
Hay vasos que se llenan gota a gota. No por un gran acontecimiento, sino por la perseverancia del goteo.
El presidente Javier Milei lleva tiempo manteniendo una relación de abierta confrontación con buena parte del periodismo argentino. Critica, acusa, descalifica y responde. Está en su derecho de discutir una información, señalar una falsedad, denunciar una operación e incluso considerar pésimo a un periodista. Ser Presidente no obliga a repartir certificados de buena conducta entre quienes sostienen un micrófono.
Pero esta vez apareció algo diferente.
La Justicia de Formosa condenó a cuatro integrantes del equipo de Hambre de Futuro —Micaela Urdinez, Lautaro Guillamondegui, Joaquín Rajadel y Javier Corbalán— a cinco días de arresto, sustituibles por una multa de $282.550 para cada uno. La causa nació de una cobertura realizada en septiembre de 2025 en la comunidad San José, en Las Lomitas. El fallo sostuvo que habían desarrollado su actividad sin autorización previa y sin el carnet requerido para ejercer el periodismo.
ADEPA calificó ese criterio de preocupante e inadmisible. FOPEA también rechazó la sentencia y advirtió sobre la criminalización de la actividad informativa. No estamos, por lo tanto, solamente ante el lamento del medio afectado: dos organizaciones representativas del periodismo argentino han planteado públicamente objeciones al fallo.
Y entonces llegó el Presidente.
Milei respondió con un “TIRO POR LA CULATA”, volvió a utilizar la expresión “basuras inmundas con micrófono” y acusó a periodistas de hacerles el juego a corruptos y golpistas.
Aquí comienza el problema verdaderamente interesante.
Porque el Gobierno nacional ha convertido durante años a Formosa y al prolongadísimo gobierno de Gildo Insfrán en uno de los ejemplos utilizados para cuestionar la concentración del poder provincial. Sin embargo, cuando una resolución de la Justicia formoseña castiga a periodistas de un medio con el cual el Presidente mantiene una relación beligerante, la reacción presidencial no fue la prudencia, ni el silencio, ni siquiera el clásico “es una cuestión judicial”.
Fue celebración.
La contradicción tiene una salsa difícil de disimular.
Si un sistema político es cuestionable cuando perjudica a los propios, no se vuelve virtuoso cuando alcanza a los adversarios. Y si una herramienta estatal resulta peligrosa cuando la empuña el enemigo, tampoco se transforma en cucharita de postre cuando golpea a alguien que nos cae antipático.
Ése es el punto.
No hace falta canonizar periodistas. Los periodistas se equivocan, exageran, editorializan, tienen intereses, preferencias y, algunas veces, hacen trabajos lamentables. También existen medios excelentes, mediocres y malos. Como existen políticos excelentes, mediocres y malos.
La libertad de prensa nunca fue inventada para proteger solamente al periodista que nos gusta.
Sirve precisamente para proteger la posibilidad de preguntar, investigar, filmar y publicar cuando aquello que se cuenta resulta incómodo para alguien que posee poder.
Y tampoco significa que un periodista esté por encima de la ley. Si durante una cobertura se comete un delito, se viola legítimamente un ámbito protegido o se vulneran derechos de terceros, existen mecanismos legales para determinar responsabilidades. La discusión en este caso es otra: si puede condicionarse el ejercicio mismo de la actividad periodística a una autorización administrativa o una credencial estatal, cuestión que ADEPA y FOPEA han objetado expresamente en relación con esta sentencia.
Por eso el episodio supera ampliamente a LN+, a Formosa y hasta a los cuatro profesionales sancionados.
Un Presidente no es un usuario más de X.
Sus palabras llevan adherida la autoridad del Estado. Puede combatir una noticia con datos, una acusación con documentos y una mentira con pruebas. Incluso puede utilizar ironía: nadie le exige gobernar convertido en estatua de mármol.
Pero celebrar que periodistas reciban una condena mientras se los insulta desde la cúspide del poder introduce una cuestión bastante más seria que otra pelea de redes sociales.
Hoy puede tratarse de un medio antipático para unos.
Mañana será otro.
Y pasado mañana, quizás, alguno que hoy aplaude.
Ahí reside la vieja trampa de festejar cuando la maquinaria cae sobre el vecino: olvidar que las máquinas no tienen memoria, afectos ni camiseta.
Cuando se colma el vaso, la última gota casi nunca parece la más grande.
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