
Argentina
“Con una Justicia seria, independiente y rápida, todo será posible; sin ella, nada lo será”.
La frase no es una consigna ni un recurso literario: es el eje de la advertencia de Enrique Guillermo Avogadro. Y conviene tomarla en su sentido más literal, porque allí está el corazón del problema argentino.
Su reflexión no apunta a un gobierno en particular, sino a una enfermedad estructural. La degradación en los mecanismos de selección de jueces y fiscales no es un episodio aislado, sino parte de una continuidad que atraviesa décadas. Cambian los nombres, persiste la lógica.
Cuando Avogadro habla del “chiquero maloliente” no lo hace como exageración retórica, sino como descripción de un sistema donde el mérito puede ser desplazado por conveniencias políticas. Y en ese punto, la discusión deja de ser técnica para volverse institucional.
El riesgo no es solo quién entra al sistema, sino cómo entra. Porque un juez designado bajo criterios opacos arrastra, desde el origen, una sospecha que condiciona todo su recorrido. No se trata de prejuzgar personas, sino de cuestionar procesos.
La advertencia también se proyecta hacia la economía. Sin seguridad jurídica, la inversión —grande o pequeña— se retrae. No por ideología, sino por simple lógica de supervivencia. Nadie arriesga en un terreno donde las reglas pueden cambiar según el viento político.
Avogadro suma otro elemento incómodo: los fallos que benefician a figuras del poder, actuales o pasadas, terminan consolidando la percepción de una justicia selectiva. Y cuando la ley parece aplicarse de manera desigual, pierde su autoridad moral.
También hay una señal preocupante en la relación con la prensa. Limitar o desacreditar el trabajo periodístico no corrige los desvíos del sistema; por el contrario, los vuelve menos visibles. Y lo que no se ve, suele crecer.
Ahora bien, su análisis no es ingenuo. Reconoce, con crudeza, que la debilidad de la oposición le otorga al oficialismo un margen político inesperado. Pero ese margen no corrige el problema de fondo: solo lo posterga.
Por eso su texto no es una crítica coyuntural, sino una advertencia de largo alcance. Una de esas que Argentina ha sabido escuchar… y también ignorar.
Al final, la idea es tan simple como incómoda: sin justicia confiable, no hay reforma que perdure. Todo lo demás —discursos, planes, promesas— queda suspendido en el aire.
✍️ Desde este rincón de palabras que también tienen historia,
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Lectura recomendada: Enrique Guillermo Avogadro
