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La alumna que le corrigió la tarea al profesor

La política tiene una curiosa costumbre: quienes llegan prometiendo dinamitar el sistema suelen descubrir, tarde o temprano, que las instituciones tienen la desagradable manía de sobrevivir a los explosivos. Esta semana, Javier Milei volvió a comprobarlo cuando intentó retirar el pliego de la jueza Verónica Michelli y encontró una resistencia inesperada dentro de su propio espacio.

La protagonista del episodio fue Victoria Villarruel. La vicepresidenta recibió a Michelli en el Senado y dejó en claro que no piensa convertirse en una escribanía de la Casa Rosada. El mensaje fue sencillo: si un pliego reúne las firmas necesarias y cuenta con respaldo institucional, el Senado tiene la obligación de tratarlo.

La escena posee una carga simbólica difícil de ignorar. Mientras el Presidente exige alineamiento absoluto y disciplina de cuartel, su propia compañera de fórmula eligió recordar que la división de poderes no es una sugerencia decorativa sino una regla básica del juego republicano.

La reunión con Michelli duró menos de una hora. Sin embargo, el ruido político fue suficiente para recorrer todos los despachos oficiales. En un gobierno donde cualquier matiz suele interpretarse como traición, el simple acto de escuchar a una candidata cuestionada por la Casa Rosada adquirió dimensiones de desafío.

La tensión se agravó por el movimiento de Patricia Bullrich, que ofreció poner a disposición su jefatura de bloque al informar que no bloquearía el tratamiento del pliego. El episodio volvió a exponer una realidad incómoda para el oficialismo: la obediencia absoluta es un recurso atractivo en los discursos, pero bastante más difícil de conseguir cuando aparecen intereses políticos propios.

La relación entre Milei y Villarruel acumula capítulos suficientes para llenar una pequeña biblioteca. Desde actos oficiales compartidos con evidente incomodidad hasta exclusiones públicas que ya ni siquiera se intentan disimular, la convivencia entre ambos parece haberse transformado en una larga competencia de resistencia.

El episodio del Tedeum del 25 de Mayo, cuando Villarruel quedó fuera de la actividad presidencial, profundizó una grieta que ya no necesita intérpretes. Las diferencias dejaron de ser rumores de pasillo para convertirse en hechos visibles incluso para quienes observan la política desde lejos.

La vicepresidenta aprovechó además sus recientes apariciones públicas para remarcar una distancia de estilo. Mientras Milei convierte la confrontación en método de gobierno, ella insiste en reivindicar el respeto institucional y la convivencia política. No necesariamente porque sean amigas las partes enfrentadas, sino porque alguien debe recordar que la democracia funciona precisamente cuando se respetan las reglas para quienes no nos gustan.

Tal vez allí resida la verdadera incomodidad del episodio. No fue una rebelión, ni una ruptura, ni una conspiración palaciega. Fue algo mucho más perturbador para una cultura política acostumbrada a los personalismos: una funcionaria recordando que las instituciones existen para limitar el poder de todos, incluso el del Presidente. Y en tiempos de liderazgos musculosos, a veces una simple regla escrita puede resultar más fuerte que un grito.



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