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INDOCTRINACIÓN

Las democracias necesitan ciudadanos capaces de razonar, discutir y disentir. No necesitan creyentes. Cada vez que una fuerza política decide crear una escuela para formar dirigentes, la primera pregunta no debería ser quién enseña, sino qué se enseña. Y, sobre todo, si allí se aprende a pensar… o simplemente a repetir.

En Posadas, la secretaria general de la Presidencia, Karina Milei, inauguró la Escuela de Dirigentes de La Libertad Avanza. El anuncio fue presentado como un espacio destinado a difundir “las ideas de la libertad” y fortalecer la estructura partidaria en todo el país. Una iniciativa legítima dentro de cualquier organización política. Pero, ¿dónde termina la formación y dónde comienza el moldeado de conciencias?

Las palabras elegidas durante el acto invitan a detenerse un instante. Se habló de “defender el rumbo”, de “seguir pintando el país de violeta” y de construir el camino hacia la reelección presidencial de 2027. ¿Se trata de una escuela destinada a formar dirigentes capaces de cuestionar, enriquecer y debatir un proyecto político? ¿O de una institución concebida para consolidar una única mirada sobre la realidad?

Toda fuerza política tiene derecho a preparar a sus cuadros. También lo tuvieron los grandes partidos democráticos del mundo. Sin embargo, la historia enseña que existe una diferencia profunda entre educar e instruir para la obediencia. La primera fortalece ciudadanos. La segunda fabrica seguidores.

La palabra “libertad” ocupa un lugar central en el discurso oficial. Pero la libertad posee una particularidad incómoda: admite el desacuerdo. Quien piensa libremente puede coincidir… o disentir. Puede respaldar una idea hoy y rechazarla mañana. ¿Puede una escuela de dirigentes enseñar esa clase de libertad? ¿O la libertad termina exactamente donde comienza la crítica interna?

Las ideologías suelen prometer pensamiento independiente mientras construyen mecanismos destinados a garantizar fidelidad. No importa el color del partido ni el nombre de sus líderes. La tentación aparece siempre. Cambian los símbolos, cambian los eslóganes, cambian los himnos. Lo que rara vez cambia es la vieja aspiración de convertir la convicción en disciplina.

Resulta inevitable recordar que las democracias más sólidas no se edificaron sobre ciudadanos perfectamente alineados, sino sobre sociedades donde las preguntas tenían tanto valor como las respuestas. Allí donde desaparecen las preguntas, las certezas comienzan a multiplicarse con una velocidad que suele preocupar más que tranquilizar.

Quizá la verdadera escuela de la libertad no sea aquella que enseña a defender un proyecto político, sino aquella que enseña a ponerlo permanentemente a prueba. Porque una idea que necesita alumnos obedientes para sobrevivir tal vez no sea tan fuerte como pretende. Después de todo, ¿qué puede temer una idea verdaderamente libre de un pensamiento igualmente libre? ¿Y qué clase de libertad necesita protegerse del simple ejercicio de pensar?

La educación enseña a pensar. El adoctrinamiento enseña qué pensar.



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