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Patricia… ¿será siempre Patricia?

Hay definiciones políticas que necesitan tres páginas, dos encuestas y un consultor. Otras caben en tres palabras.

“Patricia es Patricia”.

La frase salió del propio oficialismo para explicar —o acaso para quitar dramatismo— a los últimos movimientos de Patricia Bullrich. Y tiene una virtud extraordinaria: puede significar casi cualquier cosa. Que protesta pero se queda. Que discrepa pero acompaña. Que levanta la voz pero no la carpa. Que conserva identidad propia dentro de La Libertad Avanza. O, simplemente, que nadie termina de saber dónde estará cuando llegue la próxima curva.

Esta vez la diferencia apareció alrededor de uno de esos asuntos en los que la política debería caminar con zapatos de plomo: discapacidad. Bullrich cuestionó modificaciones incorporadas al Presupuesto 2027 y sostuvo que no habían sido discutidas previamente en la mesa política. El episodio produjo cruces internos y obligó al Gobierno a reunir nuevamente ese ámbito para ordenar posiciones.

No es un detalle menor. Bullrich no ocupa una banca silenciosa al fondo del Senado: conduce el bloque oficialista y participa de la arquitectura política que debe transformar los proyectos del Ejecutivo en votos parlamentarios. Cuando quien debe negociar una ley dice públicamente que desconocía parte de lo que debía defender o negociar, el problema excede la susceptibilidad personal.

Después llegó la medicina habitual de la política: reunión, fotografías, explicaciones y puertas cerradas. Desde la Casa Rosada se transmitió que las diferencias debían discutirse internamente y que Bullrich seguía siendo una figura fundamental para el Gobierno.

Hasta aquí, nada demuestra una ruptura.

Conviene subrayarlo porque entre un desacuerdo y un divorcio político existe una distancia considerable, aunque en Buenos Aires a veces se recorra antes del desayuno. Bullrich continúa dentro de La Libertad Avanza y sus críticas recientes no equivalen, por sí mismas, a la construcción de una alternativa electoral.

Pero tampoco nació ayer.

Su biografía política atravesó organizaciones, alianzas y espacios diferentes; acompañó proyectos, discutió conducciones, compitió por liderazgos y volvió a acomodar su posición cuando consideró agotado un ciclo. Eso no demuestra qué hará mañana. Sí explica por qué cada movimiento suyo provoca más atención que el de un legislador disciplinado que sólo pregunta dónde debe sentarse.

Ahí aparece el verdadero problema para el oficialismo.

La cuestión no consiste únicamente en saber si Patricia Bullrich se irá. Consiste en comprender por qué algunos dentro de La Libertad Avanza consideran necesario asegurarse de que no lo haga. Cuando una coalición piensa ya en 2027, cada dirigente con votos propios, experiencia electoral y capacidad de interlocución adquiere un valor que las declaraciones de unidad no siempre consiguen disimular.

Además, Bullrich conserva una peculiaridad: llegó al universo libertario con equipaje propio. Había ganado una interna presidencial y encabezado otra fuerza antes de incorporarse al proyecto de Javier Milei. Cerca del oficialismo reconocen precisamente esa condición al explicar sus márgenes de autonomía.

Por eso quizá resulte excesivamente sencillo describirla como una soldado de La Libertad Avanza.

Los soldados reciben órdenes.

Los aliados negocian.

Y los dirigentes con historia propia suelen hacer algo todavía más incómodo: recuerdan que están allí porque decidieron estar.

La discusión sobre una eventual candidatura vicepresidencial en 2027 pertenece, por ahora, al terreno de las posibilidades políticas y no de los hechos consumados. Convertirla en certeza sería escribir el diario antes de que sucedan las noticias. Lo comprobable hoy es bastante más interesante: Bullrich permanece en el oficialismo, sostiene la importancia de la continuidad del proyecto y, simultáneamente, conserva margen para decir públicamente “esto no” cuando considera que una decisión fue tomada sin ella.

Puede ser una fortaleza para un espacio que necesita ampliar su base.

También puede convertirse en una fuente periódica de fricción.

La diferencia dependerá menos del carácter de Bullrich que de la capacidad del Gobierno para convivir con dirigentes que no nacieron políticamente dentro de La Libertad Avanza.

Mientras tanto, en la Casa Rosada encontraron una fórmula tranquilizadora:

“Patricia es Patricia”.

Probablemente tengan razón.

La pregunta verdaderamente interesante es otra:

¿Patricia será siempre Patricia cuando llegue 2027?

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Fuentes consultadas: cable de Agencia NA

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