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Paris no compra discursos

Javier Milei llega a París con una valija bastante más pesada que la presidencial.

Adentro lleva Vaca Muerta, litio, cobre, agroindustria, energía nuclear, inteligencia artificial, pesca, alimentos y una palabra que la Argentina pronuncia desde hace décadas con particular entusiasmo: inversiones.

La Argentina Week reunirá funcionarios, gobernadores y empresarios argentinos con ejecutivos franceses y europeos. El escenario tampoco fue elegido al azar. La jornada principal tendrá lugar en el Château de la Muette, sede de la OCDE, uno de esos lugares donde las declaraciones pueden ser elegantes, pero las calculadoras suelen permanecer encendidas.

Milei tendrá allí la oportunidad de presentar su transformación económica ante un público diferente del doméstico. En París no habrá una plaza militante ni un estudio de televisión. Habrá inversores acostumbrados a escuchar gobiernos que aseguran haber descubierto el camino hacia la prosperidad.

Y ahí comienza la verdadera Argentina Week.

Porque el país tiene qué vender.

Posee una de las grandes reservas mundiales de recursos energéticos, enormes posibilidades mineras, capacidad agroindustrial, conocimiento tecnológico, industria nuclear y recursos humanos que desde hace décadas demuestran su valor dentro y fuera de las fronteras.

El problema argentino nunca fue exclusivamente la falta de riqueza.

Fue conseguir que la riqueza sobreviviera a la Argentina.

Un yacimiento puede durar medio siglo. Una mina puede exigir inversiones durante décadas. Una planta industrial no se desmonta un viernes porque el lunes cambió el ministro. El capital que desembarca para semejantes proyectos no pregunta solamente cuánto petróleo hay debajo de Neuquén o cuánto cobre duerme en la cordillera.

Pregunta algo bastante menos fotogénico: qué reglas encontrará dentro de diez años.

Por eso resulta especialmente interesante que en París se hable también de seguridad jurídica, arbitraje internacional y condiciones institucionales para inversiones de largo plazo.

Allí está probablemente la letra pequeña de toda esta gran vidriera.

El Gobierno mostrará desregulación, equilibrio macroeconómico y apertura como credenciales de una Argentina diferente. Los empresarios harán lo que corresponde a los empresarios: mirar números, costos, impuestos, infraestructura, legislación laboral, estabilidad normativa, acceso a divisas, posibilidades de exportación y riesgos políticos.

No es romanticismo.

Es dinero.

Y el dinero internacional tiene una característica que suele irritar a los gobiernos de cualquier color: carece de sentimientos patrióticos.

No invierte porque un presidente pronuncie un buen discurso, ni deja de invertir porque otro tenga malos modales. Invierte cuando encuentra rentabilidad suficiente y considera razonablemente protegido aquello que pone sobre la mesa.

En ese sentido, la presencia de gobernadores argentinos tiene un valor particular.

Petróleo, gas, litio, cobre y buena parte de los recursos que Argentina pretende ofrecer al mundo tienen domicilio provincial. París verá así una fotografía poco frecuente de nuestro país: Nación y provincias sentadas ante los mismos potenciales inversores intentando explicar que, detrás de las diferencias políticas, existe un negocio posible.

Después llegará Emmanuel Macron.

La reunión en el Palacio del Elíseo añadirá a la semana empresarial su inevitable dimensión política. Francia no es solamente un mercado europeo. Es una potencia industrial, nuclear, energética, tecnológica y agrícola; precisamente varios de los terrenos sobre los cuales Argentina quiere construir su nueva carta de presentación.

Y finalmente aparecerá otro ingrediente muy argentino: el premio.

El Paris Economic Forum anunció una distinción para Javier Milei. Será seguramente una fotografía celebrada por el Gobierno y discutida por sus adversarios.

Pero los premios ocupan una vitrina.

Las inversiones construyen fábricas, perforan pozos, levantan plantas, compran maquinaria y pagan salarios.

Conviene no confundir ambas cosas.

La Argentina Week puede convertirse en una excelente vidriera internacional. Incluso puede abrir puertas que durante años permanecieron cerradas o apenas entornadas.

Pero una vidriera, por hermosa que sea, no constituye todavía una venta.

Milei llevará a París el catálogo de una Argentina extraordinariamente rica en recursos y posibilidades.

Europa pondrá los anteojos.

Mirará el petróleo, el gas, el cobre, el litio, los alimentos y la tecnología.

Después buscará la letra pequeña.

Y allí, precisamente allí, comenzará el examen verdaderamente importante.

Porque conseguir que el mundo mire a la Argentina no es difícil.

Lo difícil es conseguir que, después de mirar, confíe.

Y todavía más difícil: que esa confianza dure veinte años.

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