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El Presidente que no llega a comprender el fin de mes

Hay una diferencia considerable entre no llegar a fin de mes y no querer entender qué significa. El primero es un problema económico. El segundo, cuando ocurre en la Presidencia de la Nación, se convierte en un problema político.

Javier Milei ha decidido discutir la expresión popular según la cual a muchas familias argentinas se les termina el dinero alrededor del día 20. Su argumento consiste en preguntar cómo pueden sobrevivir diez días sin comer ni beber. La pregunta podria tener apariencia de razonamiento lógico, pero revela una extraordinaria dificultad para comprender el lenguaje normal de la gente.

Cuando un argentino dice que no llno ega a fin de mes, no está anunciando su fallecimiento por inanición el día 21. Está diciendo que el sueldo no le alcanza para cubrir los gastos habituales. Que debe postergar una compra, utilizar la tarjeta, pedir prestado, reducir alimentos, atrasar una factura o recurrir a familiares. No es una metáfora complicada. La entienden los comerciantes, los jubilados, los trabajadores y hasta los chicos que escuchan las conversaciones de sus padres. Curiosamente, parece necesitar explicaciones adicionales en la Casa Rosada.

La discusión adquirió una dimensión particularmente reveladora después de que se difundiera una encuesta de Zentrix, según la cual dos de cada tres hogares consultados agotan sus ingresos antes de terminar el mes, con mayores dificultades entre los jóvenes. Como toda encuesta, sus resultados requieren conocer la muestra, la metodología y el alcance de las preguntas. Pero el problema que describe no desaparece porque alguien cuestione la expresión utilizada para explicarlo. Las dificultades económicas no se resuelven corrigiendo el vocabulario de quienes las padecen.

El Presidente respondió desde su cuenta de X acusando a periodistas y críticos de repetir frases sin sentido. También recurrió a expresiones como ad populum, ad hominem y lógica intertemporal del crédito. El despliegue académico puede resultar interesante en una discusión universitaria. Pero en una vivienda donde deben elegir entre pagar la electricidad o completar la compra del supermercado, probablemente es inservible. La heladera no se llena con latín y la factura del gas no acepta silogismos como medio de pago.

La cuestión del crédito merece una atención especial. Milei sostiene que quienes invocan el uso de tarjetas deberían preguntarse qué sucede al mes siguiente. Precisamente allí comienza uno de los problemas más delicados de la economía familiar. Cuando los ingresos resultan insuficientes, el crédito permite trasladar una obligación hacia adelante. Pero si los ingresos no mejoran, el mes siguiente llega con los gastos habituales y la deuda anterior. Entonces aparece la financiación del resumen, después los intereses y finalmente, en numerosos casos, la imposibilidad de cumplir los vencimientos. No hace falta descubrir una nueva teoría económica. Basta con observar cómo funciona una tarjeta de crédito.

Los datos de morosidad bancaria permiten examinar el fenómeno con mayor precisión, aunque resulta indispensable distinguir entre préstamos personales, tarjetas y el conjunto del financiamiento a las familias. Según el Banco Central de la República Argentina, la morosidad de los créditos a los hogares alcanzó el 12,9 % en julio de 2026, mientras que en agosto descendió ligeramente al 12,8 %. Una disminución de apenas una décima que no borra el fuerte deterioro acumulado durante la actual administración. Porque una cosa es discutir la interpretación de las cifras y otra, bastante menos razonable, ignorar el problema que esas cifras procuran medir.

Tampoco puede separarse el endeudamiento de la evolución de los ingresos. El Instituto de Pensamiento y Políticas Públicas citado en la información original señala pérdidas de poder adquisitivo del 5 por ciento para los salarios privados registrados y del 19 por ciento para los estatales. Las jubilaciones también aparecen entre los ingresos más castigados, aunque sus variaciones dependen del período y de la prestación considerada. Son magnitudes que requieren precisar fechas y bases de comparación. Pero detrás de cada porcentaje existe una realidad sencilla: cuando el ingreso compra menos, las familias deben modificar su manera de vivir.

A ese escenario se agrega el costo de los servicios públicos. Según las cifras atribuidas al observatorio de tarifas de la UBA y el CONICET, determinados componentes tarifarios del área metropolitana acumularon incrementos superiores a la inflación general desde diciembre de 2023. Aquí también corresponde distinguir entre tarifas individuales, gasto total de los hogares y evolución de los subsidios. Pero el efecto cotidiano es perfectamente reconocible. La electricidad, el gas, el transporte y el agua no son artículos de lujo que puedan eliminarse alegremente del presupuesto. Son gastos que llegan todos los meses, con una puntualidad que muchos salarios parecen haber perdido.

El Gobierno puede argumentar, con fundamentos que merecen ser examinados, que recibió precios relativos distorsionados, subsidios difíciles de sostener y desequilibrios fiscales que exigían correcciones. Es una discusión legítima. Lo que no puede pretender es que el costo de esas correcciones desaparezca de la vida cotidiana por el simple hecho de considerarlas necesarias. Una medida puede perseguir un objetivo económico y, simultáneamente, provocar consecuencias sociales dolorosas. Reconocer ambas cosas no constituye una derrota ideológica. Constituye una obligación elemental de quien gobierna.

