
Buenos Aires, Argentina
Los gobiernos suelen atribuir sus dificultades a la economía, a la oposición, a la herencia recibida o, en los tiempos modernos, a la comunicación. La administración de Javier Milei eligió esta última explicación para justificar la creciente sensación de una gestión que perdió el ritmo que exhibía en sus primeros meses.
La aprobación en el Senado de la Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada dejó algo más que una victoria legislativa. También expuso un mecanismo que empieza a repetirse: proyectos que nacen con ambición, atraviesan sucesivas modificaciones, eliminan los capítulos más conflictivos y finalmente llegan al recinto bastante distintos de aquellos que el Poder Ejecutivo imaginó al redactarlos.
En la Casa Rosada sostienen que el verdadero problema no fue el contenido de la iniciativa sino la incapacidad para explicarla. Algunos legisladores oficialistas admiten que la discusión terminó desordenándose entre mensajes contradictorios y vocerías poco coordinadas, hasta el punto de que la opinión pública dejó de debatir la protección de la propiedad privada para concentrarse casi exclusivamente en la polémica por la venta de tierras.
La explicación resulta razonable… la primera vez. Cuando el mismo diagnóstico comienza a repetirse frente a distintos episodios, aparece una pregunta inevitable: ¿el inconveniente es realmente la comunicación o existe una dificultad previa en la construcción política de las decisiones?
La salida de Manuel Adorni, el reordenamiento del Gabinete y la llegada de Adrián Ravier como vocero presidencial no parecen haber logrado recomponer una narrativa oficial consistente. Incluso dentro de La Libertad Avanza aparecen voces que reconocen cierta pérdida de coordinación y admiten que el Gobierno necesita recuperar la iniciativa antes de que el calendario electoral reduzca aún más su margen de maniobra.
No es casual que dentro del propio oficialismo algunos recuerden con nostalgia la primera etapa de la gestión. Aquellos meses estaban marcados por una velocidad que sorprendía incluso a los adversarios políticos. Hoy esa dinámica parece haber sido reemplazada por una sucesión de correcciones, aclaraciones y rectificaciones que consumen tiempo, energía y capital político.
La política rara vez premia la improvisación prolongada. Puede tolerar errores; incluso puede perdonar derrotas parlamentarias. Lo que difícilmente perdone es la sensación de que cada paso depende más de la coyuntura que de una estrategia previamente diseñada.
Mientras tanto, el oficialismo intenta acelerar nuevas reformas, ordenar las conversaciones electorales y recuperar la centralidad de la agenda pública. Sin embargo, cuanto más se acerca el proceso electoral, menor será el margen para experimentar. En política, el tiempo perdido casi nunca se recupera con discursos.
El reciente ascenso de Diego Santilli a la conducción de la Jefatura de Gabinete tampoco parece haber producido, al menos por ahora, el cambio de velocidad que esperaban los sectores más optimistas del oficialismo. Desde la propia coalición insisten en que el Gobierno atraviesa un buen momento, aunque reconocen que la percepción social describe un escenario bastante menos favorable.
Quizá allí resida la principal enseñanza de este episodio. La comunicación puede mejorar un mensaje; difícilmente pueda reemplazar una estrategia. Los voceros ordenan palabras, pero no corrigen improvisaciones. Cuando las decisiones cambian de dirección con demasiada frecuencia, el problema deja de estar en el micrófono y comienza a aparecer sobre la mesa donde se toman las decisiones.
Porque gobernar sin explicar genera incertidumbre. Pero explicar, una y otra vez, por qué hubo que corregir el rumbo transmite una sensación todavía más delicada: la de avanzar improvisando y caminando sin un mapa.
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