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El triunfo que celebra y la incomodidad que asoma

Argentina celebró, con razón, un fallo que evita un golpe financiero de proporciones históricas. La decisión de la Cámara de Apelaciones de Nueva York, que revoca la sentencia de la jueza Loretta Preska, desactiva una condena de 18.000 millones de dólares y devuelve aire a una economía que no estaba en condiciones de resistir semejante impacto.

El Gobierno, encabezado por Javier Milei, capitalizó el resultado con un mensaje claro: se evitó una catástrofe heredada. El discurso oficial no ahorró calificativos ni enemigos, apuntando directamente a Cristina Fernández de Kirchner y Axel Kicillof como responsables políticos de aquel origen.

Hasta ahí, el libreto esperado.

Pero lo interesante no está en la celebración, sino en lo que ocurre en paralelo: empiezan a aparecer fisuras en el coro que, hasta hace poco, acompañaba sin matices. Y cuando esas fisuras provienen de voces que no eran opositoras, el fenómeno deja de ser anecdótico.

El texto reciente de Enrique Guillermo Avogadro es, en ese sentido, más revelador por lo que insinúa que por lo que declara. Parte de un reconocimiento objetivo —el triunfo judicial— pero rápidamente deriva en una incomodidad creciente frente al funcionamiento interno del Gobierno.

No es una crítica frontal. Es algo más sutil —y, por eso mismo, más significativo—: una desilusión.

Cuando un analista que hasta hace poco sostenía expectativas comienza a hablar de “papelones”, de “fusibles inservibles” o de riesgos políticos derivados de la propia narrativa moral del oficialismo, ya no estamos ante una oposición clásica. Estamos ante un termómetro que empieza a marcar otra temperatura.

El episodio de la conferencia de Manuel Adorni, mencionado con dureza, no es central por sí mismo. Es, más bien, un síntoma: la dificultad del Gobierno para sostener coherencia entre discurso y práctica en un terreno —el moral— que eligió como bandera.

Y ahí aparece el verdadero problema.

Porque el éxito económico, si se consolida —superávit fiscal, recuperación del PBI, señales de actividad— puede sostenerse en el tiempo. Pero la legitimidad narrativa, una vez erosionada, es mucho más difícil de recomponer. No alcanza con ganar juicios si se pierde credibilidad en el día a día.

La crítica más profunda, sin embargo, no está en lo económico ni en lo comunicacional, sino en lo político de fondo: la expectativa de decisiones estructurales que no llegan. La “desilusión” señalada no es técnica; es ideológica. Es la distancia entre lo prometido y lo ejecutado.

Y cuando esa distancia empieza a ser señalada desde adentro del ecosistema que acompañó el cambio, el fenómeno adquiere otra dimensión.

En paralelo, el contexto internacional —con un escenario energético y geopolítico cada vez más inestable— agrega presión. El margen de error se reduce. Ya no hay tiempo para inconsistencias internas cuando el entorno externo se vuelve más hostil.

Por eso, este no es solo un momento de celebración.

Es también un punto de inflexión silencioso: el instante en que algunos comienzan a ajustar la mirada, no por convicción ideológica opuesta, sino por contacto con la realidad.

Y en política, cuando los propios empiezan a recalcular, el problema ya no es el adversario.

Es el espejo.

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