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La mala educación como política de Estado

Argentina
Ser grosero no es simplemente decir una palabra fuera de lugar. Es, en esencia, un quiebre. Una ruptura con las normas básicas de convivencia, con ese pacto silencioso que permite que una sociedad funcione sin necesidad de gritarse constantemente.

La mala educación no es espontánea: es una elección. Y cuando esa elección se instala en la cúspide del poder, deja de ser anecdótica para transformarse en pedagógica.

Porque el lenguaje no solo describe la realidad: la construye.

En los últimos años —y particularmente desde el período de la pandemia— se ha observado un deterioro progresivo del tejido social. La distancia, el miedo y la incertidumbre abrieron la puerta a una forma de interacción más áspera, más cargada de irritación y menos tolerante al disenso.

La furia se volvió cotidiana. La agresividad, justificable. Y la grosería, casi un recurso expresivo legítimo.

Sin embargo, terminada la emergencia sanitaria, algo no volvió a su lugar.

El tono permaneció.

Y en ese terreno fértil, el discurso público comenzó a deslizarse peligrosamente hacia una lógica de confrontación permanente, donde el insulto reemplaza al argumento y la descalificación sustituye al debate.

Cuando quien gobierna adopta ese registro, no solo comunica: modela.

El Presidente Javier Milei ha hecho de la provocación un estilo. Sus intervenciones, muchas veces cargadas de expresiones abruptas, buscan impacto inmediato, pero dejan un residuo profundo: la normalización del agravio como herramienta política.

No se trata aquí de sensibilidad ni de corrección política. Se trata de responsabilidad institucional.

Porque el poder amplifica.

Y lo que desde un ciudadano común podría ser un exabrupto aislado, en boca de un jefe de Estado se convierte en señal. En permiso. En precedente.

La grosería, entendida como comportamiento comunicativo competitivo, no construye autoridad: la erosiona. Desestabiliza las relaciones sociales, deteriora la confianza y transforma el espacio público en un campo de fricción constante.

Gobernar no es gritar más fuerte.

Es ordenar el ruido.

Una sociedad puede tolerar tensiones, crisis e incluso errores. Lo que difícilmente resiste es la pérdida sostenida de formas, porque en esas formas —aparentemente menores— se esconde el respeto que mantiene unida a la comunidad.

Cuando la educación retrocede, la política deja de ser conducción y se convierte en espectáculo.

Y en ese escenario, el aplauso puede ser inmediato… pero el costo siempre es diferido.

✍️ ElCanillita


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