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La estabilidad no paga los sueldos

A quienes todavía levantan la persiana cada mañana

Argentina, 11 de julio de 2026 — La estabilidad es una virtud. Nadie discute eso. Después de años en los que la economía argentina podía cambiar de temperatura entre el desayuno y la cena, conseguir cierta previsibilidad merece ser reconocido. El problema comienza cuando la estabilidad deja de ser el piso sobre el cual construir y pretende convertirse, por sí sola, en el edificio completo.

El director ejecutivo de Desarrollo Industrial, Diego Coatz, puso el dedo precisamente allí. La economía puede mostrar crecimiento gracias al impulso de la minería, el petróleo y el agro, mientras la industria cae cerca de un 6%, el comercio retrocede y la construcción continúa en niveles muy bajos. El Producto Bruto puede sonreír en la fotografía general. En el barrio, sin embargo, algunas persianas siguen bajando.

La cuestión no es menor porque los sectores que hoy encabezan el crecimiento representan menos del 7% del empleo total. Un pozo petrolero puede producir una fortuna. Una mina puede exportar millones. Pero ninguno de los dos reemplaza automáticamente la enorme red de pequeñas fábricas, talleres, comercios y servicios que todos los días sostiene buena parte del empleo argentino.

Y allí aparecen las pequeñas y medianas empresas, las famosas pymes, ese animal económico al que todos elogian en los discursos y al que después suelen dejar solo cuando llega la factura. Tienen menos espalda financiera, menos acceso al crédito y menos margen para soportar meses de ventas débiles. Si cae el consumo, bajan los salarios reales y se pierde empleo formal, la pequeña empresa no dispone de demasiados trucos de magia: reduce gastos, posterga inversiones, achica personal o, finalmente, cierra.

Mientras tanto, las empresas de mayor tamaño pueden resistir mejor la tormenta e incluso ocupar el espacio que dejan quienes desaparecen. Así, una crisis prolongada no solamente destruye actividad: también concentra la economía. El pez grande no necesita perseguir al pequeño. A veces basta con esperar que se quede sin oxígeno.

La estabilidad cambiaria y la desaceleración de la inflación son, naturalmente, condiciones necesarias. Un empresario necesita saber cuánto cuesta producir, cuánto podrá cobrar y si el precio de una máquina seguirá perteneciendo al mismo planeta dentro de treinta días. Pero la estabilidad sin crecimiento productivo corre el riesgo de parecerse a una sala perfectamente ordenada en la que ya no queda nadie trabajando.

También existe otro desafío. Vaca Muerta, la minería y el agro pueden convertirse en grandes motores de la economía argentina. Pero un motor no sirve de mucho si no está conectado con el resto del vehículo. El verdadero éxito no consiste solamente en extraer, producir y exportar más, sino en conseguir que alrededor de esas actividades crezcan proveedores, industrias, servicios, tecnología y empleo argentino.

La apertura comercial agrega otra cucharada de pimienta. Mientras buena parte del mundo protege sectores estratégicos, subsidia empresas, ofrece créditos y diseña políticas industriales, la Argentina parece dispuesta a competir con las manos en los bolsillos. Los productos importados no llegan siempre desde un laboratorio de libre mercado: muchos provienen de economías que acompañan a sus empresas con toda la potencia financiera y política del Estado.

Eso no significa cerrar las fronteras ni convertir cada producto nacional en una reliquia intocable. Significa algo bastante más sencillo: competir exige condiciones para competir. Una pyme argentina difícilmente pueda disputar mercado contra una empresa extranjera subsidiada si, además, debe financiarse caro, vender en un mercado interno deprimido y soportar una carga impositiva que parece diseñada por alguien con particular afición a las carreras de obstáculos.

El problema principal, de todos modos, sigue estando puertas adentro. Cuando el consumo no crece, cualquier importación pesa más. Cuando el salario pierde capacidad de compra, el comercio vende menos. Cuando el comercio vende menos, compra menos a la industria. Y cuando la industria produce menos, el empleo comienza a convertirse en la variable de ajuste. No hace falta un doctorado en economía para comprender el mecanismo: alcanza con caminar por una avenida comercial.

La Argentina necesita estabilidad, naturalmente. Pero también necesita crédito, inversión, salarios capaces de consumir y empresas capaces de contratar. Necesita que el crecimiento de sus grandes riquezas naturales se transforme en una cadena productiva y no solamente en una buena cifra dentro de un informe.

Porque una economía puede tener el dólar tranquilo, la inflación en descenso y las cuentas cuidadosamente acomodadas. Pero si las fábricas pierden trabajadores, los comercios pierden clientes y las pymes pierden la batalla, tarde o temprano aparece una pregunta incómoda.

¿Estabilidad para producir más o estabilidad para administrar mejor el achique?

La macroeconomía puede ordenar el tablero. La economía real, en cambio, tiene una costumbre bastante menos elegante: todos los meses tiene que pagar los sueldos.

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