
El escritor imaginó una patria construida por el deber, la memoria y la dignidad colectiva. Sesenta años después, la Argentina parece debatirse entre subsidios emocionales, fanatismos de ocasión y dirigentes que confunden Nación con escenario.
Jorge Luis Borges escribió en 1966 que “nadie es la patria, pero todos lo somos”. Una frase limpia, severa y luminosa, nacida en un país que todavía discutía ideas antes que algoritmos electorales. Borges veía la patria como un acto perpetuo, una responsabilidad compartida y silenciosa. No como una tribuna de insultos, ni como una oficina de marketing político.
Probablemente hoy releería aquellos versos con cierta tristeza elegante. Tal vez descubriría que la patria dejó de ser “la gloriosa carga” de ciudadanos responsables para convertirse, demasiadas veces, en una disputa de facciones, subsidios morales y consignas de ocasión. Una tierra donde algunos veneran líderes como estampitas y otros administran decadencia con sonrisa protocolar.
Borges desconfiaba de los nacionalismos gritados. Sabía que la verdadera patria no se lleva en la garganta sino en la conducta. Y acaso por eso, frente a esta Argentina fatigada de relatos, donde la memoria se alquila por temporada y la indignación dura menos que una tendencia en redes, el viejo escritor cambiaría una coma… o quizá todo el poema.
Porque cuando la patria deja de ser un deber y pasa a ser apenas una excusa, hasta los espejos terminan empañándose. Y Borges, que entendía de laberintos, reconocería enseguida que algunos países no se pierden de golpe: se extravían lentamente, entre aplausos, eslóganes y ventanillas.
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