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La disolución de un mito imperial

Hace medio siglo, el rosa imperial dominaba los mapas y parecía no tener fin. Hoy, aquel sarampión cartográfico es apenas una rareza histórica. El Imperio Británico no fue abatido por la violencia ni corroído por la decadencia: se transformó. La descolonización avanzó como un proceso administrativo de gran escala, metódico, a veces elegante, casi siempre irreversible.

Las grandes posesiones “blancas” mutaron en dominios; el imperio, en Commonwealth. Luego vino la ola decisiva: en el período de posguerra, veintiséis colonias de Asia, África y el Caribe accedieron a la independencia. Setecientos millones de personas dejaron de ser súbditos. El mundo cambió sin estruendo, pero con efectos duraderos.

El ritmo fue tan veloz que confundió a diplomáticos y profesores por igual. Países nuevos, nombres nuevos, mapas que envejecían en meses. África ofreció el ejemplo más claro: Bechuanalandia se volvió Botsuana; Basutolandia, Lesoto; Nyassa, Malawi. La geografía política se reescribía mientras la tinta aún estaba fresca.

De aquel imperio planetario quedan restos dispersos y desiguales. Algunas islas, promontorios rocosos, enclaves estratégicos y una vastedad helada sin población: la Antártida. Hong Kong fue, durante un tiempo, la excepción urbana y demográfica; el último gran recuerdo de una dominación que ya no tenía ambición expansiva.

Las cifras son elocuentes. A las antiguas colonias se les concedió la soberanía; a Londres le quedaron dependencias con apenas ocho millones de habitantes, muchas de ellas inviables por sí mismas. La independencia redujo gastos, pero no los eliminó. Mantener estos fragmentos del pasado sigue siendo oneroso, económica y políticamente.

El debate sobre los beneficios del imperio permanece abierto. Para algunos, fue motor de riqueza; para otros, un negocio de minorías privilegiadas. Lo cierto es que la revolución industrial no dependió de las colonias, y que hoy la ayuda a pequeños territorios aislados es más una carga que una inversión.

Whitehall lo admite sin dramatismo: son gastos irrecuperables. Por eso se ensayan fórmulas intermedias —asociaciones, autonomías tuteladas— que postergan decisiones definitivas. Pero esas acrobacias constitucionales tienen límites claros.

El futuro no ofrece misterio. La Corona Imperial ya no existe como proyecto ni como añoranza. Inglaterra no la llora: la archivó. Cerró una etapa de su historia con pragmatismo y siguió adelante, consciente de que el poder, como los mapas, también cambia de color.

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