También es necesario evitar una confusión frecuente: que la inflación disminuya no significa que los precios vuelvan a sus niveles anteriores. Significa que, en términos generales, continúan aumentando a menor velocidad. Para recuperar capacidad de compra, los ingresos deben crecer lo suficiente frente al conjunto de gastos que afronta cada hogar. La estabilización monetaria puede ser una condición importante para la recuperación económica, pero no equivale automáticamente a la recuperación del bienestar familiar. Entre una planilla macroeconómica y la mesa de una cocina existe una distancia que ninguna conferencia presidencial consigue abolir.

Mientras tanto, el consumo constituye un termómetro menos dispuesto a participar de controversias retóricas. Si las familias reducen compras, los comercios venden menos. Si venden menos, ajustan sus costos, sus inversiones y eventualmente su personal. Si el crédito comienza a utilizarse para sostener gastos ordinarios y aumentan los atrasos, la dificultad deja de pertenecer exclusivamente al ámbito privado. Se transforma en una señal económica que las autoridades, las entidades financieras y las empresas tienen motivos suficientes para observar.

El Presidente tiene derecho a defender su programa, explicar sus resultados y cuestionar interpretaciones periodísticas. También tiene derecho a señalar errores en una encuesta o en una estadística. Lo que resulta difícil de justificar es convertir una expresión popular sobre las dificultades económicas en motivo de descalificación intelectual. Gobernar no exige compartir todas las opiniones de los ciudadanos. Exige, como mínimo, comprender aquello que intentan comunicar.

Hay además una diferencia fundamental entre ganar una discusión y resolver un problema. Milei puede demostrar, con absoluta exactitud biológica, que una persona no podría vivir indefinidamente sin alimentarse. Nadie discute semejante evidencia. Pero esa demostración no explica cómo paga una familia sus obligaciones cuando los ingresos se agotan antes de que termine el mes. La respuesta pertenece al terreno de los salarios, los precios, los impuestos, las tarifas y el endeudamiento. Es decir, precisamente al terreno económico.

La frase «no hay plata» fue elevada por el propio Presidente a la categoría de consigna de gobierno. Sirvió para explicar restricciones presupuestarias, justificar recortes y describir los límites de las finanzas públicas. Resulta entonces particularmente llamativo que una expresión semejante, trasladada al presupuesto de los hogares, provoque semejante controversia. Cuando no hay dinero en las arcas del Estado, se invoca la realidad económica. Cuando no alcanza en los bolsillos de los ciudadanos, parece que corresponde iniciar un seminario sobre semántica.

Y aquí aparece la paradoja más interesante de esta historia. El Estado puede financiarse mediante impuestos, deuda o emisión monetaria, con sus respectivas consecuencias. Una familia no dispone de semejantes instrumentos. Tiene su salario, su jubilación, sus ahorros —cuando existen— y la posibilidad limitada de endeudarse. Si esos recursos no alcanzan, debe resignar algo. No puede decretar que sus ingresos aumenten ni anunciar una conferencia de prensa para convencer al supermercado de que los precios están equivocados.

Sería injusto atribuir todos los problemas estructurales de la economía argentina a una sola administración. El deterioro monetario, la precariedad laboral, las crisis recurrentes y las dificultades para sostener el poder adquisitivo tienen una historia mucho más extensa que la actual Presidencia. Pero también sería absurdo utilizar esa herencia como explicación perpetua de cuanto ocurre después. Cada gobierno recibe una realidad y responde por las decisiones que adopta para modificarla. La responsabilidad no termina donde comienza la herencia.

El problema de fondo no consiste en determinar si la gente llega exactamente al día 18, al 20 o al 27. Consiste en averiguar cuántos hogares pueden cubrir sus necesidades sin endeudarse sistemáticamente, cuántos deben sacrificar consumos esenciales y qué posibilidades reales existen de recuperar ingresos. Esas son preguntas económicas, sociales y políticas. Y merecen respuestas bastante más serias que una disputa sobre la supervivencia humana sin alimentos.

Javier Milei llegó al poder prometiendo enfrentar las ficciones de la política argentina. Sería una contradicción considerable que terminara construyendo una propia: la de un país donde las dificultades desaparecen cuando se demuestra que las palabras utilizadas para describirlas no son científicamente exactas.

Porque los argentinos pueden equivocarse en una expresión, exagerar una metáfora o confundir un porcentaje. Pero cuando una familia abre la billetera y descubre que el dinero no alcanza, hay algo que difícilmente necesite la aprobación de un economista para resultar verdadero.

El Presidente podrá discutir hasta el último día del mes qué significa quedarse sin plata. Lo que no podrá hacer es pagar las cuentas de los argentinos con la explicación.

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Fuentes de referencia: Encuesta de Zentrix; Banco Central de la República Argentina; Instituto de Pensamiento y Políticas Públicas; Observatorio de Tarifas y Subsidios IIEP-UBA-CONICET. Datos mencionados en el material recibido, pendientes de contraste con sus publicaciones originales.

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