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Palidece la Casa Rosada frente a la Secretaría de la Mala Educación

Argentina

La exclusión de Victoria Villarruel del tradicional Tedeum del 25 de Mayo terminó por convertir una ceremonia patria en un desfile de pases de factura, silencios incómodos y protocolo usado como látigo político.

La Argentina supo tener vicepresidentes decorativos, vicepresidentes obedientes y hasta vicepresidentes invisibles. Pero lo que parece haber inaugurado la administración libertaria es una nueva categoría institucional: el vicepresidente vetado por ceremonial. Porque dejar afuera a Victoria Villarruel del Tedeum del 25 de Mayo no es un olvido administrativo. Es una cachetada escrita en papel membretado.

La escena tiene algo de sainete aristocrático venido a menos. Mientras el Gobierno predica austeridad franciscana para el ciudadano común, en los pasillos del poder se multiplican los gestos de corte palaciega, donde las invitaciones funcionan como espadas y las ceremonias religiosas como campo de batalla emocional. Ya no se discute política. Se administra rencor.

Karina Milei, elevada a gran arquitecta del acceso al trono libertario, terminó convertida en una especie de prefecta de internado político. Nadie entra, nadie sale y nadie respira sin el visto bueno del nuevo ministerio informal de los afectos presidenciales. La Casa Rosada, más que sede de Gobierno, empieza a parecer un club privado con lista de admisión emocional.

El problema para el oficialismo es que el desplante no ocurre en una cena reservada ni en un cumpleaños de gabinete. Ocurre alrededor del 25 de Mayo, fecha que en teoría debería invitar a cierta solemnidad institucional. Pero en la Argentina contemporánea incluso el Tedeum parece haberse transformado en un capítulo más de reality político premium.

La exclusión de Villarruel no busca solamente evitar fotografías incómodas junto a Javier Milei. Busca además borrar cualquier ilusión de convivencia interna. El mensaje es brutalmente simple: la vicepresidente existe en la Constitución, pero ya no en el ecosistema sentimental del poder. Y en esta administración, parece que la política exterior puede discutirse… pero los gestos personales no se perdonan jamás.

Resulta curioso observar cómo un gobierno que llegó prometiendo dinamitar privilegios terminó profesionalizando los gestos cortesanos. En lugar de ministerios, hay camarillas. En vez de institucionalidad, susceptibilidades. Y donde antes había diferencias políticas, ahora aparecen pequeñas venganzas administradas con precisión de oficina ceremonial.

La ironía alcanza niveles notables cuando la exclusión se produce en una ceremonia religiosa. Porque mientras el arzobispado hablará seguramente de unidad, fraternidad y encuentro, la política argentina desfilará exhibiendo exactamente lo contrario: un oficialismo fracturado, hipersensible y obsesionado con controlar hasta el ángulo de una fotografía.

Villarruel, por su parte, tampoco ayudó demasiado a enfriar el clima. Sus mensajes cargados de ironía sobre “cascadas de éxitos” y refacciones de lujo dejaron claro que la guerra interna ya abandonó cualquier sutileza diplomática. En otro tiempo, estas tensiones se resolvían detrás de una puerta cerrada. Hoy se administran mediante indirectas públicas y algoritmos de redes sociales.

Mientras tanto, la ciudadanía observa otra escena conocida del teatro argentino: dirigentes peleándose por lugares en la primera fila mientras afuera crecen la inflación emocional, el agotamiento social y la sensación de que la dirigencia vive atrapada en una eterna secundaria premium. Una donde los adultos manejan el Estado… pero a veces se comportan como alumnos castigándose entre sí en el recreo político nacional.

🖋️ © El Traductor del Poder | 2026


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