
El domingo 30 de agosto, Federico Sturzenegger escribió en La Nación que el crecimiento argentino es “mucho más parejo de lo que parece”. Defendió los números de actividad y empleo y recordó que, pese a la reducción de empleadores registrados, la economía había incorporado puestos de trabajo.
Veinticuatro horas después, la Agencia Noticias Argentinas informó que Granja Tres Arroyos suspendió “hasta nuevo aviso” la actividad de su planta de Capitán Sarmiento.
No corresponde hacer demagogia con la coincidencia.
Granja Tres Arroyos arrastra una crisis financiera considerable, con un pasivo informado de 350,9 millones de dólares, antecedentes de suspensiones, cierres y despidos y un proceso preventivo de crisis iniciado a fines de 2024. Sería intelectualmente deshonesto cargar toda esa historia sobre la política económica de los últimos meses.
Pero sería igualmente equivocado mirar únicamente el tablero macroeconómico y olvidar lo que ocurre detrás de la puerta de una fábrica.
Sturzenegger sostiene que entre diciembre de 2023 y mayo de 2026 desaparecieron casi 32.000 empleadores registrados, aunque relativiza el dato señalando que alrededor de 22.000 tenían apenas uno o dos trabajadores. Puede existir una explicación estadística perfectamente atendible.
Para quien pierde el empleo, sin embargo, el establecimiento que cierra siempre tiene exactamente el mismo tamaño:
uno. El suyo.
Los buenos números deben publicarse. Los malos, también. El crecimiento debe reconocerse cuando existe y las crisis empresariales deben analizarse sin convertir cada persiana baja en una catástrofe nacional.
Eso significa mirar más allá del ruido.
Pero hacia los dos lados.
Porque la economía necesita estadísticas para ser comprendida.
Y puertas abiertas para ser vivida.
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