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Tres cucharas para la misma sopa

España vuelve a convertirse en el comedor preferido de una parte de la dirigencia argentina. Esta vez, con menú variado y cubiertos de distinta procedencia. Javier Milei viaja a Madrid por tercera vez en el año y séptima desde que asumió la Presidencia. Jorge Macri, jefe del Gobierno porteño, también desembarca en la capital española, donde es recibido por el rey Felipe VI. Cada uno lleva su propia receta, aunque todos parecen convencidos de que al otro lado del Atlántico se encuentra algún ingrediente indispensable para mejorar la cocina política argentina.

El presidente Milei llega después de su paso por Neuquén, donde participó de la AOG Patagonia 2026, para desarrollar una agenda que combina economía, formación académica y encuentros políticos. Entre sus compromisos figuran una intervención en Nueva Economía Forum, actividades en la Universidad Rey Juan Carlos, una visita a la Fundación Disenso y una reunión con Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid. Un itinerario intenso, ciertamente, aunque la cantidad de reuniones nunca fue garantía de la calidad de sus resultados. También es posible recorrer una biblioteca entera sin abrir un solo libro.

El Gobierno argentino sostiene, por boca de su vocero Adrián Ravier, que todos los desplazamientos presidenciales tienen carácter oficial. La afirmación merece una precisión elemental: que un viaje sea oficialmente registrado no significa que cada una de sus actividades responda necesariamente a una gestión bilateral de Estado. Las conferencias ideológicas, los encuentros académicos y las reuniones institucionales pueden tener legítimo interés público, pero convendría distinguir sus objetivos. El contribuyente no necesita conocer la marca del café servido en Madrid; tiene derecho, en cambio, a saber qué beneficios concretos obtiene su país.

Mientras tanto, Jorge Macri desarrolla una diplomacia de escala municipal, aunque con escenario de palacio. Junto al alcalde madrileño José Luis Martínez-Almeida, presentó al rey Felipe VI la Declaración Iberoamericana de Alcaldes y Alcaldesas, un documento destinado a impulsar la cooperación entre ciudades en seguridad, innovación, sostenibilidad y desarrollo urbano. La iniciativa tiene fundamento: las grandes capitales administran problemas que ningún discurso presidencial consigue resolver por sí solo. El tránsito, la vivienda, los servicios públicos y la seguridad no esperan a que concluyan los congresos internacionales.

Buenos Aires y Madrid comparten la copresidencia de la Unión de Ciudades Capitales Iberoamericanas. Desde esa responsabilidad, el jefe de Gobierno porteño pretende fortalecer la presencia de las ciudades en los organismos internacionales. Su intervención sobre inteligencia artificial y modernización administrativa apunta a un terreno donde la cooperación puede producir resultados verificables. Pero también aquí corresponde mantener la cuchara lejos de la propaganda: una declaración firmada en Europa no equivale automáticamente a una mejora del transporte, de la limpieza o de la seguridad en las calles de Buenos Aires.

La tercera cuchara pertenece a la propia diplomacia española, que sirve en la misma mesa interlocutores de diferente naturaleza. Felipe VI recibe a representantes institucionales de las ciudades iberoamericanas; Díaz Ayuso mantiene su interlocución política con Milei; y Madrid funciona como plataforma para debates económicos y afinidades ideológicas. No existe contradicción necesaria entre esos encuentros. España puede relacionarse simultáneamente con autoridades nacionales, gobiernos locales y organizaciones políticas extranjeras. La cuestión comienza cuando las fotografías de protocolo pretenden ocupar el lugar de los acuerdos concretos.

Hay, además, una curiosidad que merece atención. Mientras Milei proclama las virtudes de reducir el peso del Estado y privilegia encuentros vinculados a su pensamiento económico, Jorge Macri promueve una mayor participación institucional de las ciudades en las decisiones internacionales. Uno reivindica el mercado como motor principal; el otro reclama capacidad pública para intervenir en problemas urbanos. Son planteamientos diferentes que pueden coexistir, pero dejan una pregunta sobre la mesa: ¿qué modelo de administración pública necesita realmente la Argentina y cuánto de esa discusión se traduce en soluciones para sus habitantes?

La frecuencia de los viajes presidenciales tampoco constituye, por sí misma, un motivo de censura. Un jefe de Estado debe mantener relaciones internacionales, atraer inversiones y representar al país. Lo discutible aparece cuando el viaje se convierte en noticia por su reiteración y no por sus resultados. Tres visitas a España en un año pueden ser perfectamente justificables. Lo que falta conocer, para evaluar su utilidad, es el balance: acuerdos alcanzados, compromisos obtenidos, inversiones efectivamente concretadas y beneficios institucionales. Las millas aéreas no figuran entre los indicadores de desarrollo económico.

La Argentina necesita vínculos internacionales sólidos, tanto desde la Presidencia como desde sus gobiernos locales. Nadie debería reprochar a sus representantes que busquen cooperación fuera de las fronteras. Pero la política exterior, nacional o municipal, no puede medirse únicamente por la cantidad de recepciones, fotografías, discursos y apretones de manos. Madrid puede ofrecer escenarios magníficos, interlocutores relevantes y excelentes oportunidades. Lo que no puede hacer es resolver, desde sus salones, las obligaciones que cada funcionario dejó pendientes en su despacho argentino.

Tres cucharas para la misma sopa. Una presidencial, otra municipal y una tercera española, encargada de mantener la mesa diplomática bien servida. Hasta aquí, ningún inconveniente: conversar es preferible a romper relaciones y cooperar resulta más útil que intercambiar insultos. Pero cuando termine el banquete y los invitados regresen a sus respectivos domicilios, habrá llegado el momento de presentar las cuentas. Porque en política, como en cualquier restaurante respetable, lo importante no es cuántos comensales aparecen en la fotografía. Lo importante es quién paga, qué se sirvió y quién quedó satisfecho.

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Fuentes consultadas: Agencia Noticias Argentinas (NA), Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Agencia EFE y El País.

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