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El Palacio del Doctor Rothschild

Hay edificios que sirven para celebrar reuniones y edificios que, si pudieran hablar, obligarían a suspenderlas durante media hora para escucharlos.

El Château de la Muette, en París, pertenece decididamente a la segunda categoría.

Allí se desarrollará una de las jornadas centrales de la Argentina Week, con Javier Milei, gobernadores, ministros, empresarios y grandes compañías internacionales hablando de inversiones, energía, minería, petróleo, comercio y ese animal siempre buscado y pocas veces domesticado que se llama capital.

Pero mucho antes de que llegaran las carpetas, las presentaciones digitales y los discursos sobre oportunidades de negocios, hubo allí un hombre llamado Henri James Nathaniel Charles de Rothschild.

Y conviene detenerse un momento en él.

Nacido en París en 1872 y descendiente de la rama inglesa de una de las familias financieras más famosas de Europa, Henri de Rothschild podía haberse limitado perfectamente a administrar apellido, fortuna y buenas alfombras. No lo hizo.

Estudió medicina y obtuvo el doctorado en 1898. Se interesó especialmente por la medicina infantil, publicó numerosos trabajos científicos, impulsó establecimientos sanitarios y desarrolló iniciativas de salud pública. Su relación con la medicina no fue el capricho decorativo de un millonario con guardapolvo: publicó más de un centenar de trabajos y realizó aportes concretos en pediatría y salud pública.

También puso dinero donde otros suelen poner discursos.

En 1919 su fundación comprometió financiación para las investigaciones sobre el tratamiento del cáncer que desarrollaban Marie Curie y Claudius Regaud. Henri de Rothschild participaría luego en el primer consejo de la Fondation Curie. Una dotación suya permitió además construir el dispensario inaugurado en 1922.

No está mal para alguien cuyo apellido suele despertar inmediatamente imágenes de bancos, salones y balances.

Pero Henri tenía todavía otras vidas disponibles.

Escribía teatro bajo seudónimo —entre ellos André Pascal— y llegó a producir decenas de obras. Fue empresario teatral, amante de los automóviles cuando conducirlos todavía era una aventura mecánica, y un personaje de aquella burguesía europea que podía pasar del laboratorio al escenario y del hospital al volante sin pedir autorización al departamento de Recursos Humanos.

Y tenía, naturalmente, dinero.

Mucho.

En 1921 y 1922 hizo construir su nueva residencia parisina junto al Bois de Boulogne. El arquitecto Lucien Hesse levantó para él el actual Château de la Muette, inspirado en el gran lenguaje residencial francés del siglo XVIII. Henri se instaló allí en 1922.

El detalle delicioso es que hasta la dirección terminó conservando una parte de su doble vida: la rue André Pascal, sobre la cual se abre la cour d’honneur del palacio, lleva el nombre de uno de los seudónimos literarios de Rothschild.

El millonario había conseguido una pequeña hazaña: dejar su nombre escondiéndolo.

Después llegó la Historia, que tiene la desagradable costumbre de entrar en los palacios sin llamar.

Durante la Segunda Guerra Mundial, La Muette fue ocupada por la Kriegsmarine alemana. Tras la liberación de París pasó por manos militares aliadas. Y pocos años después, aquel palacio concebido como residencia privada terminó convertido en escenario de la reconstrucción económica europea: en 1949 se instaló allí la Organización Europea de Cooperación Económica, creada en el contexto del Plan Marshall. En 1961 aquella organización se transformaría en la OCDE, que mantiene allí su sede.

La parábola es magnífica.

Un Rothschild construyó una casa para vivir.

Los alemanes la utilizaron para la guerra.

Los aliados pasaron por ella después de la liberación.

Europa la convirtió en oficina de cooperación económica.

Y ahora la Argentina llega hasta sus salones para hablar de inversiones.

Javier Milei pronunciará allí uno de los discursos centrales de la Argentina Week. Habrá gobernadores, funcionarios y dirigentes de algunas de las mayores empresas internacionales. Después vendrán reuniones, números, promesas, fotografías y probablemente varios kilómetros de declaraciones sobre las oportunidades argentinas.

Todo eso pertenece al presente.

Pero mientras las delegaciones atraviesen los salones de La Muette convendría recordar, aunque sea durante unos segundos, al caballero que encargó aquellas paredes hace más de cien años.

Henri James de Rothschild nació dentro de una fortuna formidable, pero no parece haber considerado que heredársela fuera suficiente currículum.

Estudió medicina.

Financió hospitales.

Ayudó a sostener investigaciones contra el cáncer.

Escribió teatro.

Corrió automóviles.

Construyó un palacio.

Y dejó que el siglo hiciera con él lo que los siglos suelen hacer con las propiedades de los hombres ricos: cambiarles el destino.

Quizás haya allí una pequeña ironía para la Argentina Week.

En esos salones se hablará mucho de capital.

Pero quien los construyó dejó una enseñanza bastante más interesante:

tener dinero puede abrir muchas puertas.

La cuestión verdaderamente difícil es decidir qué hacer después de atravesarlas.

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Fuentes consultadas: OECD — historia del Château de la Muette; The Rothschild Archive; Musée Curie; Bibliothèque nationale de France / Musée Curie.

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