre 2013 y 2015. Regresé brevemente en 2023 y he vuelto ahora. Tal vez por eso la mirada sea inevitablemente personal. Uno compara no solamente edificios y calles: compara recuerdos.

Y duele un poco encontrar más cansada una ciudad querida.

Pero Mendoza conoce bien los ciclos. La vid parece muerta durante el invierno y nadie sensato concluye por ello que se terminó el vino.

Tal vez al centro mendocino le esté llegando la hora de una buena poda.

Daniel Nasrala
Ex Cadete LMGE – XXV


© 2026 SalaStampa.eu, world press service – All Rights Reserved – Guzzo Photos & Graphic Publications – Registro Editori e Stampatori n. 1441 Turin, Italy

* 15 *