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El Golpe$Ito


Ilustración original ©️ 2026 Guzzo Photos & Graphic Publications – All rights reserved

Javier Milei volvió a desempolvar una de las palabras favoritas del manual latinoamericano del dramatismo político: golpe. Esta vez no habló de tanques, ni de cuarteles, ni de militares levantando banderas en Plaza de Mayo. Habló de periodistas, empresarios, opositores y medios de comunicación. Todos, según su relato, habrían intentado derribar su programa económico después del triunfo oficialista en la Ciudad de Buenos Aires.

La escena tiene algo de tragicomedia financiera. Un Presidente que llegó prometiendo destruir el Banco Central, cerrar sus puertas y “volarlo por el aire”, hoy se apoya en la misma institución para evitar que la economía termine de descarrilar. El serrucho libertario sigue levantado para la foto, pero el andamio continúa sostenido por aquello que juraba odiar.

Milei insiste en que la inflación es “el robo más grande de la historia” y que la emisión monetaria representa una estafa moral. Sin embargo, la arquitectura económica de su gobierno todavía gira alrededor del control monetario, las tasas, la absorción de pesos y la intervención indirecta del propio Banco Central. Es decir: el paciente sigue conectado al respirador que el médico prometió desenchufar.

El Presidente describe la crisis inflacionaria como consecuencia de conspiraciones políticas y mediáticas. Según su versión, fueron “los medios”, “el Congreso” y empresarios incómodos quienes provocaron la caída de bonos, el salto del riesgo país y la aceleración de precios. Curiosa explicación para un gobierno que se define como campeón de la libertad de mercado, salvo cuando el mercado decide asustarse.

La inflación, sin embargo, no suele leer editoriales ni mirar televisión por streaming. Tampoco se conmueve demasiado con discursos épicos sobre héroes monetarios. Reacciona frente a expectativas, consumo, salarios deteriorados, deuda, incertidumbre y confianza. Y la confianza, precisamente, no se construye acusando de golpista a cualquiera que formule una crítica.

En ese contexto, el relato oficial empieza a mostrar una paradoja incómoda: cuanto más se promete libertad absoluta, más dependencia aparece del aparato estatal que se decía combatir. El Banco Central continúa allí, las regulaciones sobreviven disfrazadas y el mercado laboral sigue sin reaccionar al ritmo triunfalista que declama la Casa Rosada.

Milei reconoce incluso que la economía “se frenó en seco”, que los salarios reales cayeron y que la gente siente frustración. Pero inmediatamente reaparece el libreto de la conspiración permanente, como si toda dificultad económica necesitara obligatoriamente un villano externo. A veces pareciera que el Gobierno combate menos contra la inflación que contra la idea de admitir límites.

Mientras tanto, el ciudadano común asiste a una discusión casi surrealista. Le dicen que el Banco Central es perverso, pero indispensable. Que el ajuste es virtuoso, pero doloroso. Que todo mejora, aunque el bolsillo no lo note. Y que cuando aparecen preguntas incómodas, no se trata de debate democrático sino de intentos destituyentes.

En la Argentina de 2026, el verdadero “Golpe$Ito” quizá no venga de los medios ni de la oposición. Tal vez consista en otra cosa: transformar cada desacuerdo en conspiración y cada dificultad económica en una batalla épica contra enemigos imaginarios. Porque cuando un gobierno necesita explicar toda turbulencia como sabotaje, el problema ya no siempre está afuera del Banco Central. A veces empieza dentro del propio relato.

🖋️ © El Ajustador del Relato  | 2026 – derechos reservados


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